domingo, 9 de enero de 2011

En algún lugar



Cuenta la leyenda que cuando le encargaron a una persona diseñar la botella que contendría la exitosa bebida Coca Cola, se le solicitó que, aún rota en mil pedazos, el envase pudiera identificarse tan sólo a partir de un pequeño trozo. Y con la botella de vidrio que utilizó la marca por años, la premisa funcionó a la perfección.

La última producción de Sofía Coppola es En algún lugar, y tiene todas las marcas que han hecho de la estadounidense una realizadora, ya a esta altura, reconocible a distancia por uno de sus fragmentos. Ella tiene una gran capacidad para retratar momentos aislándose de todo el resto, configurando el foco central sin necesidad de sobreexplicar lo circundante. Cuando debutó con Las vírgenes suicidas (1999), contó una historia de los más truculenta y oscura, casi como si fuera una comedia de travesuras juveniles de los años 60. En Perdidos en Tokio (2003) tuvo la sensibilidad para construir una relación pletórica de frases y caricias no dadas entre una jovencita y un señor maduro, ambos en pareja, sin trasuntar un solo gramo de culpa ni moralina. Y en María Antonieta (2006) nos contó la historia de los manuales del secundario con música pop, con lo que muchos descubrieron que los adolescentes no son una especie creada para fastidiar a los de más de 35 años, sino que existieron siempre. Ahora concentra al máximo su capacidad de observación y nos trae esta preciosa fotografía de un instante de la vida de un hombre con su hija que dura unos pocos días.

Johnny Marco (Stephen Dorff) es un actor de cine que está en la cresta de la ola. Joven, apuesto galán, las tiene todas consigo: un auto deportivo que tiembla la tierra, chicas gemelas que le bailan el caño en privado, hoteles de lujo para parar, mujeres que lo conocen allí dónde se encuentre… todo contado de entrada como para despertar un poco (al menos) de envidia en cualquier macho adulto. Claro, cuando se corre un poco el polvo se ve la superficie: Johnny esta solo. Tiene una hija, Cleo (Elle Fanning) de once años. Su madre y ex de Johnny, comparte a su hija con la estrella, pero en algún momento, necesita dejarla con su padre por más tiempo. Johnny deberá continuar con los compromisos de astro, pero deberá cumplir con su rol de padre a tiempo completo.

Él deberá llevar consigo a Cleo a viajes por el mundo en jets privados, compartir habitaciones de hotel con piscinas privadas bajo techo, a la vez que hacer un hueco a las señoritas que insisten en meterse en su cama y aparentar frente a periodistas y empresarios. Todas aquellas actividades pueden resultar vanas para Johnny, pero al fin y al cabo son las que lo mantienen vivo, porque él está hecho de eso. Su asistente Sammy (Chris Pontius), es como un primo para él y un tío divertido para Cleo. Juntos pasan horas frente a los video juegos durante el tiempo que su padre cumple obligaciones de contrato.



El mundo de Johnny es lujo y derroche por donde se lo mire. Pero la cámara de Sofía hace que no se sienta suntuoso, insultante o ajeno, sino que guía la mirada del espectador hacia dónde ella quiere, que es la percepción que toda esa cobertura de placeres y sensaciones es insuficiente para él. Su hija parece comprender a su padre con más adultez de la necesaria; sin embargo da lugar a sus genes y en ningún momento deja de sentirlo de su propiedad, reclamando territorio cuando alguna intrusa le disputa protagonismo. Es de destacar la actuación de la joven Fanning (a mi gusto de mejor proyección que su hermana Dakota), de una soltura y naturalidad sobrecogedora, fundamentalmente en los momentos más lúdicos de la historia, cuando se la ve jugar con su padre en largas tomas sin costura.

Tal vez para Sofía Coppola hacer este tipo de películas es ver la vida en capítulos. Esta vez decidió mostrarnos un recorte de la relación entre un padre muy importante y ocupado y de cómo de pronto debe hacerle lugar a su hija. No se puede resumir este filme como una peli que “cuenta la relación entre padres e hijos”. No. Es Una relación entre Unos padres y los hijos que tienen. Ella filma retazos, extractos de la realidad. El resto ya sabrá ponerlo cada uno.

