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miércoles, 14 de agosto de 2013

La reconstrucción




Cuando el dolor aparece, no sólo es necesario contar con la entereza suficiente para soportarlo, sino también estar dotado de una importante cuota de valentía como para enfrentarlo. El valor como para soportar el sufrimiento del otro, no ya del propio, sea físico o mental. Ese temple que permite mantener la traza cuando se está conversando con alguien que ya reconoce que pronto no seguirá con nosotros; que a veces por piedad, decoro, o simplemente para no incomodarnos, nos hace creer que el trance va a superarse, usando gestos y frases propias de un mal actor secundario, o tal vez justamente por ese lugar que le toca estar, aprovecha para decirnos esas cosas que no se animó nunca antes a mencionar. Y poseer ese valor no es patrimonio de todos, ni obligación mucho menos. No sería tan fácil sino negar la ayuda con la vista en alto, cuando se nos solicita en la calle como una mano extendida o nos apoyan algún objeto en la pierna cuando viajamos en tren.

La primera escena de la película, a escasos segundos de comenzar, ya delinea el concepto que gravitará a lo largo de los restantes minutos: el valor para enfrentar el dolor. Eduardo (Diego Peretti), es un hombre hosco, mal entrazado, poco comunicativo y en general hostil con el entorno. Trabaja en una compañía petrolera, en el sur argentino. En coincidencia con el comienzo de sus vacaciones, recibe el llamado de Mario (Alfredo Casero), un amigo suyo que vive en Ushuaia, la última ciudad del mundo. Le insiste mucho para que viaje para allí, algo que finalmente accede, no sin algo de fastidio. Mario vive con Andrea (Claudia Fontán) y sus dos hijas adolescentes, Cata (Eugenia Aguilar) y Ana (María Casali).



A poco de llegar, el carácter de Eduardo se dejará mostrar sin matices, dando lugar a una serie de situaciones incómodas. De trato difícil, casi irracible y manejándose en el límite inferior de lo civilizado, pondrá en una posición compleja a Mario, un padre cariñoso y afectivo con su familia, que deberá explicar a sus jóvenes hijas de dónde sacó semejante amigo.

El resto de los eventos se desencadenarán de manera más o menos rápida, y darán paso a la verdadera historia que existe por detrás.

Diego Peretti, muchas veces verborrágico, compone esta vez un personaje que, con suerte, llega a las tres carillas de parlamento en todo el filme. Hay en su trabajo gestual y en su aspecto físico todo lo necesario como para llenar de líneas de diálogo varios capítulos. Muy a su medida, y sólo repitiendo algún que otro tic de otros trabajos anteriores, conmueve y estremece, pero fundamentalmente convence, que es algo que en un actor debe valorarse mucho. Igual mérito para Alfredo Casero, un actor que por su origen puede ser afecto a los excesos, aunque esta vez no sea el caso. Claudia Fontán carga con el valor de mostrarse con soltura en la cotidianeidad y en la tragedia. En general, las actuaciones cuentan con un muy buen nivel de acoplamiento, lo cual le da al trabajo una solidez de relato destacable. Bienvenido es el nuevo rumbo que decide tomar el director Juan Taratuto en este, su cuarto trabajo, abandonando el género de la comedia, y arriesgando en una apuesta visual y emotiva de gran porte.



Allí en la bella Ushuaia, uno de los paisajes naturales más hermosos del planeta, La reconstrucción invita a entender los silencios ajenos. A no apresurar los juicios acerca de las no acciones u omisiones de los otros. A no exigir prestancia y diligencia en las respuestas acorde al ánimo de las preguntas. A no aceptar los estándares como filtro fino por el que deben pasar todos aquellos que quieran ajustarse a lo establecido, a no discriminar los afectos. Y nos enseña también que todos los dolores quedan guardados, sólo que a veces desconocemos en que sitio. Sin consignas de autoayuda de medianoche, ni angustia pasatista, solo con retazos de vidas que pueden ser la de cualquiera de nosotros.


Imdb: http://www.imdb.com/title/tt2718462/

lunes, 26 de noviembre de 2012

Nestor Kirchner - La película



Tuvieron que pasar 89 años para que volviera a nevar en Buenos Aires. Como una metáfora de las infrecuencias, el paso de Nestor Kirchner por la vida de los argentinos fue un evento que dejó una huella imborrable para todos aquellos que dieron evidencia de aquello que el filósofo Ricardo Forster hábilmente describe como la anomalía kirchnerista.

La historia abre narrando testimonios de quienes se han visto tocados en forma directa por el accionar del ex presidente argentino. Personas comunes, hombres y mujeres de a pie, que por diversas circunstancias tuvieron la oportunidad de ser escuchados y atendidos en forma directa. Sabido es que los mandatarios, en su ocasional contacto con las personas en los actos públicos o bien a través de los mecanismos ideados a tal efecto, reciben pedidos por parte de particulares. Cartas con solicitudes de las más variopintas, desde una ayuda para quien padece una enfermedad hasta el pedido de un techo para un desamparado; las más de las veces el ruego es por trabajo. Se sabe de la particular atención que Nestor Kirchner ponía en tales recados. Un área de su administración se dedicaba específicamente a la atención de estos pedidos, y estaba monitoreada muy de cerca por él mismo y por la doctora Alicia Kirchner, su hermana y ministra de Desarrollo Social. En muchos de los casos, las respuestas a los solicitantes eran antendidas en forma directa y personal por el mismo presidente.

¿Se puede narrar en palabras el efecto que produce en quien recibe esta devolución? Quien acude a estos mecanismos de solicitud lo hace en su gran mayoría como un recurso in extremo, acuciado por las circunstancias que lo llevan a enviar una botella a ese mar de incertidumbres que constituía la realidad social de la Argentina del año 2003. Esa marca indeleble en su memoria lo transformará en un gesto que atravesará generaciones, pues ya no se trata del genérico "a mí este gobierno me dio trabajo", sino de una referencia personal de haber sido atendido en directo por el solicitado. ¿Pudo imaginarse aquella mujer que respondió, como miles de nosotros alguna vez, una encuesta acerca de la realidad nacional, y que por haber dejado sus datos personales, fue llamada días después por el Presidente de La Nación para compartir sus opiniones? Historias como estas se multiplican en el cotidiano de su gestión, y en modo exponencial, tienen un poderoso efecto en quienes reciben en forma inédita una prueba fehaciente de que es posible hacer política de otras formas. Allí acaba el funcionario y comienza el mito hecho realidad de lo que para muchos no es menos que el padre espiritual de una nación, el hombre común en circunstancias especiales, como a él mismo le gustaba retratarse, pero que no sólo se queda en gestos que cualquier descreído pueda tildar de intencionados, sino que posteriormente acompaña con su gestión una formidable transformación de la realidad.

La muchedumbre que Raúl Scalabrini Ortíz detallara en su obra El hombre que está solo y espera como aquel hombre gigantesco que presiente que algo está por ocurrir, pero no sabe muy bien de que se trata, es una bestia que aguarda mansamente la llegada del receptivo, de aquel que sea capaz escuchar, tamizar y reparar. Es un colectivo complejo y variado, "es un arquetipo enorme que se nutrió y creció con el aporte inmigratorio, devorando y asimilando millones de españoles, de italianos, de ingleses, de franceses, sin dejar de ser nunca idéntico a sí mismo, así como usted no cambia por mucho que ingiera trozos de cerdo, costillas de ternera o pechugas de pollo. Ese hombre gigante sabe dónde va y qué quiere". (1)

El logro mayor de la película, allende la evocación afectuosa y el homenaje, es mostrar y demostrar que Nestor Kirchner sabía lo que quería para su país. Lo supo desde el primer momento que se lanzó a la vida política, en su remota provincia de Santa Cruz, en el sur de La Argentina. Aún quienes no compartan sus pensamientos o su acción de gobierno, no podrán refutar que los principios de su ideario se mantuvieron inalterables a lo largo del tiempo, y que los llevó adelante con las armas que contó y en el momento que pudo. Mortal surcado por errores y contradicciones, nunca disimuló sus malos pasos con malabares distractorios, sino que corrigió el rumbo sobre el accionar mismo de los hechos, dando prueba que la historia se escribe con la letra irregular que permite el carro en movimiento.

Se verifica en el filme a través de relatos de época y testimonio de allegados, que no mediaba distancia alguna entre el Nestor Kirchner presidente y el hombre fuera de su cargo. Verdadero animal político, su actividad cotidiana se ve atravesada por constantes actos tendientes a modificar la realidad que lo rodea. Poseedor de una inquebrantable fe para llevar adelante sus ideas, se retrata a modo de ejemplo y con cierto guiño de simpatía, la empresa personal de conquistar en su juventud a la muchacha más bonita de su clase, siendo él mismo portador de una estampa desgarbada muy por fuera de los cánones de estética dominante; se descarta a su vez en la elegida, la capacidad para discernir el contenido del continente, como una característica que la hará dueña, entre otras cualidades, de un ojo clínico indispensable para dar completitud al legado.

La película es una construcción colectiva, nutrida de miles de testimonios, imágenes y videos obtenidos de particulares que fueron recolectados a lo largo del proceso de producción. Es una prueba de ese poderoso yo colectivo que se mostró implacable a lo largo de los festejos del bicentenario de la patria, en mayo de 2010, y vulcanizó el lazo de contención fundamental para la continuidad del proyecto.

