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martes, 8 de octubre de 2013

La purga




En los Estados Unidos del año 2022, hay una jornada que lleva distensión a los atribulados corazones de sus habitantes. Habiéndose logrado un record en la baja del nivel de desempleo del 1%, y con los índices de violencia por debajo del piso histórico, la población parece vivir este día con gran entusiasmo y actitud participativa. Es que la nación actual es “una nación renacida”, bendita como siempre, pero la diferencia es que ahora se menciona enfáticamente a “nuestros padres”, aquellos que en el día de hoy permitirán purgar las almas. Las consignas suenan fuerte en la radio, y se multiplican en las personas que se cruzan por la calle, con el mutuo augurio de “que tenga una noche segura”. Un día del año en especial, que llevando al grotesco algunos titulares actuales, puede ser un día cualquiera en los Estados Unidos.

La purga cuenta la historia de un futuro cercano en el país del norte, en el cual hay un día al año reservado para que los ciudadanos suelten su violencia contra el prójimo con total impunidad. Están legalizados todos los crímenes, incluso el asesinato, a partir de las 19 y por las siguientes doce horas. Sólo algunos funcionarios del gobierno a partir de cierto rango están excluidos de la oferta, y se advierte que los servicios de policía y bomberos no estarán disponibles. Se podrán utilizar todo tipo de armas hasta un determinado calibre.

Los medios están en su salsa en un día así. Desde temprano difunden vídeos registrados en jornadas de años anteriores, y pululan los especialistas que analizan los valores de esta práctica. Hay llamados de oyentes que cuentan sus planes para hoy: uno está decidido a ir por su jefe. Otros, en cambio, prefieren encerrarse en casa y seguir el curso de los acontecimientos por la TV. Claro, encerrarse en casa no es metafórico, ya que uno no sabe que puede estar tramando el vecino. La otra pata de la historia lo constituyen los sistemas de seguridad, sofisticados mecanismos de blindaje y monitoreo, que transforma la vivienda en un verdadero alcázar.



James Sandin (Ethan Hawke) vive con su esposa Mary (Lena Headey) y sus hijos Zoey (Adelaide Kane) y Charlie (Max Burkholder). Viven bien, en parte gracias a la actividad de James, que es la venta de dispositivos de seguridad para hogares. Teniendo en cuenta los índices de delito vigentes, parece haber sólo un día al año en el que la inversión tiene sentido. Está llegando a casa, falta poco para que suene la sirena y se desate el vía libre. Aún así, tiene tiempo para saludar a sus vecinos, muchos de ellos clientes suyos, que le muestran su agrado por haber contado con sus servicios.

El film acerca una reflexión interesante, que de haberse ahondado, habría sumado varios puntos a su calificación final. A partir de las declaraciones de quienes son consultados por los medios minutos antes de darse por iniciada la purga, se escuchan comentarios que vinculan esta actividad como positiva, ya que, por ejemplo, sirve para deshacerse de los pobres y los enfermos, verdaderas cargas para el estado. De allí que en pleno momento de cacería, se puede ver a un indigente negro suplicando por una casa que le dé asilo y protección, ya que se sabe a merced de la furia comunitaria. Pero por desgracia la acción del filme se centra en lo que sucede dentro de la casa, cuando lo verdaderamente interesante hubiese sido mostrar que pasaba en las calles, y quienes eran las víctimas y victimarios. Esto de la casa tomada, tan recurrente en las películas norteamericanas a partir de los sucesos de las torres gemelas, es un cliché a esta altura bastante relamido, aunque nunca pierde efecto, y tiene de algún modo el propósito de justificar tanta violencia hacia fuera, pura y exclusivamente como un método defensivo. Intenta también dar sentido a cuanta intervención se requiera de los Estados Unidos dando entidad a un enemigo monstruoso y poderosísimo: el terror.

Pero hay un giro interesante que hace valer la pena la realización. Nada que contarse, para no perder encanto al descubrirlo por si mismo, solo reflexionar acerca de que sucederá cuando ya sean erradicados todos los pobres, los enfermos, los ilegales, y todos aquellos que se suponen la causa de todos los padeceres. ¿Quién seguirá luego, cuando ya todos sean blancos, anglosajones y protestantes? ¿Se armará una nueva lista, ordenada por cantidad de yates y piscinas por familia? ¿Mandarán a erradicar a aquellos que no alcancen determinados ingresos al año? ¿A quienes se imagina uno como los nuevos dueños de la nación?



El día elegido en el calendario es el 21 de marzo. Dio curiosidad revisar efemérides estadounidenses de esa fecha. En 1963 se cierra la prisión de Alcatraz; en 1965 comienza la marcha por los derechos civiles encabezada por Martin Luther King. En 1979 se ejecuta la primera pena de muerte por inyección letal, y en 2010 fue el día en el que el presidente Obama promulgó su ley de reforma sanitaria, que extendería los beneficios de una salud universal a gran parte de la población, hasta entonces excluida de ésta.

El director es James DeMonaco, hombre que al juzgar por sus títulos anteriores, gusta de las balaceras. Ya se encaró la realización de una segunda parte, como es de esperar. Vaya comprando pochoclo, fideos o balas, según le parezca. Y por las dudas, tenga en ojo a la gente de su barrio, no sea cosa que algún gobernante se le ocurra sacar alguna enmienda novedosa que en haras de la seguridad termine poniéndonos a todos en peligro.


Imdb: http://www.imdb.com/title/tt2184339/

jueves, 29 de marzo de 2012

Infierno blanco




Hay mucho de clásico y mucho de contemporáneo en esta obra que está basada en una novela corta llamada Caminantes fantasmas, de Ian Mackenzie Jefferes. Narra la historia de dos tragedias, las sufridas por un grupo de personas que si bien sobreviven a un accidente aéreo, deberán posteriormente sufrir otro tanto antes de completar su salvación final.

John Ottway (Liam Neeson) trabaja para una compañía petrolera que realiza exploraciones en Alaska. Su trabajo es muy específico: es un francotirador que debe proteger a los trabajadores del acecho de las manadas de lobos que ven en los hombres una vital fuente de alimento en un terreno escaso de carne fresca. Su puntería es implacable: él merodea el área con su rifle, y en cuanto detecta un canino cerca, le mete bala a la distancia, quebrando el silencio del paisaje nevado. No lo hace por deporte, ni se percibe en su desempeño una excitación particular. Más por el contrario, se lo ve rendir tributo a su presa agonizante, como remediando lo inevitable de su quehacer. Por lo demás, su vida en ese ámbito deja ver una profunda soledad y tristeza, con recuerdos de momentos frente a una mujer que le habla y le da fuerzas para seguir.

Se describe la vida de los trabajadores como se supone aquella alejada del lugar de origen, en su mayoría personas trasladadas desde sus hábitats, sometidas a la rutina de trabajo diario y diversión nocturna en el único lugar de esparcimiento que brinda la compañía, esto es, un bar en el que la bebida y las riñas son paisajes cotidianos. Ottway los describe como ex convictos, fugitivos, vagabundos e inadaptados; hombres no aptos para la humanidad, pero aparentemente los únicos dispuestos a hacer semejante sacrificio por dinero, especies particulares de marines que en vez de pelear contra árabes deben enfrentarse a la naturaleza. No queda mucho más para hacer, son demasiados hombres solos que extrañan su lugar, y por las noches no tienen opciones más que las previstas.



Ottway carga con un drama, se trasunta por sus reflexiones que a modo de voz en off exhibe la escritura de una especie de diario o carta de desahogo. La visión única de esa mujer se repite; él le habla, le dice que ya no podrá volver a sentir el calor de su cuerpo ni estar a su lado. Él repite en su monólogo una frase que aparecerá varias veces más: “vivir y morir en este día”, a la vez que recuerdos de su infancia se le presentan en modo sepia, vulnerando la monotonía del blanco horizonte. Los peligrosos lobos no parecen ser el único destino de su rifle, hay otro uso que Ottway tiene pensado, al menos eso intenta. Su historia, su trabajo y él ámbito mismo lo han hecho rudo, hosco, y poco afecto al trato con sus pares.


Llega el momento de las licencias, y un grupo de trabajadores embarca en un avión con destino a sus hogares. Una fuerte tormenta terminará con la nave estrellada, y un reducido grupo de pasajeros logra salvarse milagrosamente. Pero el cuadro dista de ser el de la salvación: están perdidos en medio de la nieve, y pronto el asedio de los lobos salvajes se hará sentir en carne propia, literalmente hablando. Ottway ya no carga con su rifle, y el grupo de sobrevivientes se comporta con los mismos parámetros de civilidad que despliegan en su poco amable ambiente cotidiano.

Para evitar la comparación con la tragedia del avión uruguayo que en 1972 se estrelló en la Cordillera de los Andes, y dio lugar al menos a un libro y a una película, al poco de sucedido el accidente, uno de los sobrevivientes hace mención a que “no comerá carne humana”, inevitable primera referencia que habla de lo rudimentario que se vuelve el entendimiento humano en situaciones extremas. Gente poco afecta a obedecer órdenes o a sumirse tras un líder, la tragedia los juntará en un último intento por sobrevivir, a la vez de diezmarlos lentamente. En este punto aparece el formato clásico de este tipo de trabajos, donde la catástrofe inicial da pié a un largo devenir en tono de calvario, hacia la supuesta puesta a salvo definitiva. Lo destacable y remarcable de la obra de Joe Carnahan, es el trato de los personajes, y su relación con un entorno tan hostil como naturalmente bello.

El trabajo de Neeson es fundamental para entender el concepto del filme. Su mirada, ausente y gélida, tan a tono con el clima, cimienta casi sin palabras el sentir de una persona que ha perdido todo menos la vida, siendo eso justamente lo único que tiene para defender en semejante ámbito. Cuando ya no queda otra compañía que la naturaleza misma, y la agonía no parece tener fin, aparece el único elemento que es capaz de mediar entre ambos: la fe. Pero Ottway no es presa fácil de los sentimientos, y no va a rendirse fácilmente a las plegarias, él quiere pruebas, y si no es allí, dónde mejor sino para recibirlas. “¿Quieres mi fe? ¡Pues gánatela, muestra algo real!”, es su grito a las alturas, a esas nubes grises, a las que junto con el color más uniforme del pelaje de los lobos seguramente haga referencia el título original en inglés, The Grey (El Gris)



Viene de angustia la cosa, ya se imagina sin necesidad de leer esta reseña. Pero hay calidad en el relato, poco golpe bajo, y bastante crudeza. Sólo falta alguna mención a los verdaderos responsables de la tragedia. Dan por televisión de cable una muy interesante serie de documentales que narran accidentes aéreos y la posterior investigación por parte de los peritos, a fin de determinar la causa del siniestro. Y en general, el responsable es un trabajador, o un grupo de ellos, que o bien no siguió el protocolo, o salteó alguno de los pasos, desencadenando de esta manera un accidente fatal. Nunca se menciona la presión de las empresas por cumplir los trámites de mantenimiento en tiempo menor, o la falta de personal capacitado y debidamente descansado, todo tras el objetivo de mejorar las ganancias y reducir los costos. En este sentido, muchas veces el culpable no es un trabajador, por más que haya incurrido en alguna falta, sino la ausencia de una red de contención capaz de atajarla. Aquí en Infierno Blanco casi no se menciona a la empresa, al empleador, o a la forma en que recluta a sus trabajadores. Se muestra como un avión cargados de pasajeros comunes se estrella y a partir de allí surge el relato. Sería bueno nombrar con todas las letras al verdadero responsable tras los cortinados: el capitalismo en su afán desmedido de optimizar utilidades sin medir consecuencias. Piel de lobo, dientes de lobo y garras de lobo. Seguro que muerde.