No puedo ser imparcial con Sofía, lo sé. Es que ella si me entiende, es de mi generación; tenemos en común ciertas miradas de la realidad y la fortuna de nuestros padres. Mientras siga mostrando la vida de la hermosa manera que lo hace, me tendrá ya sabe dónde, en algún lugar, muy cerca de sus pies.

Imdb: http://www.imdb.com/title/tt1421051

martes, 4 de enero de 2011

Carancho



Tal vez no sea bueno para el cine argentino hacerse a la idea que cada tanto puede ganarse un premio Oscar. Más allá de lo objetable de la calidad de las películas que se premian en dicho certámen, si está fuera de toda discusión que se trata de un galardón de la industria, no de la crítica, ni mucho menos de los artistas y realizadores. Es decir, un premio del mercado hacia el mercado. Por eso cada tanto aparecen, a modo de culpógenos anticuerpos, algunos premios a filmes del tercer mundo o a películas de denuncia, una forma de auto-legitimarse. Pero todo tiene su límite: una cosa es premiar una película que reclama por la matanza de koalas o la polución en las grandes ciudades, la minería a cielo abierto y las manchas de petróleo, y otra muy distinta es cuestionar la forma de mirar las cosas desde adentro del sistema. Tal vez por eso un director como Haneke no reciba nunca un premio de estas características, por ejemplo.

De todos modos, un Oscar da prestigio, no cabe duda. Lo cuestionable aparece cuando por querer ganarlo se pierden identidades. Algunos directores de cine están en busca de la piedra roseta que les indique como llegar a la estatuilla, y piensan sus películas en función de quienes pueden ubicarlas en la terna. Y ahí se va al diablo el cine argentino, sin más. Algo similar pasó con la música latina.

Lo que hoy se conoce en las radios como música latina, es el formato realizado por músicos latinos siguiendo la receta del mercado norteamericano de como debe ser la música latina. Explico mejor esto. En algunos lugares de Estados Unidos la cultura latina se hizo de un masividad peligrosamente dominante, al punto de hacer peligrar el mercado local. Entónces comienza a funcionar el excepcional mecanismo estadounidense de a) fagocitar, b)digerir y c)regurguitar el producto, reformateado al consumo propio. Allí aparecen las cantantes latinas cantando en español, pero con toda la impostación vocal de las cantantes melódicas estadounidenses. Y chau cultura. Así fue como perdimos a la mejor Shakira, esa que hoy no para de jadear y manosearse, mientras que hace unos pocos años nos enloquecía con "bruta, ciega, sordomuda".



La película El secreto de sus ojos ganó el Oscar, en gran parte, porque fue pensada para eso. Su director conocía perfectamente los códigos necesarios para acceder a ese lugar, se movía en ese ambiente desde hacía tiempo, y se ve en el tratamiento de la imagen y en el formato de los díalogos todo un trabajo de emparentarse con esa forma de hacer cine. Campanella provenía de cosas diferentes, venía de El hijo de la novia, de Luna de Avellaneda. La cinta que ganó el Oscar es distinta, está hablada en español y trabajan artistas nacionales, pero le falta el guiño cómplice argentino.

Trapero viene en cambio de Leonera, El bonaerense, Mundo grúa. Estamos hablando de uno de los cuatro o cinco directores fundacionales de lo que se dio en llamar el Nuevo Cine Argentino. En su trabajo anterior, Leonera, aún se respira perfectamente ese aire. Los personajes interpretados en sus películas casi siempre nos recuerdan a nuestros vecinos, algún comerciante del barrio, de alguna forma, a nosotros mismos. Hablan y se mueven como nosotros, razón por la cual nos sentimos representados. Y por eso nos encariñamos tanto con el Rulo de Mundo grúa, porque le creíamos cada cosa que decía. Algo de esa escencia empieza a perderse en Carancho, y, quieran los dioses que uno se equivoque, tal vez sea por las ganas del director de tener un Oscar en la repisa.