La proyección abre y cierra con el testimonio de su hijo Máximo, de impactante parecido físico y gestual con su padre. El film fue producido por el publicista Jorge "Topo" Devoto, y el diputado bonaerense y referente del Movimiento Evita, Fernando "Chino" Navarro, cuenta con el guión del filósofo Ricardo Foster y el periodista Carlos Polimeni, y con música de Gustavo Santaolalla.

Sepa disculpar el lector que en esta edición huelgue la crítica cinematográfica habitual y adecuada para con sus seguidores. Pudo haberse elaborado con cierta mecánica de tratarse de la biografía de un personaje más lejano o ajeno, tal vez una personalidad de tierras o épocas remotas. Pero esta vez no se trata de la película de otros, sino de la película de uno, aquella que relata la historia reciente de quien, como millones, perstó su piel para luego mostrar con orgullo la cicatriz que dejó el evento.

http://www.nklapelicula.com.ar/nestor-kirchner-la-pelicula.html

1)  "El hombre que está solo y espera", Raúl Scalabrini Ortíz, Editorial Gleizer, Buenos Aires, Diciembre de 1931 

viernes, 16 de diciembre de 2011

Ese puño izquierdo



Para el pueblo argentino, cantar el himno nacional siempre fue, por decirlo de forma decorosa, un trámite a realizar, una situación ineludible en algunas circunstancias, y al que se buscaba concluír de un modo expeditivo. Y es que en ciertos aspectos técnicos, la canción patria es dueña de pasajes poco asimilables para la multitud, esto es, tiene una introducción instrumental algo extensa, las estrofas son de notas largas y sostenidas, y el momento que da paso al estribillo sucede en medio de abruptos cambios de ritmo, con fraseos complejos y entonación dificultosa. Brota el recuerdo de los actos escolares, la maestra de música peleando al piano con esa interminable introducción, y el resto del cuerpo docente tratando de mantener a los niños en silencio hasta que llegue el momento de cantar.

En 1990 Charly García publica en su disco Filosofía barata y zapatos de goma una versión propia del himno nacional. Como casi todo lo que hacía el artista en aquellos años, la controversia nació instantáneamente, incluso un particular intentó sin éxito años más tarde interponer un recurso judicial para evitar que esta versión se difundiera en las radios, alegando ofensas al símbolo patrio. De alguna manera, García se salió con la suya, y el himno se pudo escuchar en recitales de rock, tocado por una banda de músicos y cantado a los gritos por la multitud, que no vacilaba en saltar y divertirse como con cualquier otro tema de repertorio. En ningún momento se pudo demostrar falta de respeto alguno al emblema, y por el contrario, sí se registraron escenas de paroxismo en la multitud: el himno había mutado de ese canto solemne que se movía con la gracia de un elefante a ser una canción que rescataba las pasiones que seguramente tuvieron quienes la compusieron en 1813, aunque tal vez les faltó el olfato de hit del que gozaron otras músicas patrias, como la envidiable Marsellesa que arranca con la voz apenas diez segundos después de comenzar.

Pero el suceso más interesante en lo que tiene que ver con la transformación del significante del Himno Nacional Argentino sucedió en las canchas de fútbol. Por más que algún relator deportivo local se indigne, cada vez que la reglamentación de algún torneo internacional lo requiera, hay que cantar los himnos, y el turno del nacional, era un entuerto tanto para el público como para los organizadores: la larga introducción era demasiado para la ansiedad que se acumulaba en las tribunas, no se respetaban los silencios en su correcta extensión, y casi indefectiblemente, se generaban indeseables efectos de eco, ya que la gente nunca cantaba toda junta.



Y tal vez gracias al aporte de García, de pronto el himno en los estadios se comienza a corear desde el inicio. Las voces arrancan junto con la banda, y acompañan la línea melódica a los gritos. Hay algo ancestral, primitivo, casi tribal en ese gesto, como si la ausencia de palabras pudiera completar un sentido único capaz de aunar a todos. La pasión, la fuerza y las ganas que se registran en esos momentos son inéditas, y esos miles de personas logran parir un nuevo canto, quizás más emparentado con el valor necesario para enfrentar una contienda que con la mera formalidad de una fecha o un evento.

Paralelamente esta innovación significó una solución magnífica para los organizadores, que pudieron acortar sin culpa la canción nacional, al punto que ya casi ni siquiera se llega a la parte de la letra, ahorrando así valiosísimos minutos de aire televisivo. Ahora el himno argentino, al menos en los estadios, muestra otra faceta, una potencia oculta se hace presente y logra imponer un respeto y una valía hasta hace entonces no tan visibles, a la vez de lograr cierto efecto en los rivales, si se lo compara con el (al menos ahora) grotesco haka neozelandés.

En oportunidad de la ceremonia de asunción del segundo mandato presidencial de Cristina Fernández de Kirchner en Argentina, la Presidenta se reservó un momento para compartir con la multitud allí reunida, y fue justamente el canto del Himno Nacional, interpretado por el mismo Charly García. Allí estaba el músico haciendo la canción nacional. No es la primera vez que es convocado por esta administración, ya alguna vez estuvo presente en una fecha patria. Muchos se preguntaron porqué no estuvo allí una orquesta sinfónica o una banda militar afecta a las marchas. Sin embargo, ahora García vuelve a encontrarse con su gente después de un largo período de rehabilitación, algo cambiado en su fisonomía, pero intacto en su intelecto y capacidad de traducir en música lo que absorbe de los millones que lo siguen. Y en el escenario están sólo ellos, García con su banda y la Presidenta que llega y es ovacionada por la multitud. Ella lleva puesta la banda presidencial que le colocó su hija en el acto de asunción. Saluda al músico con afecto, y se dirige al borde del escenario, a un costado, a cantar el himno con la gente.

La música arranca inmediatamente, no da tiempo a la multitud emocionada a cantar sus propias consignas. La Presidenta esta paradita con ambos pies juntos, con la mano derecha sobre el corazón, presta a cantar. Los argentinos no cantamos el himno con la mano en el corazón, en muchos otros países tienen esa costumbre, pero no es normal aquí. Sin embargo la Presidenta suele hacerlo, tanto aquí, como en el exterior, en ocasión de alguna visita oficial. Veremos cuánto prende este gesto en la gente, tal vez de aquí a un tiempo aparezcan otros imitándola.



Charly García y su banda ejecutan una versión excelente. García canta bien, y dirige como puede a la gente para que la voz se escuche sólida. Cómo sabe hacerlo, lo logra, mientras la Presidenta canta emocionada y cada tanto devuelve sobriamente algún saludo. Entónces acontece un detalle que puede ser mínimo, pero que tal vez sea necesario recalcar, porque en medio de la emoción del momento no haya sido debidamente registrado. El pasaje instrumental entre la estrofa y el estribillo, allí dónde la banda irrumpe con la fuerza que la partitura requiere, es deliberdamente alargado por García, buscando crear la tensión necesaria para hacer que la explosión que sigue sea aún más sonora. El músico se dirige primero a la banda para adoctrinarla, y luego hacia la multitud, para que acompañe el momento desde abajo. Y allí podemos ver que la Presidenta rompe con su actitud más ceremonial, y comienza mover con energía su antebrazo izquierdo arriba abajo (su mano derecha permanece inmóvil en su pecho). Hace el gesto de la fuerza, esa tantas veces nombrada en su campaña presidencial; sonríe, mira a los (en su mayoría) jóvenes y acompaña desde su lugar el entusiasmo de la propuesta. Se ve que todo su cuerpo se estremece al ritmo de los sacudones que da con su brazo, y marca el ritmo con el taco, sin perder jamás la línea. Sólo detiene su menear cuando retoma la letra del estribillo.

Puede parecer nimio, tal vez un detalle desapercibido para aquellos poco afectos a los sentires populares. Ahora que la patria está siendo tratada un poco mejor, algunos valores están volviendo a su sitio. Pero no puedo por más que busco encontrar una conexión tan intensa entre la máxima canción patria, su reformulación popular, su músico más representativo y su más alta autoridad democrática. Ese puño izquierdo podrá leerse de muchas maneras, y a lo mejor no significa ninguna de ellas, pero existió un día en el que no se necesitaron palabras para expresar lo que ese puño significa.

viernes, 5 de agosto de 2011

Tecnópolis



Tecnópolis es la mega muestra de ciencia y tecnología que a hasta el 22 de agosto tendrá lugar en la localidad de Villa Martelli, en la provincia de Buenos Aires. Está temáticamente dividida en cinco contienentes, que son los cuatro elementos (aire, agua, tierra y fuego) más un quinto que es la imaginación. Y la inclusión de este último tiene el sentido de entender que justamente a partir de la inventiva del hombre a lo largo de los siglos, se han podido articular los cuatro elementos en beneficio de la especie humana.

Tecnópolis tiene ciencia, cultura y diversión general, lo cual lo hace un ámbito ideal para concurrir en familia. La entrada es libre y gratuita, y si bien la afluencia de público es numerosa, las casi 60 hectáreas que componen el predio le dan un espacio suficiente. Para entrar a algunos sitios se debe esperar turno haciendo fila, con lo cual es importante cargar con la respectiva dosis de paciencia, sobre todo si es usted uno de esos automovilistas que ni bien detenido el tránsito ya empieza a darle a la bocina. No obstante, todo en Tecnópolis es gigantesco, con lo cual, los movimientos de personas son rápidos y las esperas se reducen.