Imdb: http://www.imdb.es/title/tt1601913/

martes, 15 de noviembre de 2011

Otra tierra



Rhoda está muy feliz. Acaba de ser aceptada para ingresar en el MIT, el Instituto Tecnológico de Massachusetts, esa prestigiosa universidad estadounidense de ciencia y tecnología que ha cosechado decenas de premios Nóbel entre sus egresados. Tiene Rhoda apenas diecisiete años, y mientras festeja con amigos, bebiendo y mostrando su más luminosa sonrisa, jura que jamás comerá de la manzana del cinismo. Y lo dice sin pensarlo, como una de esas sentencias a secas que cada tanto se lanzan al aire. No imagina que pronto deberá cambiar esa frase por una promesa.

Rhoda ama las estrellas, y tiene entrenamiento intelectual suficiente como para afrontar las duras ciencias que gobiernan su comprensión. Pero como suele suceder, la vida deja variables sin definir, y casi siempre son las que vuelcan la ecuación para el lado más insospechado. Algo propio de su inmadurez, tal vez, o quizás cierto enamoramiento naif con el conocimiento le hará cometer errores. Error, en singular, para ser preciso y estar a tono con el rigor científico circundante; con sólo uno alcanzará para marcarse de allí en adelante, para imponerse a si misma el karma de no volver a vincularse más con aquellos astros que tanto la seducen.

Con una divisoria de aguas a los cinco minutos de comenzado el film, el director Mike Cahill nos llevará el resto de la proyección por un magnético sendero en el que la inquietud no afloja, más quizás por lo dramático de los sucesos previamente presentados que por el accionar posterior de los sujetos. Como esos problemas de ajedrez para aficionados, que muestran las piezas ya ubicadas y nos advierten que en un determinado número de movimientos debe llegar la resolución; así es como decide Rhoda que debe ser la forma de andar sobre el tablero, con la fuerza de sus convicciones, y el peso infinito de su culpa que parece hacerla doblegar en cualquier instante.



Un nuevo planeta aparece en el firmamento, y según las primeras apreciaciones de los científicos, es casi gemelo con la tierra. Se ha ido aproximando en los últimos años, y da la posibilidad de que podamos observarlo a simple vista, y a la vez, tener la misma sensación que tuvo aquel cosmonauta ruso que se convirtió en el primer humano en contemplar a la tierra desde el espacio. Gigante e imponente, el nuevo astro, que es bautizado como Tierra 2, decora el monótono azul del cielo, como si alguien hubiera puesto un enorme espejo allí arriba. También se comenta que allí hasta puede haber vida, y está realmente tan cerca de nosotros que no sería mala idea darse una vuelta a ver si es cierto.

El tono de la película, el fluir de los diálogos, la sobria ambientación musical y el buen tino con el que se desenvuelven los personajes son los condimentos de este interesante trabajo, básicamente por la sincronización con que la que actúan en el todo. Es una destacable muestra de cómo un guión con altos componentes de ciencia-ficción da paso a una historia de delicado dramatismo y sensible transcurrir, algo utilizado hace algunas décadas como un recurso de simbolismo metafísico. No en vano no existe en ningún momento del film alarma alguna relacionada con el choque de planetas y el consecuente fin del mundo.



Brit Marling es Rhoda, la jóven imprudente que si bien pagará por sus errores, quizás al final pueda tener el consuelo de reencontrar(se) y reparar. William Mapother,el actor que los fanáticos de la seríe Lost recordarán por el papel del intrigante Ethan, interpreta a John Burroughs, un hombre destrozado que intentará volver a creer después de haberlo perdido todo.

La sugerencia es que se dé una vuelta por esta Otra tierra. Con todo el amigable plafón que cobijan las producciones que pasan por Sundance, hay en esta película calidez y ternura suficiente como para aligerar un dolor que parece infinito.

Imdb: http://www.imdb.com/title/tt1549572/

miércoles, 14 de septiembre de 2011

FelizGraciasMasPorfavor



“Estoy harta del optimismo. Es agotador.”

Y si, puede suceder si el discurso pasa por creerse que la vida es un carnaval o que basta con pintarse la cara color esperanza. Pero se puede acceder a una pizca de fe sin sentirse un papanata que busca en constelaciones la forma del ser amado. Se puede ser algo más feliz sin culpa de estar engrosando bolsillos de fábricas de gaseosas o hamburguesas. Es posible disfrutar de una canción romántica sin sentirse un desalmado por como la pasan en Haití. Claro que se puede, al menos por un rato, y la pastilla azul del caso se llama Feliz, Gracias, Más por favor.

Esta película está protagonizada y dirigida por Josh Radnor, quien antes trabajó en cine haciendo comedias y en numerosas series para televisión. Personifica a Sam, un escritor en problemas para pegar su primer guión y encaminar su corazón. La bella Malin Akerman, una actriz canadiense con ascendencia sueca, encarna a Annie, la incondicional amiga de Sam, que sufre de alopecia, una enfermedad que produce la caída del cabello y el bello corporal. La actriz se rasuró las cejas y parte de su rubia cabellera para llevar adelante la actuación, vale el compromiso. Kate Mara es Mississippi, una joven actriz que también trabajó muchísimo en el cine estadounidense. Completan Bram Barouh y Zoe Kazan como Spencer y Mary respectivamente, la pareja de amigos, y el niño Michael Algieri, que carga con el papel de Rasheen, un chico sin hogar que tras un viaje en subterráneo y en medio de la multitud, acaba junto a Sam.



¿Es posible un cine que sin perder la identidad regional y las características particulares de un grupo social, no se exceda en la capa superficial de condimentos y salsas fantasía, que con el afán de sobreexcitar al espectador, lo único que logran es saturar su capacidad para percibir sabores? Hay un especial encauce de los personajes que denuncia que el director observa a las personas, comprende a sus corazones y respeta sus almas. No se trata de una película salida de una máquina escupe productos en una fábrica. Como en todas las comedias del género, las parejas se conocen, amenazan con dejarse y tal vez terminen juntas, pero nunca se ve a nadie que pasa de estar absolutamente deprimido a estar completamente feliz, y ese quizás sea el punto de contacto con el espectador más se emparentado con la gente de a pie. No hay pociones, ni situaciones mágicas que volteen la tortilla y arreglen el mundo, se trata simplemente de ver cómo se puede ser un poco más feliz en medio del torbellino diario de estímulos y presiones.

Claro está que no estamos ante un guión de profundidades insondables, con una densidad dramática importante o con diálogos borgianos. Se trata de una comedia, pasatista, entretenida, naif en algún sentido, pero que amiga al espectador con este tipo de cine. Un espectador que exige que aquellos que aparecen en las pantallas se parezcan ni más ni menos que a personas y no a personajes. Lo mencionado en otras oportunidades en este sitio acerca de las películas de Hong Sang-soo puede aplicarse perfectamente a Feliz, Gracias, Mas Por Favor.



La música encaja como nunca. La relación entre Nueva York y sus músicos es tan estrecha que aún quienes no han visitado la ciudad pueden conocerla por sus producciones musicales. Lou Reed, Simon &Garfunkel, Carly Simon, Billy Joel, Norah Jones, Bob Dylan, por citar algunos, nacieron en la ciudad o bien hicieron grande su carrera allí. En este caso la cantante y compositora Jaymay se luce con un trabajo excelente, que conjuga de maravilla con las imágenes. También aparecen otros artistas como Blind Pilot, The Generationals, The Go y otros.

Se podrá apreciar el aroma típico de las producciones de cine independiente norteamericano, que tanto aire aporta y tan bien le hace al ojo y al estómago. Hasta se podrá prescindir, como en esta nota, de prestar demasiada atención al conflicto o al desenlace, porque esta es una historia que está destinada a ser disfrutada a medida que sucede.

Imdb: http://www.imdb.com/title/tt1481572/

jueves, 14 de julio de 2011

Sin limites



Del director de El ilusionista, Neil Burger, llega esta producción que pudo juntar al jóven actor Bradley Cooper, que reparte su currícula entre el cine y la TV, con el veterano Robert de Niro, quien desde hace tiempo alterna buenas y malas películas.

Eddie Morra (Cooper) es un escritor (o al menos intenta serlo) que debe entregar un trabajo prometido a su editor. Se le viene la fecha encima y aún no pudo completar una línea. Para colmo de males su novia lo deja de a pie y su economía comienza a tambalear. A dos calles del abismo aparece en escena un ex-cuñado de dudoso pasado que le ofrece una droga maravillosa capaz de activar el 80% del cerebro que no usamos. Morra la prueba y ahí comienza la película.

El personaje experimenta una enorme capacidad de razonamiento y deducción a alta velocidad, sumado al hecho que recuerda cada cosa que leyó o vió a lo largo de su vida, lo cual lo coloca en una posición netamente ventajosa con respecto al resto de sus pares. Es capaz de manejar situaciones complejas, sale airoso en discusiones ásperas, mejora su calidad de vida personal, tiene éxito con las mujeres y entre otras cosas, aprende muy rápido a tocar el piano, algo así como un plagio de mi vida misma. Sólo que Morra se vuelve adicto a esta medicación mágica, cuyo efecto tiene un tiempo tras el cual aparecen no sólo efectos secundarios sino un personaje que apenas puede mirarse al espejo.



Es de imaginar el resto de la película, no hay demasiada necesidad de agregar más. Si gusta del pochoclo va a pasarla bien algún rato, aunque si es de los que cada tanto se detiene a ver que color del maíz inflado, puede encontrar algunas fisuras.

La molestia técnica más grande es la lógica de video-clip que tiene la filmación. Es recibir constantemente jueguitos de cámara que saturan la visión del espectador, aunque en realidad no hace más que mantenernos despiertos ante un guión que tiene poco para dar. La voz en off del protagonista aparece casi constantemente a lo largo del relato, como explicándonos algo que de por sí se cae de maduro; pero es así, como los malos relatores de fútbol, no pueden evitar el silencio, les incomoda. La música intencionada, los efectos de sonido y el movimiento contínuo del foco hacen como si la película quisiera funcionar en nosotros como la misma droga de la que habla.