No se encuentra otra explicación entónces a algunos planteos de guión de la película. Si lo que se desea es cuestionar fuerte algunos aspectos de la sociedad para encarar una denuncia, debe hacerse de manera creíble, de lo contrario el efecto puede ser el contrario. Cualquiera se puede imaginar las calamidades que pueden vivirse en una sala de guardia de un hospital público del conurbano bonaerense en una noche de sábado, por ejemplo. Pero mostrar en una misma escena a dos personas que acaban de pelearse y son atendidas en un consultorio, y en medio del quehacer de los médicos, los heridos retoman la gresca; los que están afuera esperándolos quieren entrar, todos se parapetan en la sala, afuera se escuchan disparos, los médicos no saben si curar o protegerse… Toda una situación que parece salirse de la pantalla, como cuando al poco tiempo de rodaje vemos al personal de aseo limpiando los charcos de sangre del piso de la guardia, mientras todo el equipo médico sigue trabajando como si nada alrededor. También vimos como un herido borracho intentó propasarse con la doctora que lo atendía y como el jefe de los médicos trata a su gente como si fueran cadetes de un colegio militar.

El personaje de Martina Gusman, Luján, también es difuso. Se droga con sustancias que saca aparentemente de forma ilegal de la farmacia del hospital, y si bien en algún tramo del filme menciona su adicción, no aparece asimilada con la historia, es como un hecho descolgado. Sería una pena encasillar a Gusman exclusivamente en papeles marginales. El personaje de Ricardo Darín, Sosa, es el de un abogado corrupto que lucra con accidente de tránsito, cuando no los gestiona personalmente. El gran actor argentino de los últimos 10 años, siempre fue capaz de brillar aún en producciones que no resultaron del todo aceptables. Aquí se lo ve repetido, poco penetrante en su rol, algo que sorprende, porque por su calidad interpretativa, hay que esmerarse mucho para hablar de un Darín que no actúa de 8 para arriba en una película. El resto de los personajes orbitan pero no combinan, hay como toda una desconexión en el trabajo como cuando a una torta le falta huevo. Hay alguna escena de sexo que sólo cumple con el rigor de que no debe estar ausente, pero que tampoco suma. El final es no sólo es obvio, como la letra del bolero que ellos bailan en la fiesta de quince, sino que parece como que el director quiso sacarse de encima la responsabilidad de tomar alguna decisión, y optó por la más fácil.

Tal vez no sea bueno para el cine argentino ganar más premios Oscar. Nos puede pasar como cuando algún gen mirtalegranezco recesivo oculto en el inconciente colectivo hizo mutar la pajita en sorbete: vamos a perder identidad. Y la identidad, una vez que la perdés, fuiste, man.

Imdb: http://www.imdb.es/title/tt1542852/

viernes, 24 de diciembre de 2010

La red social



La película La red social narra los entretelones de cómo Mark Zuckerberg tomó la idea para la creación y lanzamiento del sitio Facebook, en pleno ambiente universitario estadounidense, allá por 2003. El relato ronda la audiencia de negociación que se entabla para evitar distintos juicios contra Zuckerberg, tanto de quienes lo acusan de robar la idea (los gemelos Winklevoss), como de su camarada y amigo Eduardo Saverin, por literalmente dejarlo fuera de la sociedad mediante la traición en la firma de documentos.

Quienes gusten del estilo de filmes sobre juicios, con los diversos alegatos justificados por ambas partes (aquí en forma de flash-backs que sirven de soporte al relato), disfrutarán de la proyección. Cuesta seguir ese estilo de diálogo rapidísimo de contestaciones y contra-respuestas canchero que satura gran parte de las escenas, y que como habré dicho en otra ocasión, cuestiona fuertemente el subtitulado a favor del doblaje, más cuando el 70% del diálogo es intrascendente y no hace más que dejar exhausto al espectador para cuando llegue el momento de la charla relevante. Hay numerosas referencias al mundo informático, ya sea técnico o comercial, que seguramente dejarán afuera a muchos, pero la mísma película se encarga de hacernos saber que cosas son importantes de recordar y cuales son simples menciones de referencia.

Lo digno de mencionar bajo la óptica de nuestro queridísimo bretel, no es puntualmente los aspectos constitutivos o dialécticos de la película, que, es justo decir, se disfruta a pesar de abrumar en algunas partes. Una vez más lo que llama la atención es el significante oculto, o tal vez no tanto, que tiene que ver con los motores que impulsan al jóven Zuckerberg a moverse de la forma en que lo hace, y al fenomenal éxito de Hollywood en lograr la aceptación masiva del público (y en algunos casos hasta envidiosa) de la canallada.