Hay un sitio de la Antártida Argentina, con interesante material fotográfico y en video, y con la posibilidad de conversar mediante cámara web con un científico residente en una de las bases nacionales. Un sector dedicado a las comunicaciones muestra los últimos avances en tecnología digital aplicada al área. La represa de Yaciretá también tiene su espacio. Un domo de más de 20 metros de diámetro alberga datos y secretos del corazón de la represa, y un acuario virtual permite conocer más acerca de la fauna ictícola que vive en el embalse. Existe un área dedicada también a la robótica, con varias instancias para divertirse jugando y aprendiendo.

Hay mucho para ver allí. Al costado del recorrido, están emplazadas enormes infografías que relatan los hitos de la historia de la ciencia y la tecnología argentina año tras año. Al anochecer, el colorido de la iluminación y los efectos visuales reconvierten el espectáculo en un ámbito de apreciación diferente. La organización Fuerza Bruta realiza distintos espectáculos, entre ellos La Pared de Fuego, en la cual revolean a una pared de acero metal fundido, provocando una lluvia de chispas y color.



Es predecible que en algún momento de la visita, al nacido en estas tierras pueda hinchársele algo el pecho. No es cardíaco, se trata de acomodar un poco algunos cuadros en la pared que hacía tiempo venían algo inclinados. Por algún motivo no del todo estudiado, cierta simbología patria fue capturada, cooptada, arrebatada si se quiere, por algunos sectores que de este modo pretenden que se los identifique como la “verdadera” patria. Más cercanos al nacionalismo con zeta que al ser nacional verdadero, y ya sea aplicando los colores nacionales en el logo de la empresa o repartiendo banderitas a los taxistas en los días patrios, intentan que el sentido común de nación les pertenezca pura y exclusivamente en vez de representar la diversidad toda que constituye un país. Pero ya hemos descubierto hace tiempo que el sentido común instaladado es sólo común para ciertos grupos, y aquello que se nos muestra como el deber ser formal y cortes sólo responde a la representación de algunos pocos.

Más información: http://www.tecnopolis.ar/full/

jueves, 14 de julio de 2011

Con lo que se llenan los globos.




Hicieron escuchar a un grupo de hombres y mujeres de entre 30 y 50 años el ruido que hacen las armas automáticas al cargarse y sin mostrarles ninguna imágen, les preguntaron si reconocían el sonido.
Todos lo identificaron inmediatamente, algunos de ellos con cierta inquietud.
Posteriormente, les preguntaron si alguna vez habían tenido algún contacto cercano con un arma.
A pesar de haber reconocido el sonido, todos contestaron que no.

Eso es la televisión.



Así de fácil entendemos de ármas, calentamiento global, planes de ajuste y retenciones móviles. Las definiciones van de boca en boca casi sin ningún proceso digestivo, y como parece que todos debemos concluir con algo para no quedar fuera la media opinadora, si la opinión ya viene incorporada, mejor, así nos ahorra la neurona.

Así de fácil se habla de facismo. "¿Vos subiste el aire?" "Y si, hacía frío" "¡Qué facista!" O sino los que entienden "eso, no es ni más ni menos que facismo, viejo". Se sabe poco pero la palabra se usa mucho, tal vez a algunos le parezca divertido.

Los artistas hablan y opinan, con o sin guitarra. Cuando Gieco dijo por primera vez que la guerra pisaba toda la inocencia de la gente, muchos nos inclinamos ante la potencia de la frase y la repetimos como consigna cada vez que se pudo. Cuando Paez dice que alguna porción de esta ciudad le da asco, ah no, ahí te estás metiendo conmigo, no con la guerra, ¿qué te pasa flaco?

Los artistas dicen lo que los pueblos no saben o no se animan a decir, para eso están. Tienen la sensibilidad para ver entre los pliegues de la realidad, y no son analistas políticos, porque carecen de corrección política. Fito canta a los gritos en el escenario, a veces desafina o se queda sin voz, pero no miente. No trabaja para nadie, él está al servicio de sus creaciones, y así como nos da arte en forma de canciones que para muchos de nosotros posiblemente sean el rostro de alguna novia o la banda de sonido de un momento de nuestra vida, también interpreta la realidad, y la interpela. Siempre tuve la duda de esto: cuando un artista recibe tanto cariño de su gente, se debe preguntar si todos los que se emocionan con sus canciones que hablan desde la sinceridad son buenos tipos. Quiero decir, ¿cómo se siente un músico tal que es muy popular pero que además tiene sus propias ideas y pensamientos, cuando se entera que el dictador tal o el asesino x es fanático de su obra? ¿No tendrá ganas de decirle: "¡No has entendido nada de mi mensaje!"?

En un sistema democrático, y a diferencia de otras épocas de proscripciones, es perfectamente válido que la población vote a quien quiera. Hasta también es comprensible y válido la opción del “voto bronca”, o sea votar a un candidato más por desagrado de la competencia que por cualidades propias. Lo que surge complejo de entender es cuando esta última alternativa lleva al gobierno a la opción más vacía en términos políticos, más torpe en cuestión de gestión, y más indiferente a la hora de atender las necesidades de los más vulnerables.

Fito debe haberse cansado de tener multitudes coreando con él versos como "dar es dar". Es lógico que le repugne encontrarse rodeado de tanto egoismo.

Gracias Flaco, en esta semana aciaga vos le diste alegría a mi corazón.

viernes, 22 de abril de 2011

Revolución, el cruce de Los Andes



Revolución, el cruce de Los Andes, es una película que no está centrada en la figura de un hombre, sino en un hecho concreto, que fue el mítico paso a través de la Cordillera de Los Andes en 1817. Como recurso narrativo se utiliza el recuerdo de un protagonista de primera línea, Manuel de Corvalán, a quien de joven, y "aprovechando que sabe leer y escribir", el General San Martín tenía de secretario. Ya en el ocaso de su vida, Corvalán relata los hechos a un periodista interesado en conocerlo, por ser uno de los pocos sobrevivientes de aquella gesta.

Es interesante reparar en el hecho que la película no se detiene expresamente en la figura de El Libertador; no hay grandes reflexiones o comentarios por parte del protagonista de aquellos que se pueden esperar en una obra en la que aparece un prócer en tiempo real. No se encuentra esas escenas en las que el protagonista lanza aquellas frases que hemos leído por años en los libros escolares, o esos pensamientos que posteriormente lo harán cita obligada de los documentales. El foco del trabajo está puesto en la épica del suceso más que sus protagonistas. Imposible separarlos a esta altura del análisis: un hecho de la magnitud del cruce de Los Andes con 5200 hombres a principios de 1800 sólo puede caber en la cabeza de aquellas personas que por su capacidad diferente para entender su presente ocupan hoy el lugar que tienen en la historia. Pero el relato técnico del filme esta básicamente apuntado a entender todos los aspectos que implica la empresa en cuestión.

Como en cualquier película de época, hay que hacer un esfuerzo de situación para poder comprender la dimensión de algunos sucesos. Quien alguna vez haya estado a distancia de la vista de la Cordillera de Los Andes seguramente comprenderá su majestuosidad; los que hayan tenido la oportunidad de cruzarla en avión, habrán tenido una visión más cercana su inmensidad. Llevado esto a 1817, con los elementos de entonces y el detalle no menor de contar con un ejército conformado en su mayoría por soldados mulatos, negros y esclavos libertos, da a la gesta dimensiones que sólo pueden ser comparadas con las de Aníbal o Napoleón. Y eso es bien retratado en la película cuando se habla mucho de técnica, se ve a un general preocupado por los detalles, un estratega obsesivo y genial que no repara en detalles, exige fuertemente a sus hombres y no tiene nada de aquello que más se emparenta con el mármol que con las personas.

En un momento particular de Argentina, es de buen tino recrear la historia sin exacerbar las figuras construídas por las clásicas poblaciones para niños en edad escolar, y sin tampoco servir a intereses sectoriales. Un procer del tamaño de San Martín se explica como perteneciente a “todo el pueblo” de la nación, y no como sólo a una parte. Pero cuando se recuerda a quienes desde el poder central le retacearon recursos o ningunearon sus conquistas, las respuestas circundan que "eran turbulencias propias de tiempos en los cuales se estaba delineando la patria". Las personas diferentes de aquellos años, con San Martín entre otros, tenían capacidades para elevar su mirada más allá de sus propios intereses, y tal vez ese aspecto de la historia moleste a quienes ven como inapropiado mostrarlos en conflicto con el poder establecido. Siempre que hay confictos en con el poder establecido, surge la idea de la incomodidad.




Se supone que los conflictos deben ser patrimonio de ciertos grupos, que para eso están, para tener conflictos, como los maestros, o los trabajadores en general, por ejemplo. La mención a un conflicto gremial, o una huelga, ingresa dentro del marco de lo que el imaginario entiende como una disputa lógica entre poderes, y allí están en la arena en la cual deben dirimirse sus diferencias. Pero si el conflicto es con los grupos de poder acumulado, los empresarios, o los industriales, entonces se escucha hablar de inquietud, inestabilidad, o como se utiliza últimamente, de crispación. Es crispado peticionar a un poderoso; en cambio si un trabajador peticiona, en todo caso será molesto.