Los clichés del cine estadounidense están al orden del día: el malo habla con acento ruso, las empresas más corruptas hacen acuerdos con el gobierno de Libia, la chica de vida ligera que aparece muerta hace trabajo social. En un tramo de la película, Cooper le dice a sus guardaespaldas: “No se vistan iguales, esto no es Matix”. El que avisa no es traidor; menos mal la aclaración, casi uno puede confundirse. A modo del juego de concursos, bretel pregunta:

¿Para que cree que el protagonista aprovecha su medicina milagrosa?
  1. Para promover la paz en medio oriente
  2. Para buscar una salida a la crisis de económica europea
  3. Para encontrar la cura contra el cáncer



Exacto, se mete en el mercado de valores, y en poco tiempo se llena de plata. Su vida se convierte en lo más parecido a los videos de regetón: mujeres, yates, piscinas y lujo. Toda una paradoja de lo efímero, el efecto de las pastillitas dura cada vez menos, con lo cual la euforia debe ser mayor.

La labor de los actores esta al nivel del producto. De Niro hace lo que puede, pero a su edad las pastillas duran menos, aunque le da un poco de brillo al tramo final del filme.

La pregunta que deberíamos hacernos es: ¿vale entretenerse con cualquier cosa? El “sentido común”, que es el que se lleva mejor con la cultura conservadora dominante, digiere esta película como un entretenimiento válido para disfrutar un sábado con amigos y muuuucha gaseosa. Si es por pasarla bien, bien vale un caño, o en este caso una pildorita. Pero, ¿y los mensajes por debajo que aún en las más inocentes producciones seguimos recibiendo no significan un grano de arena en al construcción de sentido? ¿No se la podrá pasar bien comiendo pochoclo viendo la película de un norteamericano malo que invade Irak y mata ciudadanos inocentes, o un empresario que elimina a la competencia mediante métodos sucios? ¿Vamos a encontrar a un protagonista central que no tenga ojos claros, o alguna señorita algo excedida de peso que no haga de buena? ¿Cualquier gesto prejuicioso es capaz de arrancarnos una sonrisa? Y mientras tanto seguimos recibiendo los estándares de siempre que buscan predisponernos ante cada cosa como si fuera normal.

La respuesta tal vez sea que si, todo vale para divertirse. Sólo hay que saber de que se trata, y que busca el que está atrás de la más edulcorada historia, nada más. No sea cosa que un día querramos dejar la pastillita, y ya no sea posible.

Imdb: http://www.imdb.com/title/tt1219289/

lunes, 21 de febrero de 2011

Afterschool



Se podría decir que Aterschool ("Después de la escuela", en español) es una película que habla sobre la realidad. Pero no un documental sobre actualidad, sino más directamente, lo que significa "la realidad". En el caso puntual del filme, la sentencia sería "que es la realidad" para Rob, el protagonista.

La historia transcurre en un colegio secundario de Nueva Inglaterra, una región al noroeste de los Estados Unidos, que según Wikipedia, "produjo las primeras piezas de literatura y filosofía estadounidense y fue el hogar de los inicios de la educación pública y gratuita", a la vez que "desempeñó un papel prominente en el movimiento para abolir la esclavitud en los Estados Unidos". Se lo ve lindo al colegio; tiene el aspecto de un instituto privado con una importante carga de prestigio que mantener. El recorte social que se aprecia es de clase media/alta, a juzgar por el predominio caucásico y estilizado del alumnado, y la casi ausencia de indicadores que en general el cine utiliza para señalar a las clases más bajas: jerga callejera, imposición física, ambiente de bandas o pandillas, obesidad o desaliño físico, etc. Los alumnos, que parecen provenientes de un casting, reflejan algún tipo de pertenencia a un sector que comanda y oculta, las dos vueltas de cerradura imprescindibles para mantener a salvo el claustro.

Rob tiene su propia realidad, más allá de dónde pertenece y de quien lo rodee. Está cursando los primeros años, apenas se interrelaciona, y consume su tiempo fuera de clases encerrado en su habitación mirando videos de internet. Prefiere los del tipo graciosos, de accidentes caseros o los de peleas callejera; a veces también algo de pornografía. Pero los que más lo excitan son aquellos en el que aparece un sujeto entrevistando a una joven amateur. El tipo le habla duro, grosero, la maltrata verbalmente. Luego la agarra del cuello como si fuera a ahorcarla y la obliga a saludar a su familia, a decirle a su mamá que va a tener sexo por dinero. La chica obedece mirando siempre a la cámara, y diciendo lo que se le pide, aunque perturba cierto miedo en su mirada. Como sea, ese cuadro a Rob lo excita, al punto de poner llave a su cuarto para poder masturbarse a oscuras.



Mucha droga y vodka circula por la escuela cara. Los alumnos comercian entre ellos no con mucho disimulo. No parece hacer falta mantener tanto rigor en el secreto, ya que cualquier filtración será mantenida puertas adentro por el tácito control interno que impone la imagen del establecimiento. Rob habla con su madre por teléfono, le cuenta que no está a gusto en el lugar, le dice que siente que él no es una buena persona. Su madre intenta calmarlo, le dice que se maneje con su consejero, le ofrece gestionar pastillas para él. Rob declina el ofrecimiento, y finalmente hace lo que su mamá le pide: la deja tranquila, diciéndole que va a estar bien, haciendo como que ignora lo que sucede a su alrededor, incluyendo a las parejitas que se manosean en las salas de estar o al dispensario de cocaína en que su compañero transformó su habitación.

Existe la consigna en la escuela de anotarse en alguna actividad para después de clase; algún club o tarea deportiva. Hay un taller de video en el que Amy, una compañerita que le gusta, va a anotarse. Rob suma conveniencias y no duda. El profesor los integrará en un equipo y les asignará un trabajo que asegurará a Rob estar cerca de ella. Ellos deberán filmar planos de acercamiento, tomas de las aulas, los pasillos, etc, lo que en la jerga fílmica se llama el b-roll, o material complementario para el video completo.

La cámara será para Rob ese lente que le permitirá moldear la realidad a su conveniencia. Él verá tras el foco, y reinterpretará todas y cada una de las imágenes, como si pudiera editarlas en línea en su mente, y hacer con ellas un lugar más confortable, o al menos, menos hostil. Él tiene la cámara, y también a la chica, y la cosa puede acabar en cualquier lado, máxime cuando ambos experimentan sus primeros escarceos sexuales.



Ommipresentes a lo largo del filme, están las mellizas Talbert, dos bellísimas jóvenes de los cursos superiores que tienen encandilada a toda la escuela. Ellas representan ese afuera del éxito, son las "chicas populares", ese modelo a seguir. Y pagarán algún precio por ello, sin duda. Rob tras su cámara será una persona diferente, capaz de encontrar un nuevo intérprete a sus demonios, y le tocará compartir escena con las mellizas, las estrellas rutilantes del show. Sólo que ahora él cuenta con su cámara, su arma fetiche que compone la realidad que él decide. Otra vez juntos, la realidad y Rob. Alguien le señalará en algún momento que todo lo que aparece en el porno no tiene nada de real. Él duda, no coincide plenamente con esa afirmación, piensa en el sujeto del video que asusta a la chica y él cree que ese miedo es real.

Antonio Campos es el jóven director de este que es su primer largometraje. Nacido en 1983 en Nueva York, realizó varios cortos previamente y actualmente se encuentra rodando su segundo largo. Puso todo su talento al servicio de tratar de comprender la llamada "Generación You Tube", o jóvenes que abordan la realidad a través de los videos de internet. Quienes admiramos a Haneke vemos con agrado su influencia en su trabajo.

Imdb: http://www.imdb.com/title/tt1224366

domingo, 9 de enero de 2011

En algún lugar



Cuenta la leyenda que cuando le encargaron a una persona diseñar la botella que contendría la exitosa bebida Coca Cola, se le solicitó que, aún rota en mil pedazos, el envase pudiera identificarse tan sólo a partir de un pequeño trozo. Y con la botella de vidrio que utilizó la marca por años, la premisa funcionó a la perfección.

La última producción de Sofía Coppola es En algún lugar, y tiene todas las marcas que han hecho de la estadounidense una realizadora, ya a esta altura, reconocible a distancia por uno de sus fragmentos. Ella tiene una gran capacidad para retratar momentos aislándose de todo el resto, configurando el foco central sin necesidad de sobreexplicar lo circundante. Cuando debutó con Las vírgenes suicidas (1999), contó una historia de los más truculenta y oscura, casi como si fuera una comedia de travesuras juveniles de los años 60. En Perdidos en Tokio (2003) tuvo la sensibilidad para construir una relación pletórica de frases y caricias no dadas entre una jovencita y un señor maduro, ambos en pareja, sin trasuntar un solo gramo de culpa ni moralina. Y en María Antonieta (2006) nos contó la historia de los manuales del secundario con música pop, con lo que muchos descubrieron que los adolescentes no son una especie creada para fastidiar a los de más de 35 años, sino que existieron siempre. Ahora concentra al máximo su capacidad de observación y nos trae esta preciosa fotografía de un instante de la vida de un hombre con su hija que dura unos pocos días.

Johnny Marco (Stephen Dorff) es un actor de cine que está en la cresta de la ola. Joven, apuesto galán, las tiene todas consigo: un auto deportivo que tiembla la tierra, chicas gemelas que le bailan el caño en privado, hoteles de lujo para parar, mujeres que lo conocen allí dónde se encuentre… todo contado de entrada como para despertar un poco (al menos) de envidia en cualquier macho adulto. Claro, cuando se corre un poco el polvo se ve la superficie: Johnny esta solo. Tiene una hija, Cleo (Elle Fanning) de once años. Su madre y ex de Johnny, comparte a su hija con la estrella, pero en algún momento, necesita dejarla con su padre por más tiempo. Johnny deberá continuar con los compromisos de astro, pero deberá cumplir con su rol de padre a tiempo completo.

Él deberá llevar consigo a Cleo a viajes por el mundo en jets privados, compartir habitaciones de hotel con piscinas privadas bajo techo, a la vez que hacer un hueco a las señoritas que insisten en meterse en su cama y aparentar frente a periodistas y empresarios. Todas aquellas actividades pueden resultar vanas para Johnny, pero al fin y al cabo son las que lo mantienen vivo, porque él está hecho de eso. Su asistente Sammy (Chris Pontius), es como un primo para él y un tío divertido para Cleo. Juntos pasan horas frente a los video juegos durante el tiempo que su padre cumple obligaciones de contrato.



El mundo de Johnny es lujo y derroche por donde se lo mire. Pero la cámara de Sofía hace que no se sienta suntuoso, insultante o ajeno, sino que guía la mirada del espectador hacia dónde ella quiere, que es la percepción que toda esa cobertura de placeres y sensaciones es insuficiente para él. Su hija parece comprender a su padre con más adultez de la necesaria; sin embargo da lugar a sus genes y en ningún momento deja de sentirlo de su propiedad, reclamando territorio cuando alguna intrusa le disputa protagonismo. Es de destacar la actuación de la joven Fanning (a mi gusto de mejor proyección que su hermana Dakota), de una soltura y naturalidad sobrecogedora, fundamentalmente en los momentos más lúdicos de la historia, cuando se la ve jugar con su padre en largas tomas sin costura.