Provengo del ámbito de la informática, así que puedo dar cuenta de algunos aspectos que muy bien se retratan en La red social. La personalidad del personaje es bien clásica de ese ambiente, y está muy bien lograda por el actor Jesse Eisenberg. Se trata de un sujeto hosco, introvertido, y bastante intratable. La película comienza cuando su novia de la universidad lo deja. Perplejo e incrédulo por cómo se desencadenaron los hechos, Zuckerberg se mueve rápidamente y canaliza su despecho en un sitio de la red interna del claustro en la cual denosta a la chica y al resto de las mujeres del lugar. A partir de allí comienza a darse la génesis de lo que más tarde será Facebook. Siendo simplista podría resumirse que el origen del multimillonario sitio es la soledad y la venganza.

Pero hay mucho más. La soledad puede dar, en su lugar de recogimiento, a inmumerables obras que bien pueden retratar el momento para la eternidad o tal vez mitigar o revertir el padecer circunstancial. En este caso no es así, sino que da origen al monumental fenómeno de los 2000, que es el de la gente-sola-junta. Algo así como el paradigma de la soledad en colectivo, apenas entibiada por el hecho de pertenecer sólo por la simple posesión de objetos de tecnología o la membresía a listas de individuos sin fines de agrupación.

Dónde aparece excelentemente retratado el perfil del nerd que es Zuckerberg es en sus iniciales principios de vencer el desafío por el desafío mismo, algo muy propio del hacker. El hacker no busca fama, simplemente siente placer al desnudar la vulnerabilidad de un sitio en particular, y plantar allí una bandera diciendo: “mira donde he llegado”. En general no es un delicuente común, no lo hace para robar un banco o estafar a ninguna empresa; sueña con entrar a un sitio del nivel de el FBI o el Mosad y dejar algún recuerdo de su paso por allí. Del mismo modo que el contrabandista de obras de arte famosas, casi en forma onanista disfruta él sólo con su delito, ya que no puede exhibirlo a los demás ni contárselo a nadie. Esos ideales de realización más allá de lo material que se muestran originalmente en el protagonista de la historia, posteriormente mutan en una despiadada carnicería por llegar a sus objetivos sin ningún tipo de miramientos ni distinciones de ninguna clase.



El Mark Zuckerberg de La red social es tan frío como los algoritmos matemáticos que dominan su sitio. Apenas gesticula (mérito del actor), reserva toda su adrenalida para el parlamento y el teclado, pero se muestra como un sujeto desalmado e impertérrito a la hora de traicionar a quien sea con tal de llegar a destino. Y sin decirlo tácitamente, sin cometer el políticamente incorrecto acto de ponerlo en ningún pedestal, el filme logra en muchos espectadores una sonrisa casi cómplice, piola, tan canchera como los díalogos. Y es dónde allí aparece el mérito de Hollywood que se mencionaba antes: de contar el peor de las tragedias o la mayor de las traiciones con algo de crema batida y unas cerezas marasquino para que queden bonito y no caigan mal a nadie.

El fime muestra que el protagonista acaba la historia del mismo modo que como empezó. Aquellos a quienes por su ideología la película los excitó hasta la erección, contestarán: “sí, pero con algunos millones en el banco”. Seguramente, con unos cuantos millones en el banco, pero dando una magnífica lección de cuál es el atajo utilizado y desenmascarando hasta al hueso a quienes lo admiran.

Interesante replanteo para quienes no pueden estar un instante en la soledad acompañada por sí mismos, les cuesta permanecer solos en una confitería sin consultar su teléfono móvil en vez de mirar a la gente, o se sienten poco queridos si andan cortos contactos. Y también para leer detalladamente las condiciones antes de aceptar cualquier acuerdo que le proponga su red social amiga. No sea cosa que un día se le aparezca un señor con maletín reclamándole a su hermana.

Imdb: http://www.imdb.es/title/tt1285016/

viernes, 26 de noviembre de 2010

El hombre de al lado



La película El hombre de al lado es quizás la mejor pintura que retrata como país a la Argentina de los últimos 60 años, o al menos, los dos modelos que en el país se dan en pugna desde entonces.

Ecuadra en el género comedia de color negro y está dirigida por la dupla Mariano Cohn y Gastón Duprat, quienes anteriormente hicieron Yo presidente, una intención de documental que en realidad sirvió para mostrar más los entretelones o bambalinas de entrevistas realizadas a distintos presidentes de la nación de los últimos 10 años. En esta nueva producción, los directores continúan empeñados en descifrar el pensamiento argentino, sólo que ahora utilizaron como soporte un hecho de ficción y le dieron formato de comedia.