José de San Martín fue un gran molesto, un inadecuado que jamás sobrepuso interés personal alguno por sobre sus ideales de libertar su patria grande, que era Suramérica. En la película Revolución, poco se ve justamente de esto, del clima propio de una revolución. Se habla más bien de guerra, de batallas. No existe un discurso ideológico machacante, más allá de algunas arengas propias del momento. Se puede ver que San Martín era un militar de carrera, un estratega genial, una persona que no intentó más que poner sus saberes al servicio de sus ideales. No precisaba mencionar la revolución a cada rato, o andar estimulando a sus hombres con frases o discursos; él sabía que había que cumplir con el deber, y que ese lugar de la historia le había tocado a Él, por eso se atribuía el derecho al fracaso eventual de la empresa. La dimensión de su figura sólo es comparable al volumen de su gesta, por eso fue el mejor de los nuestros. Y eso también puede apreciarse en la película, como cuando se lo ve esperar a estar sólo para retorcerse de sus dolores de estómago, o cuando le pide perdón a quién dio la vida por él, pero sin dramatismo o desmesura, sabiendo en la intimidad que esa persona estaba cumpliendo con su deber, que era el de salvaguardar al líder.

José de San Martín fue un militar genial, desde lo táctico y estratégico en el campo de batalla, hasta su disciplina aplicable a sus propios principios. La práctica recurente de demonización de la política intentó instalar que la grandeza de su figura se circunscribía exclusivamente al ámbito castrense, y utilizan su deseo de no participación en cargos públicos de alguna manera como un ejemplo de pulcritud y asepsia. Nada más lejano de la realidad: San Martín era un animal político que en cada uno de sus acciones dejaba regueros de compromiso con sus ideales, plenos de vigencia a doscientos años de distancia.

jueves, 3 de marzo de 2011

Recitales
Mario Vargas Llosa en La Argentina



Se sucita en los últimos días una avispada polémica por el espacio cedido al escritor peruano Mario Vargas Llosa para que discurse en la apertura de la feria del libro de Argentina. El director de la Bibloteca Nacional, Horacio González, opinó mediante una carta pública, su posición contraria a la invitación, y posteriormente por pedido de la Presidenta de la Nación, debió dar marcha atrás en sus palabras, con el objeto de no mellar en lo más mínimo la libertad de expresión de quien, es seguro, va a hablar mal del país, de sus dirigentes, y de la torpeza de los ciudadanos que insisten en votar a gobiernos populistas.

Como este bretel es finito, pero tiene espaldas, vamos a dar despacho de postura. Hace años que dejé de ir a la feria del libro. Es un gentío insoportable de personas que (en su gran mayoría) entiende que expía su culpa cultural sólo con el hecho de concurrir, cuando en concreto no lee más de dos libros al año. También hacen colas interminables y pagan libros carísimos que posiblemente luego no terminen, pero lucen bonitos en las estanterías de sus casas. Algo parecido sucede con los festivales de cine independiente. Esta ciudad tiene esas cosas. En los años 80 alguien logró poner de moda las pistas de hielo (¿), por ejemplo. De todos modos, es bueno que haya feria del libro, y que se llene también.

Pero el señor Vargas Llosa dejó hace años de ser solamente un escritor. Es un importante operador político de la derecha, interviene y mantiene en numerosas organizaciones que enbanderan ideales conservadores, y, por si fuera poco, quiso ser presidente de su país. Es un político, que escribe muy bien, se ha ganado un Nobel y tiene un perstigo en las letras que no admite dudas, pero es un político, que olvidó que la arena de estas artes es un poco más sucia que la de las editoriales. No puede atacar como político y tratar de defenderse como hombre de la cultura, un librepensador que el aparato del estado intentó prohibir o censurar. Si buscó gobernar su país, era porque pensaba ganar con el voto popular, y tal vez allí sea donde resida la contradicción que más lo atormente. Sus cultos amigos pertenecientes a la elite de poder económico no son lo suficientemente poderosos como para proclamarlo jefe de estado, al menos en estos tiempos de democracia, y no queda otra para acceder al poder, que valerse del voto de esos ignorantes que gustan de elegir insistentemente por otra cosa. Y cuando debe ponerse el calzado de político, entendiendo la política como el arte de cambiar la realidad y de convencer a las personas de cuál es el mejor camino para lograrlo, convengamos que no muestra paso galante, es más bien torpe en ese aspecto, a juzgar no solo por sus declaraciones acerca de los gobiernos populistas, de primitivo nivel de análisis y profundidad, sino también porque perdió las elecciones de su país en manos de Alberto Fujimori, quien siendo presidente escapó acorralado por los escándalos y pretendió renunciar a su cargo vía fax.

Lo más divertido fue la puesta en escena de los partisanos de derecha acerca de sentirse perseguidos o atacados cómo su lider cultural. Justamente quienes son los duenos del aparato comunicacional, las empresas y el poder; quienen son capaces de afirmar que los sepelios de los ex-presidentes son organizados por colectivos culturales y se realizan con ataúdes vacíos, se manifiestan como cohartados en libertad de expresión. Aceptemos que a la derecha le cuesta juntar personalidades de la cultura, y si es por eso, es bueno que las cuiden. Pero de todos modos, no creo que ninguno corra peligro. En general, la gente de derecha no suele ir a muchas manifestaciones, y si va, casi nunca la corre la policía; menos que menos alguno perece bajo las balas de los uniformados, y definitivamente, ninguno desaparece.

martes, 4 de enero de 2011

Carancho



Tal vez no sea bueno para el cine argentino hacerse a la idea que cada tanto puede ganarse un premio Oscar. Más allá de lo objetable de la calidad de las películas que se premian en dicho certámen, si está fuera de toda discusión que se trata de un galardón de la industria, no de la crítica, ni mucho menos de los artistas y realizadores. Es decir, un premio del mercado hacia el mercado. Por eso cada tanto aparecen, a modo de culpógenos anticuerpos, algunos premios a filmes del tercer mundo o a películas de denuncia, una forma de auto-legitimarse. Pero todo tiene su límite: una cosa es premiar una película que reclama por la matanza de koalas o la polución en las grandes ciudades, la minería a cielo abierto y las manchas de petróleo, y otra muy distinta es cuestionar la forma de mirar las cosas desde adentro del sistema. Tal vez por eso un director como Haneke no reciba nunca un premio de estas características, por ejemplo.

De todos modos, un Oscar da prestigio, no cabe duda. Lo cuestionable aparece cuando por querer ganarlo se pierden identidades. Algunos directores de cine están en busca de la piedra roseta que les indique como llegar a la estatuilla, y piensan sus películas en función de quienes pueden ubicarlas en la terna. Y ahí se va al diablo el cine argentino, sin más. Algo similar pasó con la música latina.

Lo que hoy se conoce en las radios como música latina, es el formato realizado por músicos latinos siguiendo la receta del mercado norteamericano de como debe ser la música latina. Explico mejor esto. En algunos lugares de Estados Unidos la cultura latina se hizo de un masividad peligrosamente dominante, al punto de hacer peligrar el mercado local. Entónces comienza a funcionar el excepcional mecanismo estadounidense de a) fagocitar, b)digerir y c)regurguitar el producto, reformateado al consumo propio. Allí aparecen las cantantes latinas cantando en español, pero con toda la impostación vocal de las cantantes melódicas estadounidenses. Y chau cultura. Así fue como perdimos a la mejor Shakira, esa que hoy no para de jadear y manosearse, mientras que hace unos pocos años nos enloquecía con "bruta, ciega, sordomuda".



La película El secreto de sus ojos ganó el Oscar, en gran parte, porque fue pensada para eso. Su director conocía perfectamente los códigos necesarios para acceder a ese lugar, se movía en ese ambiente desde hacía tiempo, y se ve en el tratamiento de la imagen y en el formato de los díalogos todo un trabajo de emparentarse con esa forma de hacer cine. Campanella provenía de cosas diferentes, venía de El hijo de la novia, de Luna de Avellaneda. La cinta que ganó el Oscar es distinta, está hablada en español y trabajan artistas nacionales, pero le falta el guiño cómplice argentino.

Trapero viene en cambio de Leonera, El bonaerense, Mundo grúa. Estamos hablando de uno de los cuatro o cinco directores fundacionales de lo que se dio en llamar el Nuevo Cine Argentino. En su trabajo anterior, Leonera, aún se respira perfectamente ese aire. Los personajes interpretados en sus películas casi siempre nos recuerdan a nuestros vecinos, algún comerciante del barrio, de alguna forma, a nosotros mismos. Hablan y se mueven como nosotros, razón por la cual nos sentimos representados. Y por eso nos encariñamos tanto con el Rulo de Mundo grúa, porque le creíamos cada cosa que decía. Algo de esa escencia empieza a perderse en Carancho, y, quieran los dioses que uno se equivoque, tal vez sea por las ganas del director de tener un Oscar en la repisa.



No se encuentra otra explicación entónces a algunos planteos de guión de la película. Si lo que se desea es cuestionar fuerte algunos aspectos de la sociedad para encarar una denuncia, debe hacerse de manera creíble, de lo contrario el efecto puede ser el contrario. Cualquiera se puede imaginar las calamidades que pueden vivirse en una sala de guardia de un hospital público del conurbano bonaerense en una noche de sábado, por ejemplo. Pero mostrar en una misma escena a dos personas que acaban de pelearse y son atendidas en un consultorio, y en medio del quehacer de los médicos, los heridos retoman la gresca; los que están afuera esperándolos quieren entrar, todos se parapetan en la sala, afuera se escuchan disparos, los médicos no saben si curar o protegerse… Toda una situación que parece salirse de la pantalla, como cuando al poco tiempo de rodaje vemos al personal de aseo limpiando los charcos de sangre del piso de la guardia, mientras todo el equipo médico sigue trabajando como si nada alrededor. También vimos como un herido borracho intentó propasarse con la doctora que lo atendía y como el jefe de los médicos trata a su gente como si fueran cadetes de un colegio militar.