Tal vez para Sofía Coppola hacer este tipo de películas es ver la vida en capítulos. Esta vez decidió mostrarnos un recorte de la relación entre un padre muy importante y ocupado y de cómo de pronto debe hacerle lugar a su hija. No se puede resumir este filme como una peli que “cuenta la relación entre padres e hijos”. No. Es Una relación entre Unos padres y los hijos que tienen. Ella filma retazos, extractos de la realidad. El resto ya sabrá ponerlo cada uno.

No puedo ser imparcial con Sofía, lo sé. Es que ella si me entiende, es de mi generación; tenemos en común ciertas miradas de la realidad y la fortuna de nuestros padres. Mientras siga mostrando la vida de la hermosa manera que lo hace, me tendrá ya sabe dónde, en algún lugar, muy cerca de sus pies.

Imdb: http://www.imdb.com/title/tt1421051

viernes, 24 de diciembre de 2010

La red social



La película La red social narra los entretelones de cómo Mark Zuckerberg tomó la idea para la creación y lanzamiento del sitio Facebook, en pleno ambiente universitario estadounidense, allá por 2003. El relato ronda la audiencia de negociación que se entabla para evitar distintos juicios contra Zuckerberg, tanto de quienes lo acusan de robar la idea (los gemelos Winklevoss), como de su camarada y amigo Eduardo Saverin, por literalmente dejarlo fuera de la sociedad mediante la traición en la firma de documentos.

Quienes gusten del estilo de filmes sobre juicios, con los diversos alegatos justificados por ambas partes (aquí en forma de flash-backs que sirven de soporte al relato), disfrutarán de la proyección. Cuesta seguir ese estilo de diálogo rapidísimo de contestaciones y contra-respuestas canchero que satura gran parte de las escenas, y que como habré dicho en otra ocasión, cuestiona fuertemente el subtitulado a favor del doblaje, más cuando el 70% del diálogo es intrascendente y no hace más que dejar exhausto al espectador para cuando llegue el momento de la charla relevante. Hay numerosas referencias al mundo informático, ya sea técnico o comercial, que seguramente dejarán afuera a muchos, pero la mísma película se encarga de hacernos saber que cosas son importantes de recordar y cuales son simples menciones de referencia.

Lo digno de mencionar bajo la óptica de nuestro queridísimo bretel, no es puntualmente los aspectos constitutivos o dialécticos de la película, que, es justo decir, se disfruta a pesar de abrumar en algunas partes. Una vez más lo que llama la atención es el significante oculto, o tal vez no tanto, que tiene que ver con los motores que impulsan al jóven Zuckerberg a moverse de la forma en que lo hace, y al fenomenal éxito de Hollywood en lograr la aceptación masiva del público (y en algunos casos hasta envidiosa) de la canallada.



Provengo del ámbito de la informática, así que puedo dar cuenta de algunos aspectos que muy bien se retratan en La red social. La personalidad del personaje es bien clásica de ese ambiente, y está muy bien lograda por el actor Jesse Eisenberg. Se trata de un sujeto hosco, introvertido, y bastante intratable. La película comienza cuando su novia de la universidad lo deja. Perplejo e incrédulo por cómo se desencadenaron los hechos, Zuckerberg se mueve rápidamente y canaliza su despecho en un sitio de la red interna del claustro en la cual denosta a la chica y al resto de las mujeres del lugar. A partir de allí comienza a darse la génesis de lo que más tarde será Facebook. Siendo simplista podría resumirse que el origen del multimillonario sitio es la soledad y la venganza.

Pero hay mucho más. La soledad puede dar, en su lugar de recogimiento, a inmumerables obras que bien pueden retratar el momento para la eternidad o tal vez mitigar o revertir el padecer circunstancial. En este caso no es así, sino que da origen al monumental fenómeno de los 2000, que es el de la gente-sola-junta. Algo así como el paradigma de la soledad en colectivo, apenas entibiada por el hecho de pertenecer sólo por la simple posesión de objetos de tecnología o la membresía a listas de individuos sin fines de agrupación.

Dónde aparece excelentemente retratado el perfil del nerd que es Zuckerberg es en sus iniciales principios de vencer el desafío por el desafío mismo, algo muy propio del hacker. El hacker no busca fama, simplemente siente placer al desnudar la vulnerabilidad de un sitio en particular, y plantar allí una bandera diciendo: “mira donde he llegado”. En general no es un delicuente común, no lo hace para robar un banco o estafar a ninguna empresa; sueña con entrar a un sitio del nivel de el FBI o el Mosad y dejar algún recuerdo de su paso por allí. Del mismo modo que el contrabandista de obras de arte famosas, casi en forma onanista disfruta él sólo con su delito, ya que no puede exhibirlo a los demás ni contárselo a nadie. Esos ideales de realización más allá de lo material que se muestran originalmente en el protagonista de la historia, posteriormente mutan en una despiadada carnicería por llegar a sus objetivos sin ningún tipo de miramientos ni distinciones de ninguna clase.



El Mark Zuckerberg de La red social es tan frío como los algoritmos matemáticos que dominan su sitio. Apenas gesticula (mérito del actor), reserva toda su adrenalida para el parlamento y el teclado, pero se muestra como un sujeto desalmado e impertérrito a la hora de traicionar a quien sea con tal de llegar a destino. Y sin decirlo tácitamente, sin cometer el políticamente incorrecto acto de ponerlo en ningún pedestal, el filme logra en muchos espectadores una sonrisa casi cómplice, piola, tan canchera como los díalogos. Y es dónde allí aparece el mérito de Hollywood que se mencionaba antes: de contar el peor de las tragedias o la mayor de las traiciones con algo de crema batida y unas cerezas marasquino para que queden bonito y no caigan mal a nadie.

El fime muestra que el protagonista acaba la historia del mismo modo que como empezó. Aquellos a quienes por su ideología la película los excitó hasta la erección, contestarán: “sí, pero con algunos millones en el banco”. Seguramente, con unos cuantos millones en el banco, pero dando una magnífica lección de cuál es el atajo utilizado y desenmascarando hasta al hueso a quienes lo admiran.

Interesante replanteo para quienes no pueden estar un instante en la soledad acompañada por sí mismos, les cuesta permanecer solos en una confitería sin consultar su teléfono móvil en vez de mirar a la gente, o se sienten poco queridos si andan cortos contactos. Y también para leer detalladamente las condiciones antes de aceptar cualquier acuerdo que le proponga su red social amiga. No sea cosa que un día se le aparezca un señor con maletín reclamándole a su hermana.

Imdb: http://www.imdb.es/title/tt1285016/

domingo, 7 de noviembre de 2010

El origen



Al director inglés Christopher Nolan le gusta el entrevero, se sabe. Y hay que tener capacidad de discurso para eso. Quiero decir, llevar la confusión al límite máximo soportable a la vez que evita que uno mande la película al diablo antes de la primera media hora de proyección. Tenernos enganchados con un relato que dice algo pero nunca está del todo claro, dejando despejado el concepto central al que apunta la película y difumando los detalles que lo llevan a cabo. Y termina nomás la historia, y uno se mira con quien tiene al lado, con algo de asombro, un gesto como incompleto, inconcluso, y con el sabor que deja la satisfacción de un buen rato movidito, pero con un montón de cosas para charlar con amigos luego, a ver que entendió cada uno.

Es una forma de hacer cine también, algo mezclada con mercadeo publicitario. Ese lograr que la gente hable de lo que uno hizo. Había que ver que es lo que se habla de lo que uno hizo. Recuerdo una fiesta de fin de año de esas que se organizan en la oficina. Yo no reservo la mejor ropa para ir al trabajo; en general busco cumplir con cierta formalidad sin ariesgar mis mejores prendas. Esta fiesta era un buen momento para mostrar que uno no era un miserable, así que preparé mi mejor atuendo para buscar resaltar, o sea, lograr ser el motivo de conversación, al menos por un rato. Me acuerdo que preparé mi mejor camisa negra, de seda, con un brillo particular que surgía cuando se la miraba de costado. Marché con un perfil oscuro, algo gótico, porque “el negro señala profundidad”, decía Daria. Ni bien entro al salón lleno de compañeros, una mujer mayor del área comercial me señala a los gritos: “¡Hay, que linda camisa, parecés Enrique Iglesias!”. En parte lo había logrado, por un rato el comentario general era el “¡Grande Quique!”

A Nolan le sale mejor, él logra una direccionalidad más optimizada en el comentario. Nos tiene atrapados, y consigue que la proyección dure un par de horas y la discusión dias enteros. No sé si va a ser el caso puntual de El origen. La película entretiene, confunde lo justo, y lo mantiene a uno atado al sillón durante más de dos horas. Pero tiene un pecado que paga caro en la audiencia: es ajena.

Un amigo me la recomendó y me dijo que a esta película le jugaba en contra la comparación inevitable que se hace con Matrix. Como si el cine no se construyera con ladrillos de celuloide uno sobre otro, esto parecería ineludible. Sin embargo el valor de Matrix no es que apareció primero, sino que fue realmente buena. Revolucionaria, en muchos aspectos. El origen cuenta con varios elementos argumentales y técnicos interesantes, más allá de todo lo antedicho. Pero con relación a Matrix, vendría a ser una versión de las corporaciones.

En la película de los hermanos Wachowski se debate poco menos que el destino de la raza humana. En la de Nolan, el problema es entre particulares, un conflicto entre empresas. Leonardo DiCaprio es contratado para hacer ese trabajo. El Neo que interpreta Keanu Reeves es un sujeto que resulta ser el elegido para salvar a la raza humana. No es poca la diferencia. En alguna forma, hay una mayor creación de empatía con la saga de Matrix de fin de siglo. El origen puede mostrarnos que la humanidad aún no ha sido derrotada, pero que sus soldados más rebeldes ahora ponen sus armas al servicio de otros fines.

Apreciaciones al márgen, se pasa un buen rato con El origen. Decididamente, las actuaciones me resultan bien malas. DiCaprio tiene siempre la misma cara, el rostro arrugado, el mismo gesto de sufrimiento. La promesa canadiense Ellen Page sigue sin levantar; el japonés Ken Watanabe con poco foco protagónico deja más que el resto. Y Michael Caine debe haber filmado sus breves partes entre refrigerios.

Haga la prueba: recuerde cuanto tiempo estuvo hablando de Matrix, y mida cuando le va a ocupar El origen, en sobremesas, cafes de oficina y salidas con amigos. Alguna va a perder por goleada.