La acción se centra en la ciudad de La Plata, capital de la provincia de Buenos Aires, y más precisamente en la única casa que el arquitecto de prestigio internacional Le Corbusier realizó en América Latina. Allí vive Leonardo (Rafael Spregelburd) con su mujer y su hija. Leonardo es un diseñador que aparenta gozar de cierta importancia social y capacidad intelectual, al menos por lo que se puede ver de sus actividades cotidianas, su quehacer como docente universitario, la variedad de idiomas que maneja, y su nivel de vida. Del otro lado de la medianera que separa su icónica casa del resto del mundo, un hombre perfora la pared con la idea hacer una ventana para rescatar luz natural. El hombre de al lado es Víctor (Daniel Aráoz), una persona de modales algo rudos, gestos básicos, más preparado para el trato callejero que el del salón. Leonardo plantea inicialmente la queja, alegando que esa ventana le restará privacidad a su vida y la de su familia, y sosteniendo además que esa reforma no es posible por cuestiones vinculadas a la legalidad urbana.



Víctor intentará convencerlo haciendo referencia a las decenas de edificios que pueblan la ciudad, con ventanas apuntando directamente a su casa. Buscará suavizar la postura del vecino pidiéndole formalmente permiso para hacer la ventana. Ante la negativa de Leonardo, insistirá con el diálogo, pero llevándolo a su terreno, seduciéndolo con un trato cómplice, varonil, más propio de un estadio de fútbol que de un claustro universitario; ámbito en el cual, por otra parte, Leonardo se ve claramente desubicado y en desventaja. Le regala conservas caseras y objetos de arte de dudoso gusto, en los cuales deja explícita su pasión por las armas y la caza. Cuando acorralado por la situación Leonardo finalmente argumenta que el problema no es él, sino su esposa, Víctor le ofrece a Leonardo intermediar directamente. “Dame el teléfono, yo la llamo. Soy irresistible con las mujeres”, le dice, ante la mirada impávida de Leonardo. Posteriormente le enviará flores.

Uno a uno los argumentos y objeciones planteados por Leonardo son derribados por su vecino. Cuando finalmente opta por la vía legal, notificando a Víctor por medio de un letrado, éste irrumpe en su casa aludiendo falta de códigos. Mientras tanto, la vida de Leonardo comienza a mostrar grietas más amplias que la ventana que pretende construir el hombre de al lado.

La relación con su esposa es distante, y hasta en algunos pasajes, agresiva. Su hija apenas le dispensa sentimientos de afecto, de hecho casi no le habla. Su trabajo sufre complicaciones con los plazos de entrega de los compromisos. Su faceta como profesor de la facultad no lo muestra como un docente que alguien desee tener aún en la materia más liviana de la carrera. Y la relación con sus amigos aparece básicamente soportada en la imagen y la apariencia.

Del otro lado, Víctor (el actor cordobés Daniel Aráoz hace un trabajo impecable. Quienes lo conocemos de su vasto trabajo en televisión podemos dar fe que el papel esta perfectamente adaptado a su fisonomía y gestualidad) se deja ver como una persona con los bordes más lisos. No parece darle demasiados giros a la situación: él sólo quiere que a su casa entre un poco de sol, “ese que a vos te sobra”, le reclamará a Leonardo en algún momento de la historia. Habla a los gritos, con lenguaje soez y vulgar, ventila su intimidad y busca resolver el conflicto con su vecino apelando a la complicidad tan argentina como un guiño de ojos. Y allí es donde Leonardo fracasa una y otra vez. “Estas cosas se resuelven hablando”, le sugiere un colega al diseñador, y ese es un problema para él: el diálogo con personas de esa clase no está definido en su universo.



Un universo al que Leonardo no pertenece, como sí en cambio su doméstica paraguaya, que limpia la casa con las remeras que él ya no usa, esas con el logotipo del subterráneo londinense. O los limpiavidros que buscan juntarse un centavo en los semáforos, o los “trapitos”, los cuidacoches de los estacionamientos. Todos representantes de una parte de este país, que en el mejor de los casos, se los procuró mantener invisibles; en la gran mayoría de los otros, se buscó señalarlos como parte del problema y no como víctimas del desastre que dejó la década pasada en la Argentina.