El personaje de Martina Gusman, Luján, también es difuso. Se droga con sustancias que saca aparentemente de forma ilegal de la farmacia del hospital, y si bien en algún tramo del filme menciona su adicción, no aparece asimilada con la historia, es como un hecho descolgado. Sería una pena encasillar a Gusman exclusivamente en papeles marginales. El personaje de Ricardo Darín, Sosa, es el de un abogado corrupto que lucra con accidente de tránsito, cuando no los gestiona personalmente. El gran actor argentino de los últimos 10 años, siempre fue capaz de brillar aún en producciones que no resultaron del todo aceptables. Aquí se lo ve repetido, poco penetrante en su rol, algo que sorprende, porque por su calidad interpretativa, hay que esmerarse mucho para hablar de un Darín que no actúa de 8 para arriba en una película. El resto de los personajes orbitan pero no combinan, hay como toda una desconexión en el trabajo como cuando a una torta le falta huevo. Hay alguna escena de sexo que sólo cumple con el rigor de que no debe estar ausente, pero que tampoco suma. El final es no sólo es obvio, como la letra del bolero que ellos bailan en la fiesta de quince, sino que parece como que el director quiso sacarse de encima la responsabilidad de tomar alguna decisión, y optó por la más fácil.

Tal vez no sea bueno para el cine argentino ganar más premios Oscar. Nos puede pasar como cuando algún gen mirtalegranezco recesivo oculto en el inconciente colectivo hizo mutar la pajita en sorbete: vamos a perder identidad. Y la identidad, una vez que la perdés, fuiste, man.

Imdb: http://www.imdb.es/title/tt1542852/

viernes, 26 de noviembre de 2010

El hombre de al lado



La película El hombre de al lado es quizás la mejor pintura que retrata como país a la Argentina de los últimos 60 años, o al menos, los dos modelos que en el país se dan en pugna desde entonces.

Ecuadra en el género comedia de color negro y está dirigida por la dupla Mariano Cohn y Gastón Duprat, quienes anteriormente hicieron Yo presidente, una intención de documental que en realidad sirvió para mostrar más los entretelones o bambalinas de entrevistas realizadas a distintos presidentes de la nación de los últimos 10 años. En esta nueva producción, los directores continúan empeñados en descifrar el pensamiento argentino, sólo que ahora utilizaron como soporte un hecho de ficción y le dieron formato de comedia.

La acción se centra en la ciudad de La Plata, capital de la provincia de Buenos Aires, y más precisamente en la única casa que el arquitecto de prestigio internacional Le Corbusier realizó en América Latina. Allí vive Leonardo (Rafael Spregelburd) con su mujer y su hija. Leonardo es un diseñador que aparenta gozar de cierta importancia social y capacidad intelectual, al menos por lo que se puede ver de sus actividades cotidianas, su quehacer como docente universitario, la variedad de idiomas que maneja, y su nivel de vida. Del otro lado de la medianera que separa su icónica casa del resto del mundo, un hombre perfora la pared con la idea hacer una ventana para rescatar luz natural. El hombre de al lado es Víctor (Daniel Aráoz), una persona de modales algo rudos, gestos básicos, más preparado para el trato callejero que el del salón. Leonardo plantea inicialmente la queja, alegando que esa ventana le restará privacidad a su vida y la de su familia, y sosteniendo además que esa reforma no es posible por cuestiones vinculadas a la legalidad urbana.



Víctor intentará convencerlo haciendo referencia a las decenas de edificios que pueblan la ciudad, con ventanas apuntando directamente a su casa. Buscará suavizar la postura del vecino pidiéndole formalmente permiso para hacer la ventana. Ante la negativa de Leonardo, insistirá con el diálogo, pero llevándolo a su terreno, seduciéndolo con un trato cómplice, varonil, más propio de un estadio de fútbol que de un claustro universitario; ámbito en el cual, por otra parte, Leonardo se ve claramente desubicado y en desventaja. Le regala conservas caseras y objetos de arte de dudoso gusto, en los cuales deja explícita su pasión por las armas y la caza. Cuando acorralado por la situación Leonardo finalmente argumenta que el problema no es él, sino su esposa, Víctor le ofrece a Leonardo intermediar directamente. “Dame el teléfono, yo la llamo. Soy irresistible con las mujeres”, le dice, ante la mirada impávida de Leonardo. Posteriormente le enviará flores.

Uno a uno los argumentos y objeciones planteados por Leonardo son derribados por su vecino. Cuando finalmente opta por la vía legal, notificando a Víctor por medio de un letrado, éste irrumpe en su casa aludiendo falta de códigos. Mientras tanto, la vida de Leonardo comienza a mostrar grietas más amplias que la ventana que pretende construir el hombre de al lado.

La relación con su esposa es distante, y hasta en algunos pasajes, agresiva. Su hija apenas le dispensa sentimientos de afecto, de hecho casi no le habla. Su trabajo sufre complicaciones con los plazos de entrega de los compromisos. Su faceta como profesor de la facultad no lo muestra como un docente que alguien desee tener aún en la materia más liviana de la carrera. Y la relación con sus amigos aparece básicamente soportada en la imagen y la apariencia.

Del otro lado, Víctor (el actor cordobés Daniel Aráoz hace un trabajo impecable. Quienes lo conocemos de su vasto trabajo en televisión podemos dar fe que el papel esta perfectamente adaptado a su fisonomía y gestualidad) se deja ver como una persona con los bordes más lisos. No parece darle demasiados giros a la situación: él sólo quiere que a su casa entre un poco de sol, “ese que a vos te sobra”, le reclamará a Leonardo en algún momento de la historia. Habla a los gritos, con lenguaje soez y vulgar, ventila su intimidad y busca resolver el conflicto con su vecino apelando a la complicidad tan argentina como un guiño de ojos. Y allí es donde Leonardo fracasa una y otra vez. “Estas cosas se resuelven hablando”, le sugiere un colega al diseñador, y ese es un problema para él: el diálogo con personas de esa clase no está definido en su universo.



Un universo al que Leonardo no pertenece, como sí en cambio su doméstica paraguaya, que limpia la casa con las remeras que él ya no usa, esas con el logotipo del subterráneo londinense. O los limpiavidros que buscan juntarse un centavo en los semáforos, o los “trapitos”, los cuidacoches de los estacionamientos. Todos representantes de una parte de este país, que en el mejor de los casos, se los procuró mantener invisibles; en la gran mayoría de los otros, se buscó señalarlos como parte del problema y no como víctimas del desastre que dejó la década pasada en la Argentina.

Y apenas a quince centímetros de medianera, con la civilización y la barbarie a uno y otro lado del ladrillo, el otro mundo, el que requiere de la seguridad de las alarmas silenciosas, las rejas que protegen de desconocidos, los vidrios polarizados y la música privada con auriculares. Un espacio donde todo puede resolverse con una cifra o un llamado, donde tras cada gesto amable hay una mueca de desconfianza. Allí en el borde transcurre esta excelente película, que nos enseña que Leonardo, el diseñador que vive en esa casa que es única de la ciudad, es en la Argentina actual, el verdadero hombre de al lado.

Imdb: https://www.imdb.com/title/tt1529252/

jueves, 28 de octubre de 2010

Sostenes



La muerte suele ser caprichosa con sus elecciones. Injusta, como menos. A la corrección temprana de que cualquier muerte es injusta, permítaseme mantener reservas. Nada más alejado de mí que la fe cristiana o el sentimiento evangélico, aunque me confieso sumamente sensible a la pasión de las multitudes por su devoción o creencia, sea cual fuera, y más aún cuando es expresada desde los motores más íntimos de la conciencia.

Cuando sucede la llamada vuelta de la democracia, el fin del oscuro período de dictadura militar, allá con la presidencia de Raúl Alfonsín, yo contaba con 18 años. Atravesaba el renacer del dialogo político en la más efervescente adolescencia, el colegio secundario era un ámbito de charla constante, por fin se podían hablar de un montón de cosas que yo no comprendía bien porqué estaban censuradas. Había buenas charlas con algunos profesores, Desde su adultez, muchos nos miraban con un dejo de ternura. Inclinaban la cabeza y amagaban una tibia sonrisa mientras les explicábamos los procedimientos necesarios para cambiar el mundo. Por una cuestión de meses no pude votar en aquella elección, sí en la próxima. Mi grupo de amigos estaba dividido. El boca-river futbolístico se había trasladado al campo político, y las dos grandes parcialidades se enfrentaban en cuanto lugar había. Centenares de frases hechas y discursos ajenos poblaban esas conversaciones. Yo, (como casi siempre) fastidié a las estadísticas con mi habitual tercera posición. La izquierda me sedujo desde el comienzo, la figura de El Che, el poder del pueblo, y toda esa intelectualidad fascinante. Un señor bastante amargo recuerdo que me dijo para ese entonces: “Y si, hay que tener el corazón muy duro a los veinte para no ser de izquierda, y la cabeza muy dura para seguir siéndolo a los cuarenta” ¡Los cuarenta, que sabía yo a los cuarenta! Yo seguí como pude con la mía, empecé a votar, participé activamente en marchas y charlas, fui a encuentros, milité como sentía que debía hacerlo.