Imdb: http://www.imdb.es/title/tt1375666/

lunes, 25 de octubre de 2010

La escalera de Jacobo



Adrian Lyne es un director británico con un gusto particular para encarar sus proyectos. Proveniente del ámbito publicitario, su primer largometraje es de 1980, y su último trabajo, el octavo, es del 2002. Ocho películas en veinte años puede parecer poco para la gran industria, pero repasando los títulos, se puede apreciar que Lyne gusta de dar que hablar con lo que muestra.

El musical Flashdance, Nueve semanas y media, Atracción fatal, Propuesta indecente, Lolita, son sus hitos más salientes, y en gran parte de ellos nos hemos detenido seguramente en alguna charla con amigos de sábado a la noche. Lyne se inspiró durante sus inicios en los trabajos de la nueva ola francesa, con Godard, Truffaut y Chabrol a la cabeza. Mucho de ese ambiente intimista que se respira en sus films vendrá seguramente de allí, y en este trabajo suyo La escalera de Jacobo, se disfruta gratamente gracias a la apoyatura técnica que aporta el excelente trabajo de Tim Robbins. Un actor que brilla como los dioses en los papeles más tortuosos y compuestos con el solo poder de sus imperceptibles gestos (ver La vida secreta de las palabras, un verdadero poema).

Jacob (Tim Robbins) es un veterano de Vietnam que carga con un estrés post traumático. La película se inicia con una secuencia en medio de la selva, en la que un grupo de soldados se encuentra en un momento de descanso, y de pronto sucede un ataque. El resto del film transcurre en su ciudad, Nueva York. Jacob se siente perseguido por criaturas, le cuesta distinguir entre realidad y sueños, tiene pesadillas por las noches. En ellas, Gabe, su hijo más pequeño fallecido en un accidente (Macaulay Culkin, que extrañamente no aparece en los créditos) se le presenta. Jacob vive con una mujer, Jezzie (Elizabeth Peña) que no es la madre de sus hijos. Juntos trabajan en el sevicio de correo.



Nada le hace fácil la vida a Jacob. Los recuerdos de la guerra y los demonios que lo persiguen le golpean constantemente. Sólo algunos oasis en el camino: momentos de pasión con su mujer, o las sesiones de masajes para reparar su espalda que le brinda su kiropráctico y amigo Luois (Danny Aiello). Luego contactará con un grupo de veteranos, compañeros de pelotón en Vietnam.

La cámara de Lyne capta un tono intimista y opresivo sumamente preciso, tanto en las escenas de interior como en la compleja metrópoli. Las visiones son recreadas con efectos especiales de gran sutileza, que no desentonan en lo más mínimo con el carácter de estilo de la película.

Hay dos detalles a observar. En algún momento del relato, se repiten en off diálogos anteriores, una técnica propia de un cine que siente que debe explicarle la película al espectador. Producto del medio en el que se mueve este tipo de trabajos, o quizás cierta norma impuesta desde la producción, estos momentos demuestran una pérdida de fe en quien está mirando la proyección, quebrando parte de la mística que debe darse obligatoriamente entre las dos partes que componen el efecto del cine. La placa aclaratoria del final, a modo de epílogo, completa la desazón anterior. Una pena para las dos horas muy buenas que veníamos pasando.

Imdb: http://www.imdb.es/title/tt0099871/

jueves, 16 de septiembre de 2010

El refugio



Julianne Moore es una de mis (pocas, poquísimas) debilidades. Allí donde aparezca, estaré presente dando curso a mi militancia como espectador. Pero debo decir que lo último que vengo viendo de ella no pega bien en los números, y más allá de su buen desempeño actoral, las producciones son en general bastante flojas.

El refugio es una interesante muestra de producto de molde. Toda la película se desarrolla en función de una pauta precisa y exacta de producción que hace que funcione a la perfección para el fin previsto, esto es, una cinta de suspenso y misterio con toques místicos. Ya desde los títulos iniciales se delinea el recorrido y casi no hay huecos por donde distraerse de este objetivo. No confunde en ningún momento, casi no hay un instante de humor o romance que pudiera hacerle pensar a Usted que esta mirando otra cosa. Eso es para el cine-arte, vió, cuando a uno le ponen una escena media risueña en una peli que venia de hachas y desmembramientos. Entonces Usted empieza a dudar si aquella escena no vendría a ser una metáfora o un simbolismo de tal o cual cosa, y ahí comienza a interpretar que nos habrá querido decir el director con eso, si no será una crítica a la sociedad de esto o aquello, y tal vez… No, un momento. Eso que Usted está haciendo se llama pensar, y esta película no fue hecha para eso, se concibió para ser disfrutada, nada más, y así como está. Así que nada de escenas confusas o movimientos de cámara desajustados, el tono de este trabajo transita por el misterio, y hacia allí hay que dirigirse sin dobles discursos.

Una vez que el espectador encuentra su lugar frente a la pantalla, la película transcurre sin fisuras, hay que decirlo. De eso se trata el manual de estas producciones. Como ya se conoce lo exitoso y lo falaz, la senda se mantiene por terreno seguro, y son muy pocas las posibilidades de caer en el barro. Es una forma de hacer arte sin riesgo, y esto no solo involucra al cine, sino también a muchas otras disciplinas. Con la música se puede hacer lo mismo. ¿Quiere hacer un hit para pegar en la radio?, anote:

  • La introducción no debe durar más de 15 segundos
  • Debe sonar tan fuerte como la compresión dinámica lo permita
  • El estribillo debe aparecer antes del minuto y medio
  • En lo posible formato Intro AABABB Fin
  • Mantenerse en la tonalidad, o modular sencillo, nada de vanguardismo
  • Cualquier solo entre estribillos no debe exceder los 8 compases
  • La duración total del tema no debe exceder los 3 minutos y medio

No sigo; si bien no es la fórmula de la coca cola, no es cuestión que alguna multinacional de la música se ofenda y nos hagan caer el bretel.

Mucho de esto sucede en El refugio. Como en toda película de este género, la música nos anuncia cuándo viene la escena importante o bien cuando hay que asustarse, los niños y los perros no mueren, el que tose pasados los 20 minutos de proyección no llega al final, el científico que no cree en otra cosa que en su ciencia termina pidiendo turno con el manosanta, la mirada a cámara en la escena final para darte más miedo, etc, etc, etc. Casi no quedaron tics por saltear, se consumieron uno a uno como los entrenadores agotan los cambios en sus equipos para optimizar el juego. Cada cinco minutos, un toque, y así el espectador se mantiene alerta y el código con el cine funciona.



La pregunta sería entonces: ¿hay algo de malo en esto? La gran mayoría del tiempo todos nosotros nos movemos por terrenos seguros: viajamos por los mismos caminos o medios de transporte, comemos a diario comida que conocemos y sabemos de antemano que sabor tiene, leemos a los mismos cronistas en los mismos periódicos o radios, nos vestimos combinando colores con resultados de éxito conocidos, escuchamos música de artistas que sabemos como suenan, y si vamos a los recitales, el momento más esperado es ese tema que sabemos de memoria porque hemos escuchado miles de veces… podríamos seguir. Entonces, ¿porqué hemos de ser tan exigentes con el cine, cuando gran parte de las decisiones de nuestra vida están regidas por el nivel de seguridad que nos reportan? ¿Por qué si hacemos de nuestra cotidianeidad un derrotero de transgresión e innovación, no tardaremos en sucumbir ante el snobismo o la mirada absorta del resto?

Bien, una respuesta tal vez sea que uno no mira cine con la misma actitud que come pizza. Aún así, cada vez que voy al dentista me devoro esas espantosas revistas de chimentos que no solo juro que jamás compraría, sino que cada vez que las veo en un puesto de ventas, las maldigo hasta el fin de los infiernos. Son quizás demasiadas las situaciones diarias en las cuales el riesgo nos obliga a decidir por lo seguro; entonces nos rendimos ante aquello menos distintivo. Pero así como a veces uno escucha decir “tengo ganas de ver algo para divertirme”, desde este alcázar sostenemos que los hechos artísticos deben ser claramente distinguidas de las contribuciones al mercado. O por lo menos, etiquetadas correctamente: "Esta película no provoca contradicción alguna en género ni induce a ningún tipo de reflexión posterior"

Imdb: http://www.imdb.com/title/tt1179069/

domingo, 16 de mayo de 2010

El teniente corrupto




El policía corrupto del que habla Herzog pertenece a una Nueva Orleans que viene de sufrir las terribles consecuencias huracán Katrina de 2005 (sí han de ser terribles, que aún hasta el día de hoy, las autoridades no han sido capaces de cerrar un número definitivo de víctimas, allí en un país dónde casi todo se rige por números e índices precisos) El escenario que se muestra es el costado más crítico de la ciudad y no se alcanza a precisar si ha sido una característica propia del lugar, si se ha agravado con los efectos del ciclón, o si ha contribuido con éste a una tragedia que es endémica. Existe un oscuro entramado de drogas, prostitución, inmigrantes ilegales, bandas de marginales, bandas de poderosos, y básicamente, impunidad para moverse al filo en todo momento y lugar. No se vislumbran límites, ni de espacio ni de tiempo, para la corrupción: los poderosos entran en las comisarias a reclamar al mismo nivel que los levantadores de apuestas, cuesta diferenciar rangos de superioridad que se efectivice en autoridad entre el personal policial, casi no aparecen escenas de familias, escuelas o cualquier otro elemento que sustente el concepto de sociedad; allí todo parece a punto de deshacerse.

Nicolas Cage encarna al teniente Terence McDonagh, una compleja articulación del típico agente de la ley que en general aparece en el cine norteamericano, que bien se ha centrado en mostrar cuadros policiales ceñidos a su deber de pies a cabeza y dispuestos a sacrificar hasta la última gota de su sangre por el bien común, o bien delicuentes de uniforme corrompidos hasta la médula y abusadores de todo cuanto pueden. McDonagh es un adicto a las drogas y a las pastillas, estas últimas más justificadas por un problema en la espalda que lo aqueja desde hace tiempo y le ocasiona fuertes dolores; regentea y sostiene a una prostituta de lujo a quien provee de sustancias, y a la vez recurre cuando anda escaso de ellas, pero no para pedírselas, sino para saquear a sus clientes en plena operación sexual, y haciendo uso de su chapa policial, secuestrar el material; chantajea a compañeros de su calaña que le deben algún favor para que le consigan drogas de requisas dentro de la institución; hace operativos no registrados a la salida de tugurios sorprendiendo a perejiles a quienes, amenazándolos con la ley y el arma, les confisca lo que tengan, aunque prueben que es para consumo personal. Además cuenta en su currícula con pesadas deudas por apuestas en el fútbol norteamericano y con un padre que lucha por escapar de la bebida, si bien intentó rehacer su vida con una mujer que no aparece en toda la película en otro estado que no sea tambaleante y con una botella de cerveza en la mano.