Y a medida que pasaban los años y votaba, recordaba la mueca de sonrisa y el menear de la cabeza de mis profesores, allá en el secundario. Esa postura enternecida por la inocencia del planteo al principio, y ese esfuerzo por hacerme tomar conciencia que todas esos postulados que yo intentaba sostener no eran posibles. Se empezó a hablar de utopía, y decía que era imposible alcanzarla, pero después aparecío Serrat (un gran referente) y dijo que no importaba, que había que perseguirla igual, que en ese esfuerzo por alcanzarla era que se mejoraba la vida.

A pesar de contar con muchos amigos en el peronismo, no dejaba de resultarme ajena la idea. Algo de preconceptos paternos debía cargar, esa tendencia a la antítesis que sería claramente identificada por mí más tarde. Pero la idea resistía porque ese líder ya no estaba en este mundo. Me costaba distinguir cuánto del discurso le correspondía al retrato que pendía del fondo del escenario y cuánto al orador; cuanto de todo eso era sustentado por un líder ausente. Yo quería el sostén de un líder presente.

Cuando asumió Nestor Kirchner en 2003, recuerdo no haber sentido demasiada emoción, si algo de tranquilidad por las otras opciones que se barajaban. Recuerdo estar escuchando el discurso en el Congreso el día de la toma de mando. Estaban presente muchos presidentes, y entre ellos Fidel Castro. Esa era la única emoción reservara para ese día: verlo a Fidel confundido entre otros mandatarios, de traje civil, respondiendo sobriamente a los saludos que todos los presentes le hacían. Recuerdo que todos querían estar a su lado, no importaba ya la ideología, se trataba de estar cerca de ese pedazo de historia, el último hombre del siglo XX. Al otro día habló más de cuatro horas en el centro de la ciudad, convocando a multitudes. Yo seguía votando a la izquierda, ganaba un extraño patrocinado por el aparato de un partido que nos había llevado al desastre, y en Buenos Aires hablaba Fidel Castro. Una auténtica escena argentina

Pocos meses después, en setiembre de 2003, Kirchner habló en las Naciones Unidas, y también vi el discurso por televisión. Hubo una frase que me hizo levantar la mirada, una párrafo que no tenía cabida aparente en ese espacio: “Somos hijos de las Madres y Abuelas de Plaza de Mayo”. Pareció fuerte. Recuerdo a varios presidentes haber recibido a las Madres y a las Abuelas, casi como con gesto necesario, ineludible; ninguno las había incluido en un discurso oficial en tamaño organismo y las había mostrado como parte de su herencia.

Cada uno fue construyendo su camino con los años. Algunos nos hemos hecho más conscientes de las factibilidades. Ahora, llegados y pasados los cuarenta, el corazón y la cabeza siguen tan duros como a los veinte, pero tal vez se han matizado algunos conceptos. Pero hubo hitos de la historia que no tomaron tanto tiempo como parece. Desde el primer al último disco de los Beatles hay menos de diez años. Desde el ascenso hasta el derrocamiento de Peron hay nueve años. Entre el ascenso político hasta la muerte de Eva Peron hay algo más de seis años. El proceso de cambio de paradigma que supuso la caída del muro llevó algo menos de un año. Y si un extranjero ajeno emocional y culturalmente hojea cualquier diario de la Argentina del 2001, y lo compara con cualquiera del 2010, no tardará en entender algunas cosas. Como que la preocupación de entonces era ver como recuperar el dinero capturado por los bancos a los ahorristas, y la preocupación de hoy, es ver cuánto será la participación a los trabajadores de las ganancias de las empresas.

Con matices y diferencias según quien lo vea, la Argentina cambió hacia un rumbo marcado por el signo de la región que la alberga, Suramérica, más parecida en sus colores y olores a lo que es en sus componentes. Se cuestionaron intereses que parecían intocables. Se repararon deudas sociales. Se construyó una mística, pero no una a la que somos tan afectos los argentinos. No una mística de tribuna que nos ha hecho chocar una y otra vez contra la pared, la mística pava de creernos el pueblo superado del cosmos. Porque el cimiento de esa mística es un ladrillo palpable, visible, delicioso y alcanzable por cada uno de nosotros: es la reparación de la dignidad. Es ese indignarse cada vez que algo no es como debería, en vez de entender que forma parte del funcionamiento lógico del recambio necesario.

Es juntarse con un par de amigos para ir a una fiesta patria y terminar siendo millones. Y ver esa croma genuina, tan diferente a las que aparecen en las publicidades de dentífricos y yogures, o a las que temen por lo que pueda depararles salir a la calle pasadas las siete. Es darse cuenta que se podían hacer algunas cosas, que no era tan difíciles como nos decían. La sonrisa tierna de mi profesor ya puede ir tornando en asombro, las cejas arriba, las comisuras hacia abajo, “mirá vós”, me estaría diciendo si hoy le contara las cosas que se pudieron hacer en seis años. Es para todos aquellos que piensan que los políticos son todos iguales, pero se someten respetuosos ante la imagen las madres y las abuelas de plaza de mayo: hubo alguien que las abrazó, que les devolvió alguito de lo que le quitaron, que nos hizo verlas sonreír.

Se muere Nestor Kirchner el día del censo nacional que toca hacerse cada diez años. El día de sumar. El día que, según algunos, hay que temer hasta del censista. Yo por suerte no tuve espacio del corazón libre para el miedo, hice pasar a la señorita que le tocó mi casa. Morochita, bonita, típico rostro del norte argentino, ahí al borde con Bolivia. No le tuvo miedo a mi perra ruidosa, como muchos otros, hasta le hizo un juego. Agredeció el vasito de agua. Hizo las hábiles preguntas diseñadas por sociólogos que se supone mesurarán el país. Frías preguntas, pensadas para la estadística, claro. “Bien, ya está”, dijo al final. Repasando la ficha con el lápiz, preguntó en voz alta “¿Falta poner algo más?”

“Poné que estoy triste”, le dije.

domingo, 18 de abril de 2010

Ley de Medios Audiovisuales de Argentina



El 15 de abril de 2010 la Coalición por una Radiodifusión Democrática organizó una movilización desde el Congreso Nacional hasta el Palacio de Tribunales, en apoyo a la Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual. El acto contó con la adhesión de organizaciones políticas y sociales, centrales obreras, diputados del oficialismo y la oposición y grupos independientes convocados a través de redes sociales.

La ley que fue aprobada por el Congreso de la Nación en octubre de 2009 con amplia mayoría parlamentaria -147 votos a favor, 4 en contra, 1 abstención en Dipuados, 44 votos a favor y 24 en contra en Senadores- derogó la ley vigente de la dictadura, que desde entónces posibilitó la formación de conglomerados monopólicos de medios de comunicación en la Argentina.

Actualmente, la ley se encuentra suspendida en virtud del amparo solicitado por el diputado del peronismo disidente de la provincia de Mendoza Enrique Thomas. La jueza mendocina Olga Pura de Arrabal dio lugar a dicho amparo, que fue posteriormente ratificado por Cámara Federal de Apelaciones de la misma provincia. La objeción presentada se refirió a cuestiones de procedimiento durante el tratamiento de la ley en el recinto legislativo, aunque no se expresa en cuestiones de contenido. La jueza ya había fallado anteriormente a favor de la empresa de medios Grupo UNO -de esa misma provincia- cuando logró sacar de servicio a la repetidora de la televisión pública de San Rafael, alegando que su señal interfería con los canales privados.





Los jueces que integran la Cámara Federal de Apelaciones de Mendoza son Otilio Romano, Julio Petra y Alfredo López Cuitiño. Otilio Romano está acusado de complicidad con torturas, violaciones y saqueos de bienes durante la Triple A y la dictadura militar. Alfredo López Cuitiño estuvo a cargo del Registro Nacional de las Personas durante la gestión de Carlos Menem, y desde allí firmó los documentos que otorgó la ciudadanía argentina al traficante de armas Monzer Al Kassar. Su jefe era el por entónces Ministro de Interior, José Luis Manzano, socio de Daniel Vila en el grupo UNO. Julio Petra fue uno de los camaristas que en 2008 otorgó la libertad a todos los acusados de los asesinatos del estudiante Amadeo Sanchez Andia y de Víctor Romano Rivamar. También puso la firma para liberar al sargento del Ejército Argentino Osvaldo Benito Martel acusado por los delitos de tormentos agravados en concurso ideal con lesiones leves en perjuicio de Margarita Rosa Camus, nieta del entonces gobernador de San Juan, Eloy Camus (que también fue detenido) y actual jueza de garantías de la Justicia sanjuanina.

El Grupo UNO es el segundo multimedio más grande del país, está radicado en la provincia de Mendoza y es controlado por el empresario Daniel Vila y el ex diputado y Ministro de Interior de la Nación José Luis Manzano. En algunos de sus medios más importantes, comparte el paquete accionaro con el empresario y diputado nacional Francisco de Narváez. El grupo controla 6 diarios, 12 canales de televisión, 26 radios, además de negocios inmobiliarios y el servicio de agua. Se estima que estos medios tienen una audiencia potencial de un millón y medio de personas. Vila es además dueño del exclusivo barrio Dalvian en la ciudad capital de la misma provincia, y fue denunciado por la colocación de un caño de agua en terrenos de la Universidad Nacional de Cuyo, linderos al barrio Dalvian. En la causa, la misma jueza Pura de Arrabal (que vive en barrio Dalvian) falló a favor del empresario.