Este hermoso panorama, por otra parte, convive con el de un polícia que SABE que debe hacer cumplir la ley, y así parece sentirlo, más alla que cuente con poco en su haber para ofrecer de contrapeso. Cómo remata en algún momento del guión, que se drogue no significa que deje de ser policía. Es como parte de su escencia, y no le cabe el cuestionamiento de sus propios actos, sino más bien que considera que estos se conducen por carriles paralelos: una cosa es lo que él haga de su vida, y otra es la que hagan los ciudadanos con la suya. En este punto, el agente de Herzog es un personaje que lucha contra sí mismo, y el reproche que le hace a quien detiene por sorprender en un ilícito, funciona como una especie de reflexión para consigo mismo, un discurso que recita como un mantra pero que no parece dar en él el efecto deseado.

Sus compañeros de labor no se muestran demasiado mejores que él. Aún así, suceden interesantes debates acerca del deber y la moral que muestran al teniente comprometido con los ideales que marca el manual, y peleando por mantenerlos en pie, lo cual lo acerca de alguna forma al lugar de víctima de su propio sistema: él es así por lo que constituye su propio medio, y no podría ser de otra forma considerando la mugre con la que debe lidiar a diario. Y esto no aparece de forma elíptica o metafórica, es claramente explícito, y así lo expresa el mismo personaje. En una escena, no vacila en privar a una anciana inválida de su suministro de oxígeno ante la urgencia de ubicar a un testigo, y una vez logrado su objetivo, la acusa de ser una egoísta por no cooperar, y le recrimina que por culpa de personas como ella, los Estados Unidos se están yendo al infierno; como tampoco vacila en exigirle al fiscal del distrito que patrulle las calles para conocer la realidad de cerca en vez de legislar cómodamente desde su escritorio. En medio de este apocalípsis, la tabla de salvación para McDonagh provendrá desde donde menos lo imagine, y en un bello mensaje sin pacatería ni defectos especiales, le permitirá saltar como a la pantera rosa, justo a tiempo antes de estrellarse contra el suelo.

Nicolas Cage es un actor que no se encuentra entre mis preferidos, pero en esta obra realiza un papel excelente. Hay un trato gestual que transmite nítidamente el dolor corporal que acarrea, que lo obliga a caminar torcido y permanentemente con muecas en su rostro. Cuando se encuentra bajo los efectos de las drogas, compone situaciones memorables en las que cualquier otro actor pecaría de sobreactuarlas, y mantiene un hilo creíble a lo largo del relato. Cabría señalar cuánto de todo esto es resposabilidad del director alemán, que supo mostrar un policial de manera distinta al que nos tiene acostumbrados el cine de Hollywood. Su paso por el documental se registra en un par de escenas oníricas, en las que compone magistrales momentos dignos de video-clips musicales, con iguanas y música del Mississippi como telón de fondo.

Confieso que sólo me motivo el nombre de Werner Herzog para ver esta película, pero el resultado todo ha sido placentero, desde el primer al último nariguetazo del film.

Imdb: http://www.imdb.com/title/tt1095217/

domingo, 4 de abril de 2010

La carretera



La carretera es la nueva película de John Hillcoat, un director australiano que cuenta con cinco trabajos en su haber, entre los cuales se encuentran The Proposition (2005), To Have & to Hold (1996) y Ghosts... of the Civil Dead (1988). También realizó el corto Nick Cave and the Bad Seeds: Babe, I'm on Fire, un extenso vídeo clip del tema de la legendaria banda. El libro en el que se basó el film es de Cormac McCarthy, autor de la también llevada al cine No es país para viejos, esta vez por los hermanos Coen.

El film cuenta una historia con numerosos flashbacks que ayudan a comprender una situación que inicialmente no se aclara. Se trata de un mundo post-apocalíptico, en el cual gran parte de la vida que conocemos hoy ha desaparecido. El cielo siempre se ve gris, el clima parece destemplado y casi siempre frío, y frecuentes sismos derriban los pocos árboles secos que van quedando en pie. Escasea la comida, los humanos se mueven en grupos reducidos, y algunos de ellos están armados y a la caza del poco alimento que se pueda conseguir. En esos extremos de cuasi salvajismo, también se menciona la aparición del canibalismo como último método de subsistencia.

Viggo Mortensen es el protagonista, junto con el pequeño Kodi Smit-McPhee, quien es su hijo. En algunos de los retrocesos en la historia, se puede ver a quién fue su pareja y madre del pequeño, interpretada por Charlize Theron. Pero en el tiempo presente de la historia, sólo están el padre y su hijo, despojados de toda materialidad, y hasta de nombres propios a los cuales aferrarse, como sucede con gran parte de los actores. Juntos van recorriendo un país indefinido, transitando un camino en una tierra arrasada, con restos de civilidad por doquier. No aparecen señales de estar en lo que alguna vez fue un gran centro urbano, por el contrario el escenario es más bien el de pequeñas ciudades o pueblos. La única certeza es el rumbo: hay que ir hacia el sur, y en lo posible, hacia el mar. El padre cuenta con un ajado mapa en cual le muestra a su hijo el mar, azul en el pepel y en su recuerdo, y es para el niño una imagen asombrosa de tan azul en un paisaje casi monocromo, monopolizado por el gris de la ceniza.





Y es que este pequeño no sólo jamás vio el mar, sino que no conoce otro mundo que este que se presenta ante sus ojos. Nació apenas ocurrido el desastre, vivió encerrado con sus padres en su hogar, sin servicios elementales y básicos, creció en un ámbito en el que no existieron desde la escuela hasta la televisión, algo así como los dos extremos de la sociedad; apenas conoce un puñado de personas más allá de su propia familia. Cuando la falta de comida y las condiciones de vida hicieron imposible la subsistencia dentro de su casa, debieron hacerse al camino para intentar sobrevivir.

Road movie sin vehículos, a lo largo de su andar irán encontrando personajes que develarán el nuevo modelo de sociedad imperante. El miedo al otro, la desconfianza hacia el extraño y lo primitivo del trato, permiten ver el brusco descenso experimentado por la civilización. Sólo permanece intacto el amor del padre por su hijo, que hará lo imposible por protegerlo, cómo si fuera la última semilla capaz de dar brote a un nuevo mundo. El niño reflexiona con las pocas armas que posee, que son los ejemplos que recibe de un padre que lo cuida desesperadadamente, peleando consigo mismo por no abandonarse en la desesperanza. Y su padre no puede evitar mostrarle a su hijo enormes contradicciones entre el amor que le profesa y su comportamiento a veces tan salvaje como el de los otros.





La mejor escena del film sea tal vez la conversación que tiene el padre con un anciano que se encuentran en el camino, interpretado por Robert Duvall, grandiosamente caracterizado. Allí se dan algunas pistas de lo sucedido y se induce el rol que podría tener el niño en el futuro, si es que existe un futuro imaginable.

El final de la película, podría catalogarse como complaciente, a la altura de hacerla más asequible para el mercado de Hollywood. Pero una lectura más delicada de los últimos diálogos puede entenderse como un mensaje hacia un porvenir que tal vez no sea ni mejor ni peor, pero es el único que queda.

Viggo Mortensen se posiciona como un actor capaz de encarar papeles duros, tortuosos, siempre encerrado en complicados espacios sin salida. Aquí se sabe que no podrá hacer de superhéroe, es sólo un padre en sus últimas, y compone el papel de manera sumamente creíble. El niño Kodi Smit-McPhee actúa con la madurez de un actor con varios años en el ambiente: ha participado en numerosos trabajos en televisión y algunos en cine, y (¡Hay...!) actualmente está rodando la remake norteamericana de la excelente película sueca Déjame entrar (2008) (http://www.imdb.com/title/tt1139797/)

La música del film está compuesta por Nick Cave y Warren Ellis, compinches de banda en los Bad Sees y proyectos varios.

Imdb: http://www.imdb.com/title/tt0898367/

domingo, 28 de marzo de 2010

Preciosa




Se puede hablar de miserabilismo en Preciosa. Pero bien manejado, pues una obra que se hace difícil de digerir termina atentando contra la llegada del mensaje. La protagonista Claireece vive y sueña, los dos movimientos esenciales de su corazón maltrecho que la hacen seguir adelante. Condimenta su dura realidad con imágenes de fantasía que como un escudo invisible la protege de sucumbir y la alienta a continuar en un sendero que parece predestinado a la tragedia casi antes de empezar. Pero uno puede seguir mirando la película, no siente la necesidad de alejar la vista; parece que esas defensas de Claireece también alcanzan a cubrirnos, un evolucionado sistema de protección que abarca a protagonista y espectador. Nada que ver con los blindajes de fantasía que Lars Von Trier construyó en Bailarina en la oscuridad (2000), a sabiendas que su alcance era de la pantalla para adentro; ni hablar de las cómplices miradas a cámara del violento Arno Frisch en Funny Games (1997), de Michael Haneke.

En algún momento, el cúmulo de calamidades y desdichas que caen sobre la protagonista es tan grande, que parecen dispararse en el espectador ciertos bloqueadores emocionales que buscan proteger su integridad psíquica, mostrando la ficción pero más cercana al grotesco que al drama. Quizás este límite esté técnicamente mesurado, con el objeto de que conocer los delicados límites que hagan soportable la proyección, y así los guionistas puedan administrar con precisión lo valores adecuados de tragedia sin que el film sea imposible de sobrellevar. Otro elemento presente son las escenas de fantasía creadas por la imaginación de la protagonista en su intento por crear un mundo dónde vivir mejor que el que le ha tocado; y esto es expresado con total literalidad por el relato, cuando la misma Claireece admite caminar por las calles mirando hacia el cielo esperando que un piano caiga sobre ella, esto es, la representación de la desventura predilecta de los dibujos animados.





La clase en la escuela especial constituye un cuadro ya clásico en la sala de exposiciones de la marginalidad en el cine. El grupo de alumnos, verdadero show de talentos del subdesarollo, transita el ya conocido camino “primero nos llevamos todos mal, al final terminamos amigos”. Su maestra, que sufre en carne propia el desprecio de su madre por sus elecciones sexuales, tratará de estrechar con Claireece el lazo de clases que la sociedad le debe, y en gran parte será la responsable de su progreso, como lo vienen siendo las maestras con todos nosotros desde hace siglos.

Lo más cruento de la película no pasa por el relato explícito, sino por un andarivel lateral: el actual sistema de salud estadounidense que está intentando modificar el presidente Obama por estos días. Un sistema que se jacta de ser el más caro e ineficiente del mundo, con un 16% de inversión por parte del estado en comparación con el 9% del resto del primer mundo, pero que aún así no cubre las necesidades de los contribuyentes más humildes. Quienes acusaron a Moore de que su Sicko (2007) era tendenciosa e imprecisa, omiten señalar una faceta del drama que no siempre aparece en las pantallas: que el 62% de las quiebras personales en los Estados Unidos son por gastos de salud, algo que está presente en Preciosa desde el comienzo mismo de la proyección.

Imdb: http://www.imdb.com/title/tt0929632/

sábado, 6 de marzo de 2010

Up in the Air




Los Estados Unidos son dueños de (y deben su éxito a) una formidable maquinaria capaz de digerir y asimilar absolutamente todo. Cualquier unidad que sobrevuele, nade o patalee, puede tarde o temprano convertirse en un elemento puesto a producir al servicio de un dueño. Esto mismo es, tal vez, la definición misma del capitalismo, y de esto se trata la reflexión en curso: como aprovechar los recursos afines y fagocitar cualquier paradigma que cuestione el orden establecido. Así vimos, a lo largo de las décadas, cómo el Che Guevara pasó de ícono rebelde a remera, cómo la música alternativa de principios de los 90 que intentó una construcción por fuera del sistema dio origen a la mega corporación MTV; presenciamos como la música de los pueblos latinos mutó en ese gorgojeo meloso cantado en español llamado música latina, y siguen las firmas. Alguien en algún momento se dio cuenta que la estrategia no era combatir el gérmen, sino adoptarlo, lavarle la cara (y la ideología) y volverlo a sacar al ruedo reprogramado con la nueva función. Y Hollywood no sólo no escapa a esta premisa, sino que es una de sus naves insignas.

Up in the air (no me gustan los títulos en inglés, pero en Argentina le pusieron Amor sin escalas, que es vergonzoso) sería algo así como la primera película no documental que trata el colapso del sistema financiero norteamericano del 2008. La llamada "burbuja inmobiliaria" dio origen a una de las crisis más terribles de las que se tiene memoria desde la gran depresión del 30, y provocó que el estado norteamericano, en contra de los principios más rígidos y basamentales del capitalismo, rescatara con dinero de los contribuyentes el andamiaje privado de bancos y compañías financieras quebradas por la voracidad del mercado. Cientos de miles de norteamericanos fueron arrojados al desempleo y la pobreza, y el impacto en el sistema globalizado sacudió a gran parte del mundo, sobre todo a aquellos países que seguían a rajatabla las indicaciones de los organismos internacionales de crédito, en su gran parte manejados por intereses norteamericanos. Mientras tanto, las consultoras especializadas que desde el norte decidían con un índice de actualización el cumplimiento o no de los logros de una nación del tercer mundo, no tuvieron el más mínimo reflejo para advertir que el agua comenzaba a subir demasiado rápido en la propia casa.

Up in the air, decía, trata sobre un ejecutivo de una empresa focalizada en despedir empleados, una tarea que de tan poco grata para los propios empleadores, resultó buen negocio ser tercerizada. George Clooney, el protagonista, viaja tanto en avión de estado en estado, que ni siquiera tiene casa fija. Llega a la empresa en cuestión, y entrevista (despide) en nombre de otros a quien corresponde. Luego se marcha rápidamente a su próximo destino. La película cuenta con todos los elementos clásicos del cine norteamericano de los últimos tiempos: voces en off, diálogos con ocurrencias simultáneas y veloces entre los participantes, escenas cortas, gesticulaciones a mansalva, música estimulante, etc. El personaje de Clooney (Ryan Bingham) provoca desde el vamos una reacción contraria en el espectador, del mismo modo que Aaron Eckhart lo hacía en Gracias por fumar (2005): se supone que a nadie le puede caer bien este individuo, y es por eso que lo muestra preparado para enfrentar todas las reacciones propias del cesanteado, con una batería de respuestas y propuestas tendientes a buscar la calma ajena y mitigar la culpa propia. Tras un encuentro con una una mujer (Vera Farmiga) en uno de sus viajes, el film volantea rápidamente hacia la comedia romántica. Es entónces cuando entran en escena los más poderosos jugos gástricos del aparato digestivo de la industria cinematográfica norteamericana.

Haciendo un paréntesis en la valoración puntual de la película, como se acostumbra en este sitio, lo que se busca analizar es justamente como una vez más se busca crear subjetividad de lo que fue un hecho dramático, y moldearlo hacia lo que aparenta ser un estatus ineludible. De modo similar a No Country for Old Men (2007), se baja una línea que ya cae como incuestionable: las cosas son así, y no queda mucho para cambiarlas, así que mejor hagamos una peli.

Ryan Bingham es parte de esa maquinaria, y le gusta serlo. Cómo la lógica de este tipo de comedias indica, será su propio puesto el que pueda estar peligro en algún momento de la historia. El dueño de la empresa echa-personas, sin embargo, está exhultante: "Los minoristas han bajado un 20%, la industria automotriz está en la basura, el mercado inmobiliario no tiene latidos, es una de las peores épocas en la historia de EE.UU. Éste es nuestro momento." Si uno observara los rostros en el cine ante esta afirmación, seguramente coincidirían las muecas socarronas, y alguno que otro hasta reiría festejando la ocurrencia: misión cumplida, otro pecado lavado con el increíble jabón del sistema. Cómo la cadena de noticas TN, que aún cuando transmitía las terribles imágenes del sismo en Chile, no podía dejar de mostrar los números de la lotería en el cuadro lateral de la pantalla, todo parece rápidamente convertible en un hecho casual y constitutivo de la vida misma.





Hasta la infaltable moraleja final de todas las películas de este signo está licuada. Cómo es de esperar, al insensible de Bingham le llega su turno. Pero su castigo, a diferencia del que él se ha encargado de repartir a diestra y siestra por todo el país, no es social, sino humano, o "del corazón", cómo diría mi abuela. Habiendo servido al aparato que hizo posible el desastre, se lo termina mostrando como un desdichado porque no le fue bien con la chica, aunque en ningún momento peligre su cuenta bancaria. En el tramo final se intenta hacer creer al espectador que todas las personas que él entrevistó para despedir, son más felices que él porque tienen familia, y él no, elevando la cuota de cinismo a un extremo pocas veces visto. El personaje intenta redimirse por todos los medios, pero no lo logra: regala (parte de) sus millas acumuladas, envía carta de recomendaciones a empleadores, pero en ningún momento pone en tela de juicio que lo perverso no es el accionar del individuo, sino del sistema, con lo cual, las soluciones siempre pasan por las personas como unidades aisladas, nunca jamás como un grupo capaz de modificar las realidades.

De la película, como obra cinematográfica, queda poco por decir; es tan fuerte su contramensaje que hablar de actuaciones o dirección es poco menos que intrascendente (defiendo a capa y espada el cine subitulado en idioma original, pero ¿tiene sentido leer tanto cuando el 40% de los díalogos son banales?) La escena que relata el casamiento de su hermana está filmada mediante el recurso de la cámara en mano, como para darle algún toque humano a tanto discurso elaborado de antemano, pero es tan premeditado que no es convincente.

Cómo todo buen plato, se merece un buen postre. Cayendo los títulos, cuando ya casi todos se han ido del cine, se escucha la voz de un reciente desocupado de 55 años que le habla al director Jason Reitman, ofreciéndole una canción que escribió "como una especie de comunicado acerca de la incertidumbre y de tener cierta preocupación sobre el futuro" y que tal vez pueda servir para su película. En la letra, el compositor completa la idea del film; sería inocente hablar de autoayuda, es más bien, el mejor antídoto para una conciencia colectiva sublevada.

Imdb: http://www.imdb.com/title/tt1193138/

lunes, 16 de noviembre de 2009

Los límites del control





Hay una frase, un punto de partida al comienzo de la historia. Después sucederá como en el juego del dominó, que las fichas se van coincidiendo para dejar lugar cada vez a una nueva incertidumbre.

A Jim Jarmusch le gusta filmar personajes que se manejan mejor por los bordes que por el calmo centro de la superficie. Desde Extraños en el paraíso hasta esta última Los límites del control, sus héroes brillaron por debajo en vez de destacarse por encima. El perdedor de turno en este caso es un hombre solitario y sombrío, de cuyo duro rostro apenas vemos caerle algún gesto en todo lo que va de la película. Interpretado por el marfileño Isaach De Bankolé, (quién también trabajó para Jarmusch en Café y cigarrillos), este hombre aparece en medio del film con unas pocas rutinas a cuestas que logran definirlo: el riguroso tai chi y el puntual pedido de un par de tazas de café expreso en cada bar que se detiene.

El personaje (parco, solitario, ni nombre tiene en la película) recibe indicaciones todo el tiempo. Cajas de fósforos mediante, se irá contactando con sujetos exóticos, extravagantes; el verdadero desfile del reparto de Jarmusch está puesto en estas escenas. Las presencias de Tilda Swinton, Youki Kudoh, John Hurt, Luis Tosar, Gael García Bernal, Bill Murray (siguen las firmas), son acompañadas por parlamentos que cimientan cierto sostén ideológico a lo largo del film, a la vez que nos permiten ese momento en el que se percibe que el actor es dueño total de su escena (cuenta Jarmusch que estas escenas no fueron ensayadas previamente)

La música juega un papel importante en la película, como en toda obra del director. Y habiendo sido rodada en España, hay lugar para el flamenco y el cante jondo; un afiche de promoción tiene a nuestro personaje caminando con un estuche de guitarra en la mano, y mucho de lo que nos hace vibrar de este instrumento será protagonista de la escena final del film.

Y cuando llega el final de la película es que descubrimos, que tras tantos misterios no hay otra cosa que una sencilla historia impecablemente contada. Para nada poco, excelente mérito si los hay, si repensamos el objetivo mismo del cine, que con el correr del tiempo puso más fuerza en el decorado que en la sustancia.


Imdb: http://www.imdb.com/title/tt1135092/

martes, 15 de septiembre de 2009

World Trade Center




Para mucha gente, la realidad no sucede hasta que no la refleja el cine. Quienes ya no saben diferenciar lo verdadero de lo ficcional, se sorprenden ante la verificación de que un film está "basado en hechos reales", o por el contrario, se preguntan si una historia particular es una recreación de un hecho auténtico, o es sólo el fruto de la imaginación de alguien.

Como ya se habrá dicho hasta el hartazgo, lo sucedido con las torres gemelas en 2001 superó cualquier ficción. Mi afición al cine me condicionó de una manera tal que empecé a observar la realidad de una forma diferente, y (como muchos otros seguramente), no puedo evitar, ante una noticia de cierto nivel de impacto, preguntarme cuánto tardará en ser llevada al cine, y de que forma. En el caso de las torres, y una vez superado el estupor inicial, recuerdo haber imaginado decenas de fotos de lo que suponía que iba a ser la película de ficción de esta realidad; conociendo la interpretación y utilización que se suele darle al cine en los Estados Unidos, imaginé desde las pelis más panfletarias, hasta las de mayor nivel de golpe bajo, a la vez que no terminaba de cerrar cómo debería ser la forma más equilibrada de hacer esta película, si es que existe alguna.

Saber que Oliver Stone sería el encargado de realizar la película sobre el 11 de septiembre (casi al mismo tiempo apareció United 93, pero con otro enfoque del suceso) fue de alguna forma una noticia auspiciosa, ya que el director garantizaba un importante porcentaje de carga crítica en el film. Por su historial, por lo que hemos visto anteriormente de su obra, se sabe que Stone no usa la bandera norteamericana en sus películas solamente para deducir impuestos; de una forma u otra, siempre aparece una crítica al funcionamiento interno del imperio e importantes observaciones acerca de cómo se hicieron las cosas que son por demás interesantes. Es un director que no teme manchar el bronce de los próceres de su pueblo, y tampoco se encolumna en la línea de los críticos gratuitos en busca de fama efímera: su trabajo es meticuloso, documentado, casi detectivesco.