Esta es sóla una arista del complejo escenario que compone la situación actual de los medios de comunicación en la Argentina. La ley sancionada en el congreso en octubre del 2009 es el fruto de 26 años de lucha por parte de los organismos que componen los medios independientes nucleados en la Coalición por una Radiodifusión Democrática. El anteproyecto de la misma ley fue sometido a foros abiertos a lo largo y ancho del país durante meses, y el resultado obtenido sirvió para enriquecer y democratizar aún más su contenido, y reemplazar de una vez por todas la ley vigente sancionada durante la últma dictadura militar, carente de mecanismos de participación popular.

Bretel hizo una lista de quienes están a favor y quienes estan en contra de esta ley y en gran medida de las acciones del gobierno. Allí aparecieron entre otros:

actores
músicos
cineastas
escritores
politicos
intelectuales
distintas personalidades de la cultura
periodistas
representantes sindicales

Repasando nombre y trayectorias, y decidido a anotarse en alguna de las dos columnas, Bretel se puso del lado de los buenos.

sábado, 1 de agosto de 2009

El niño pez




La última realización de Lucia Puenzo trata la historia de Lala, una jóven hija de un juez y componente de una familia de buen pasar económico de la Argentina. El personaje está encarnado por Inés Efron, lejana pariente de la mítica Paloma Efron, mas conocida como Blackie, periodista, cantante y directora de TV y teatro fallecida hace más de tres décadas. Esta promesa del cine argentino ha transitado desde sus inicios casi en su totalidad papeles difíciles, por intentar un adjetivo. En XXY (2007) hizo de hermafrodita, en El nido vacío (2008) era la hija adolescente del matrimonio protagónico, en La mujer sin cabeza (2008) era la sobrina lesbiana de Verónica, la actriz principal, y en esta obra se mete en la piel de una muchacha lesbiana y con una fuerte carga de conflicto proveniente del seno familiar.

La película abre con La Guayi (Mariana Vitalle, Emme) desunda boca abajo en una cama, con un hombre amacándose acompasamente sobre ella. Luego se viste, sale del lugar que parece ser un vagón de ferrocarril detenido en una playa de maniobras, cruza un descampado y emprende un viaje en tren. En el camino recoge un cachorro de perro que estaba abandonado en una bolsa de residuos.

Y allí comienza una historia que está contada alternadamente en dos espacios de tiempos diferentes, uno que va desde la mitad del film hacia adelante, y la otra que es el resto que completa el relato. El punto de encuentro de ambas historias es el descubrimiento por parte de La Guayi del padre de Lala yaciendo muerto sobre su escritorio. Y también comienza un relato plagado de obviedades y guiños que empalagan hasta el hartazgo. Aparece otro problema recurrente en el cine argentino: el sonido. Hay escenas completas que son casi incompresibles por problemas de audio, y es que está muy fuerte el sonido ambiente, o sencillamente no se entiende lo que dicen los protagonistas. El tono general del film es como menos grave, oscuro, elevando la carga del personaje hasta niveles importantes. Pero las referencias constantes son las que hacen que la obra sea compleja de asimilar como creíble, llegando al punto de soslayar el único punto realmente fantasioso, que es el personaje que da nombre a la película. Para muestra va el siguiente punteo:

· La Guayi es la sirvienta de la casa de Lala (mi hijo me reta cuando digo sirvienta, me aclara que se debe decir "empleada doméstica") Le dicen Guayi por que es (claro) paraguaya, y además de los quehaceres domésticos, se encarga de atender sexualmente al dueño de casa (el Juez), quien la conoce desde que llegó a la casa hace años y dice que la quiere casi como una hija.
· La Guayi en realidad quiere ser cantante (Vitale es cantante profesional, esta es su primera incursión en el cine) Dice le gustaría cantar en guaraní (porque es paraguaya), y hasta ensaya un breve pasaje a capella en una escena.
· El papá de La Guayi es Sócrates, que es paraguayo, y es interpretado por el actor Arnaldo André (que también lo es). Cuenta el film que en su juventud, Sócrates era galán de telenovelas (cómo lo fue el actor durante más de 20 años en la televisión argentina)
· Lala y La Guayi están de novias, y están juntando dinero para escaparse a Paraguay. Lo guardan en una caja de un video de "Alicia en el país de las Maravillas"
· En un tramo de la película La Guayi le muestra a Lala el ómbibus que las llevará a la frontera con el Paraguay, un micro que dice "Transportes del Paraguay"
· A pesar de que se realice con cuadros y joyas robadas, el cruce de la frontera entre ambos países es poco menos complicado que la cola del domingo en la fábrica de pastas.





Podría seguir, pero sería ensañarme. Que de haber nacido en el país guaraní, seguramente esta película me hubiera molestado bastante por los estereotipos, estirados y llevados hasta el hartazgo para contar una historia que amagó con ser fantasiosa y terminó como un policial. Si me asombró una escena que transcurre en una cárcel de mujeres, y apenas comenzada, me preparé para ver todo el catálogo propio de ese tipo de películas (duchas, peleas, violaciones, etc), pero no, ahí parece que primó cierto prejuicio por parte de la dirección y no se vio nada de eso. Que el personaje de La Guayi es de lo más sumiso, componiendo una mujer que es usada por el que se le ponga delante, y además (tal vez lo peor), aceptando este destino como un hecho inexorable en el tránsito que le tocó hacer por la vida, constituye un cuadro poco amigable y para nada reivindicatorio del papel del inmigrante en estos suelos. Y sin caer en un moralismo puritano, haciendo el máximo esfuerzo por saltear estos detalles, el film no ahonda en el único punto que podría haberlo hecho brillar, que es el elemento fantástico antes mencionado del niño-pez en una tierra como la guaraní, pletórica de leyendas fascinantes.

Si XXY era una kermese de metáforas que rondaban la complejísima sexualidad de la protagonista, El niño pez intenta acercarse a la tierra, pero termina embarrada en sus propios preconceptos.


Imdb: http://www.imdb.com/title/tt1235842/

lunes, 15 de junio de 2009

La casa del ángel





Muchos nos acercamos al cine argentino a partir del movimiento generado en los 90 llamado Nuevo Cine Argentino (NCA), con la aparición de la primera camada de directores salidos de las nuevas escuelas de cine del país, entre los que se encontraban Pablo Trapero, Martín Rejtman, Lucrecia Martel y Adrián Caetano, entre otros. Este movimiento supuso un aire fresco al anquilosado modelo de producción que dominaba las pantallas, con la incorporación de las nuevas tendencias del cine contemporáneo más en boga en Europa y Estados Unidos, pero sin renunciar al muy definido estilo íntimo y personalista de filmar de los argentinos.

Y muchos son los que creen que antes que este nuevo cine arribara, no existía nada bueno para ver en estas latitudes, tal vez porque el mote de “nuevo” cine argentino, de alguna forma tildaba al anterior de vetusto, cargado de un fuerte tufillo a naftalina, y con pocas ideas más allá de la comedia grotesca y costumbrista de baja escala. Investigando y aprendiendo un poco se descubren algunos hitos que la parafernalia mediática algunas veces no deja ver, o sólo recuerda en notas de aniversario.

Leopoldo Torre Nilsson dirigió y produjo cine por más de veinticinco años, y no sólo constituye uno de los realizadores más importantes de la escena argentina, sino que fue un verdadero vanguardista en su época, a la altura de los nombres más importantes del cine internacional. Sus películas, que en aquellos años, competían en el festival de Cannes con Antonioni, Bresson, Bergman y Fellini, marcaron a toda una generación de cineastas, y aún hoy son objeto de placentero análisis.

La casa del ángel data de 1957 y está basada en una novela de la escritora Beatriz Guido, esposa y colaboradora de Torre Nilsson en varios trabajos. Cuenta la historia de una familia argentina en las primeras décadas del siglo XX, épocas en las que el honor se mancillaba fácil y se limpiaba a tiro limpio.





Ana (Elsa Daniel) es una adolescente que vive con sus hermanas en el seno de una familia burguesa donde la marca está puesta en la fuerte represión moral y religiosa. Es de observar que la actriz tenía 21 años cuando filmó esta película, pero pasa bien el papel gracias a la candidez de su rostro y su modo aniñado, del cual hizo su estilo muy propio. El jefe del hogar, el Dr Castro (Guillermo Battaglia), es un afecto a los duelos tan de moda en ese entonces, a la vez que frecuenta, y no con mucho disimulo, burdeles y puticlubes del lugar, a modo de escapar del rígido corsé que impone su esposa (Berga Ortegosa). Ana vive con sus dos hermanas, pero con quien más comparte sus inquietudes de la edad es con su prima Vicenta (hermosísima Bárbara Mujica), quién a su vez aparece como la joven más rebelde en medio de tanto clima de represión. Los juegos, las conversaciones nocturnas, todos los actos en general son vigilados muy de cerca por su madre en busca de cualquier signo de pecado.

La casa de los Castro es frecuentada por políticos de la época, entre los que se encuentra Pablo Aguirre (Lautaro Murúa), un diputado que sigue los pasos vocacionales de su familia. A Aguirre se lo ve contradictorio, idealista y comprometido a veces, y oscuro y misterioso en otras.

Domina el film una enorme pulsión sexual, fundamentalmente en la mirada ingenua pero a la vez inquieta de Ana, que carga con la culpa y el castigo que a través de la religión le apunta su madre, pero no puede evitar el fluir de la sangre dentro suyo. La mención del Apocalipsis opaca cualquier comentario, debe bañarse con ropa, y no cualquier película en el cine o música le es permitida. Un terrible hecho la marcará para siempre, y esa será la razón del relato, que es desarrollado como un recuerdo de atrás hacia adelante.