En la película World Trade Center decidió encarar el film por el lado más obvio (si se quiere), pero a la vez mas novedoso que pudo dar Hollywood: el de los bomberos. Y es que los verdaderos héroes de la jornada esta vez no son ni los generales, ni el presidente de los EEUU (se muestra la noticia de Bush huyendo a ponerse a salvo mientras en su pueblo reina el desconcierto) ni la CIA, ni las organizaciones secretas, ni ningún otro individuo que se precie de su calidad de único. Acá el protagonista es una vez más quienes tuvieron que poner el cuerpo allí cuándo hacía falta: el bombero, el agente de tránsito, el paramédico; por decirlo de alguna manera, los peldaños más bajos de un escalafón que se supone ascendente y evolutivo por mérito de sus propios integrantes.




La película muestra el estupor y la confusión que debió haber reinado en ese momento en el cual todavía se suponía que el avión estrellado contra el edificio se trataba de un accidente; recién aprestados los primeros socorristas a la escena, sucede lo del segundo avión, y vemos como los mismos protagonistas no terminan de entender que es lo que está sucediendo. Yo recuerdo ese día como si fuera hoy: estaba en mi trabajo en Buenos Aires, y las noticias llegaban de a pedazos, uno que estaba escuchando una radio, otro que podía acceder a internet, y no era claro lo que estaba pasando, con lo cual, pude ver a los protagonistas de la película haciéndose casi las mismas preguntas que nosotros en la otra punta del mundo. El mostrar esta confusión tan naturalmente, alejada de la certeza de los investigadores de ficción del cine norteamericano, es un acierto del film: no suelo identificarme mucho con los personajes de este tipo de cine, y que lo haya hecho en parte para mi es una buena prueba de ello.

Nicolas Cage interpreta al jefe de un escuadrón de bomberos de la guarda portuaria, simplemente eso. Se lo ve un hombre común, no es un superhéroe, y su patrulla está conformada por personas como él, ninguna tropa de elite. Se lo ve sobrio, cercano a su gente, muy identificado con un trabajo que no lidia con la resolución de casos complejos o especiales: es un bombero de guardia, simplemente eso. Y tan simplemente eso como lo son los pares con los que trata a lo largo de su tarea ese día: oficiales de tránsito, guardias de seguridad, paramédicos, enfermeros. Stone se encargó de dejar de lado cualquier signo de superioridad militar o policial en el centro de la acción, y ello constituye el objetivo de su película, que es el de homenajear a esa gente que no suele salir habitualmente en las películas y sin embargo está todos los días allí haciendo su trabajo. Y este aislamiento llega a un nivel tal, que la presencia de un marine que sólo puede pronunciar frases sentenciosas resalta con el resto del elenco de forma notable.

Si piensas ver el film, deberías saltearte hasta el final del texto, porque voy a contar algunas partes del final (eso que ahora dicen spoiler, arruinar en español). Un resumen de todo lo anteriormente dicho lo constituye la escena final de la película. Cuando finalmente el personaje de Nicolas Cage es rescatado de los escombros con el último hilo de vida, se ve como es llevado en una camilla por sus mismos pares, aquellos que visten sus mismos uniformes, y que por las circunstancias en que se encontraba atrapado, debieron batallar durante horas para sacarlo. Y mientras es transportado por la larga cadena de brazos por sobre los escombros, vemos cómo él agradece uno a uno a cada uno que porta su camilla, con las pocas fuerzas que le quedan, pero en un gesto que representa un concepto claro de adónde quiere llegar la película y a quienes pretende rendir tributo.

Imdb: http://www.imdb.com/title/tt0469641/

jueves, 25 de junio de 2009

Tren nocturno




En la película Tren Nocturno aparece un señor de aspecto muy misterioso que muere al poco de abordar el tren en cuestión. Los sorprendidos pasajeros que están con él en el vagón, revisan sus pertenencias, con la idea de buscar alguna identificación o algo, y entre sus cosas encuentran una cajita de madera muy extraña, de aspecto algo así como piramidal, sin tapa o forma de abrirse, pero con unas hendijas a modo de respiración que permiten espiar que es lo que hay adentro. Y al mirar es cuando se arma el nudo central de la película: todos se quieren quedar con lo que hay ahí dentro, aunque no va a ser fácil para nosotros saber que es lo que hay dentro.

El tren viaja principalmente de noche, hay mucha nieve y también hace mucho frío, como en todas las películas del género misterio-noche-tren-andando (aunque se nota bastante la mano digital en varias tomas), hay alguna que otra escena donde estamos ahí colgados de la puerta y casi nos caemos, pero lo que sucede con el pasar de los minutos de rodaje, lenta e inexorablemente y casi sin darnos cuenta, es que la película misma se transforma en esa extraña cajita: parece que nos gusta pero no sabemos que estamos mirando. Y pasa al estante de las ya clásicas realizaciones que en realidad no son tales, sino más bien una aparente buena idea sobre la cual trabajar un conflicto, sin pensar cómo más tarde se cierra el rizo. Pareciera que con contar con un buen elemento para armar un litigio, ya se puede empezar a rodar, después vemos como la seguimos, cómo la resolvemos, y si no la resolvemos, no importa. Como film de misterio, se queda corta; como comedia negra, le falta audacia. Y si se trató de darle una onda qualité con la ambientación '60, tal vez buscando que los espectadores vinculen la historia con alguna de Agatha Christie, sería casi una falta de respeto

Lastima ver al amigo Danny Glover haciendo más de él mismo que su personaje. Y no es que conozca personalmente al actor. Lo que pareciera es que el mismo Glover se da cuenta que esta peli no va a caminar, y se lo ve casi desencantado, sin ánimo, preguntándose si tiene sentido seguir trabajando tanto a pesar de su edad. Como cuando aprovecha una parada para hablar con su esposa por teléfono y le dice que se quede tranquila, que ya falta poco para jubilarse y entonces ahí van a poder estar juntos y tranquilos.

Imdb: http://www.imdb.com/title/tt1020055

lunes, 4 de mayo de 2009

Un café en cualquier esquina



No puedo evitar preguntarme, hoy, a principios de mayo de 2009: ¿tardará mucho en llegar al cine la crisis del global del capitalismo que estalló hace unos meses? Teniendo en cuenta el proceso de selección de escenarios, casting de actores, conformación del presupuesto, contratación de guionistas, escenógrafos, iluminadores, músicos, más el interminable etcétera que implica la realización de un film (más si se tiene en cuenta el despliegue de Hollywood), y considerando mediados de septiembre del 2008, como para poner una fecha al estallido, son casi 8 meses. Inevitable analogía con un parto humano, se nos presenta inminente el nacimiento del nuevo hijo de algún estudio de cine en el que se retrate el desastre.

De mucho antes, del 2005, es esta Un café en cualquier esquina, del norteamericano de ascendencia iraní Ramin Bahrani. Esta es su primer película, y obtuvo numerosos premios, fundamentalmente en los circuitos de cine independiente.

Ahmad (Ahmad Razvi) tiene un puesto callejero en Manhattan. Vende café y rosquillas a los transeúntes que de camino a su trabajo hacen un alto para aprovisionarse, sobre todo en las frías mañanas del invierno. Su trato es cálido y bien retribuido, aún cuando las diferencias sociales entre él y sus clientes, en su mayoría elegantes oficinistas y ejecutivos, es notoria. Ahmad recuerda el gusto de sus compradores más frecuentes, y el breve diálogo que puede entablarse mientras prepara el pedido con premura, aplana por un instante las asimetrías.

Ahmad es paquistaní, y se lo ve integrado con su comunidad, partisanos de su tierra que ofician de taxistas, vendedores de diarios y otras tareas reservadas para los inmigrantes. Todos intercambian sus pesares y padecimientos en torno a la dificultad de progresar y mejorar en su condiciones laborares, mensajes que presagian la crisis que ya se está gestando, y que años más tarde estallaría sin piedad en la nación más poderosa de la tierra.





Aparentemente ser paquistaní no es ser árabe en Manhattan. Aún con el recuerdo fresco del 2001, en ningún momento de la película se deja ver comentario o gesto alguno que indique la incomodidad tantas veces vista de algunos norteamericanos ante la proximidad de un turbante o una barba. Por el contrario, se lo ve como un personaje que establece un punto de encuentro y reparo en la ajetreada rutina de la metrópolis.

Ahmad repite diariamente el ritual de recoger el carrito de dónde se encuentra guardado, muy temprano a la mañana, cuando aún el sol no se ha mostrado, y arrastrarlo por la calle entre los autos y los medios de transporte. Son varias las calles que debe atravesar hasta su destino, y a lo largo de ellas se lo ve tirar como una bestia tira de su arado, el animal delante de la máquina que es tratada como el bien más preciado. Porque es ese carro la fuente de ingresos más importante, aunque no la única, ya que a la tarde, cuando termina su labor gastronómica, se dedica a vender de modo callejero películas pornográficas entre los pares que encuentra por el camino: otros vendedores, changarines, choferes, mozos, etc.

Después sabremos que Ahmad tiene un hijo que apenas conoce, que todo su esfuerzo esta puesto en poder tener un lugar decente dónde llevarlo a vivir con él. La lucha diaria no es fácil para él, pero en ningún momento se lo ve perder la dignidad ni sumido en el fracaso.

Un encuentro con una mujer española dará pié a una relación difusa y a la vez extraña. Noemi, (protagonizada por la catalana Leticia Dolera), se entrecruza en el circuito diario de Ahmad al reemplazar a un vendedor de diarios y tabaco que él mismo frecuentaba. La relación crece con tibios encuentros diarios, brevísimos instantes en los que apenas pueden entrecruzarse palabras. La irrupción en escena de un coterráneo de Ahmad, más exitoso según los parámetros dominantes, transformará en todo el panorama. En poco tiempo, Ahmad y Noemí se encontrarán en medio de fiestas y actividades, y allí aparecerán las características propias de cada raza.

Sucederán algunas cosas más a lo largo del film, que no quiero contarlas, no para evitar revelar secretos que modifiquen sustancialmente la dirección de la obra, sino para no estropear el particular deleite que al menos yo sentí al verla. Ý es que la mayor parte de la película se parece mucho a la vida de todos los días, en los cuales no hay grandes sorpresas o se desencadenan hechos que nos cambian para siempre. Pero indefectiblemente, todos los días nos suceden cosas que, aún de forma imperceptible, nos van torneando, a veces suave y otras fuertemente.

Recién pasado el día del trabajo, me encantó recordar esta jornada viendo esta película.

Imdb: http://www.imdb.com/title/tt0464105/