Los conceptos de vanguardia del cine que Torre Nilsson llevaba a cabo en esos tiempos pueden verse en los encuadres de las tomas, en las escenas de escasa iluminación, en los planos cortos sumamente inquisidores, y en parte, en la adaptación de un guión que supo esquivar la censura de la época, con laterales menciones al aborto y jugadas escenas íntimas, por mencionar algunas.

Textual del director: “Cuando todo el mundo elogia una película hay que desconfiar; cuando todo el mundo crítica a una película hay que desconfiar. Las malas películas cumplen una función social: son irrevocables censos de la imbecibilidad.“

Imdb: http://www.imdb.com/title/tt0050231/

lunes, 20 de octubre de 2008

Regresados



Regresados está ubicada en el año 2002 y cuenta la historia del reencuentro que se realiza con motivo de cumplirse los 20 años de egresados de una promoción 82. Se trata de una película coral (se dice) que es cuando se narran varias historias simultáneamente.

Es así que tenemos la historia de Melina y Guido, que fueron novios para aquellos tiempos, y que aparentemente no volvieron a verse desde entonces. Melina está casada, tiene una hija, y parece vivir una vida sin contratiempos en lo económico pero con bastante chatura en lo emocional. Guido es un pianista que ha cosechado un mediano éxito en lo profesional (toca en bares) y tiene una lucha desigual y personal con el espejo y la balanza.

Aparece la segunda historia que está protagonizada por Lito, un ejecutivo de los que se dicen “exitosos”. Lito fijó casa en España, dónde hizo su carrera en un importante banco internacional, con filiales en La Argentina. La película justamente empieza mostrando a Lito al frente de una reunión de directorio, reclamando explicaciones a los ejecutivos locales acerca de la falta de previsibilidad de la situación argentina. Una vez en la escuela, se encontrará con Alexis, un proyecto de director de cine, y con Franco, un padre de familia sin trabajo.

La última historia está Lacrose, un tipo que supo ser malo, pero que gracias a la autoayuda sanadora de Paulo Coelho, se transformó en un buen tipo. Quienes lo verán en el encuentro no registrarán este cambio, y le recordarán las maldades infringidas al pobre de Pequeño, un personaje depositario de todas las desventuras habidas en la escuela.





Esta noche, todos podrán saldar de alguna manera sus deudas con el pasado, y aprovecharán la reunión para hacerlo.

Esta película confirma el excelente momento que atraviesan un importante grupo de actores surgidos del ámbito del teatro. Como sucedió anteriormente con los no-actores de Caetano, es ahora que vemos brillar en pantalla a personajes formados para la actuación en vivo, y que logran plasmar un intenso trabajo en el cine, superando el escollo de la interrupción constante, y con gran esfuerzo por mantener el tono dramático de cada escena. Actores que nos enseñan que se puede reflejar la cotideaneidad y los sentimientos sin subirse encima de ningún pedestal griego.

Bernard y Nardini ya habían hecho bien las cosas con 76-89-03, y ahora siguen en la buena senda con esta película políticamente bastante incorrecta.

Imdb:http://www.imdb.com/title/tt0362080/

lunes, 8 de septiembre de 2008

La mujer sin cabeza



Lucrecia Martel es una de las directoras argentinas más lúcidas de la actualidad. Forma parte del conglomerado de realizadores que hace más de una década protagonizaron el proyecto llamado “nuevo cine argentino”, junto con Pablo Trapero, Adrián Caetano, Alejandro Agresti, entre otros. La mujer sin cabeza es su tercer film, y al igual que en los anteriores, muestra un trabajo de neto corte intimista, con alto contenido psicológico.

Verónica (María Onetto) es una mujer en sus cincuenta, que conduce sola su automóvil por un camino de tierra, y en un momento de distracción ante el llamado de su teléfono celular, atropella algo (o alguien), que casi le hace perder el control del vehículo. Hay una frenada, una coleada del auto, sus anteojos que vuelan por el aire y un golpe leve en la cabeza: afuera sólo hay una nube de polvo producto de evento. Verónica mira por los espejos, pero la tierra le impide ver con claridad. Después de unos instantes de vacilación finalmente decide salir del auto, sin alejarse, intenta mirar hacia atrás. Mientras tanto, la tormenta que amenazó toda el día finalmente se concreta. Verónica decide volver al auto y alejarse del lugar. Y a partir de allí ya no volverá a ser la misma mujer.

Posteriormente nos enteraremos que Verónica es dentista, su marido Marcos (César Bordón) tiene un estudio profesional, y a juzgar por su casa, sus automóviles y el numeroso personal doméstico, parece ser dueña de un buen pasar económico. Es una mujer madura y de cuidado aspecto físico, se preocupa mucho por su pelo, recibe masajes, y se la ve siempre bien vestida.

Sin embargo, este suceso en la ruta la transforma en una mujer totalmente ausente, enajenada, y fundamentalmente, para nada dueña de sí misma. Los días siguientes al accidente, le cuesta articular palabra, está carente de respuesta para el nivel de exigencia de su medio, y cuenta con una mirada vidriosa y gélida. Finalmente decide contar lo sucedido a su esposo, y juntos inician un viaje al lugar del hecho, pero una vez allí no encuentran nada que pueda confirmar cualquier hipótesis.

El film centra su virtud más en lo que está omitido y ausente que en lo dicho. Es una película de silencios, planos falsos, gestos indefinidos. Decididamente no apta para quienes le exigen al cine un momento de distracción carente de esfuerzo mental, esta película dura 87 minutos en la pantalla y largas horas en el café, tratando de destrabar todas esas microseñales que se van sucediendo.

El cine de Martel ya muestra marcas propias: la familia provinciana acomodada, la relación con la servidumbre, la cercanía con el poder, todos componentes infaltables en toda burguesía del interior de La Argentina. Hay algo de relaciones incestuosas, infidelidades, e insinuaciones homosexuales. Y están las mujeres una vez más dominando la escena, como en todas las películas de la directora, haciéndose dueñas del timón de la historia.

Onetto inquieta por su inestabilidad: las dudas la transforman en una persona tan vulnerable que logra desacomodar al espectador en la butaca. Completan el elenco Claudia Cantero como Josefina, una mujer muy moderna y segura de sí, pero incapaz de ver lo que le sucede alrededor; como Candita está Inés Efrón, una jóven actriz que para lo que va de su carrera ya carga con papeles algo atormentados, y María Vaner como la Tía Lala, una anciana senil, pero que igualmente sigue nucleando a la familia. Y desde el lecho esta actriz de gran trayectoria, fallecida a poco de estrenarse el film, parece transformarse en el complemento perfecto de Verónica: una cabeza sin cuerpo, que a la vez parece ser la única persona que interpreta lo que le pasa. “Esa no es tu voz”, le dice. “La casa está poblada de espantos, si no los mirás, se van”. Verónica se retuerce, parece salir de su letargo con cada mensaje que se le cruza. O como cuando el jardinero que trabaja en su casa encuentra algo bajo el pasto. “¿Qué es lo que hay?”, pregunta alterada Verónica. Pero todos se apuran a calmarla, a hacerle ver que todo lo que sucede no sucede, sino que parece que está allí.

Gran película es La mujer sin cabeza. Difícil encontrar en el cine argentino reciente un trabajo de igual vuelo y tanto significado.

Imdb: http://www.imdb.com/title/tt1221141/

lunes, 25 de agosto de 2008

Tres minutos



Esta es una película que requiere algo de amor por el cine argentino, fundamentalmente para lograr atravesar los primeros veinte minutos.
Allí aparece unos de los defectos a mi juicio más recurrentes de nuestro cine, que es el tratamiento de los diálogos. Yo siempre que veo en una película a actores haciendo de gente normal, hago el ejercicio de imaginármelos dentro de lo que sería mi cotidianeidad, en alguna circunstancia casual, cualquiera. Y a veces sucede que lo que menos me surge es la naturalidad, es decir: los actores haciendo de gente normal hablando no hablan como lo haría la gente normal. Parece demasiado pautado, sin pausas, con respuestas ingeniosas todo el tiempo y sin baches, casi leído. Pasado este ligero trance, y fundamentalmente cuando la película cae en poder de los dos protagonistas, levanta mucho en fluidez y calidad, marcando una importante diferencia con el resto del plantel.

Se trata de una historia de fantasía y romance. Alex (Nicolás Pauls) es un periodista al que le hacen tomar unas píldoras que le provocan algo que para su labor parece indispensable: el poder hablar rápido frente a la cámara (¿¡). Ana (Julieta Zylberberg, una de las perlas salidas del recordado Magazine For Fai), hace de chica pueblerina que quiere rendir su examen de piano para entran en una orquesta. Como tiene problemas con la velocidad de sus dedos, descubre el truco de las pastillitas, y decide probarlas. Claro, se excede con la dosis, y termina moviéndose a una velocidad tal que el mundo a su alrededor parece detenido. Él irá a su encuentro (sobredosis mediante, claro), y juntos vivirán una historia de amor en un pueblito (más) detenido en el tiempo.

La dirigió Diego Lublinsky, quién también realizó los ciclos "El otro lado" y "El visitante", conducidos por el recordado Fabián Polosecki. El resto del elenco lo completan Lidia Catalano, Antonella Costa, Horacio Peña y Franklin Caicedo.


La escena: Pauls con el mundo detenido tratando de cocinar un bife a la plancha, con la llama de la hornalla paralizada. Brillante.



Página Web: http://www.tresminutos.com.ar/index.htm
Imdb: http://www.imdb.com/title/tt0490016/