Y apenas a quince centímetros de medianera, con la civilización y la barbarie a uno y otro lado del ladrillo, el otro mundo, el que requiere de la seguridad de las alarmas silenciosas, las rejas que protegen de desconocidos, los vidrios polarizados y la música privada con auriculares. Un espacio donde todo puede resolverse con una cifra o un llamado, donde tras cada gesto amable hay una mueca de desconfianza. Allí en el borde transcurre esta excelente película, que nos enseña que Leonardo, el diseñador que vive en esa casa que es única de la ciudad, es en la Argentina actual, el verdadero hombre de al lado.

Imdb: https://www.imdb.com/title/tt1529252/

lunes, 22 de noviembre de 2010

Aftershock



China es un mundo en sí mismo. A simple vista parece inabarcable; en detalle, lo es. Para la mirada occidental, las cifras, las distancias, las cantidades sobrepasan cualquier estimación. Una broma dice que en China todo debe decir “Made in acá”. Y es que todo lo producido allí de algún modo refleja ese volumen, en lo desmesurado que resulta el desafío de imaginar la organización involucrada en cada cosa. Recientemente se realizó el censo de la década, por ejemplo. Seis millones de encuestadores, todo un país mediano de Europa. Y así con todo.

Aftershock es la película que batió todos los récords de taquilla en China. (Esto es, como se imaginará, mucha gente yendo al cine). Está dirigida por Feng Xiaogang, y centra su relato en el sismo que sacudió la ciudad de Tangshan, en el norte del país en 1976, y dejó un saldo de 240000 muertos y 164000 heridos. Una madre, que pierde a su hija en el terremoto, se vuelve a reencontrar con ella 30 años después. Son 30 años de historia de ellos mismos como familia y de China como país, y el centro tonal de la obra es la reconstrucción. La material comenzó en 1979, duró hasta 1986 y costó cerca de 4200 millones de euros. La otra reconstrucción, la que involucra a las personas, llevó bastante más tiempo, y se intenta retratar en la vida de la protagonista.

La película, en términos de realización, es impactante. Drama post-catastrófico, dramón en algún momento, pero nunca sin perder la línea, destila tamaño por donde se la vea. Más sin ser grosera, sólo que se anima a ponerse a la par de cualquier superproducción de Hollywood, pero con sus propias reglas de juego.



Habrá que acostumbrarse a empezar a medir el discurso del cine chino con la misma vara que mesuramos el cine estadounidense. Hay una escena que muestra el desolador panorama tras el terremoto, cuando todo es destrucción y muerte. Una persona que ayuda a rescatar heridos insta a la mujer que tiene a su pequeño hijo herido en sus brazos a ir al aeropuerto de Tangshan en busca de ayuda. “Los médicos del Ejército Popular de Liberación están ahí”, dice.

Alguien en el cine seguramente levantará la ceja: chau, peli comunista. Aunque, hay que decirlo, no hayamos tenido el mismo gesto ante una escena que seguramente hemos visto cientos de veces, esas de militares norteamericanos en las que el oficial de rango escucha a un soldado que habla completamente rígido, a los gritos, mirando el infinito, y vociferando cosas como: “Somos el ejército de los Estados Unidos”, y alguna otra frase en la que posiblemente se menciona el dinero de los contribuyentes. Tal vez, el primer paso sea la película panfletaria; más tarde vendrá la subjetividad colonizada, y ahí entonces se podrá menguar con el discurso explícito.

En otra parte del filme, se muestra como una pareja de soldados adopta a la niña que queda sola tras el sismo. También se ve como los soldados que participaron en las tareas de rescate son recibidos como héroes al regresar a sus ciudades. Allí, los padres adoptivos de la niña comparten con ella el orgullo de ser parte de esa gesta. “¿Qué piensas?”, le dice la madre a la niña. “Nuestro ejército es como una gran familia revolucionaria. Todos serán como una gran familia para ti”. Y sí. Esa frase sería la equivalente a cualquier alusión a la capacidad de superación individual en una película norteamerica, en la que el padre pobre le señala a su hijo que no se desanime, que sin importar lo que posea, él podrá construir con sus manos el futuro que desee, si es que tiene la voluntad para hacerlo.



No se trata, de todos modos, de una producción que está constantemente bajando línea. Diseñada especialmente para el público local, intenta narrar los grandes cambios que en esos 30 años de historia sucederán en la vida de la nación, y estos hitos se referencian directamente en la vida de los protagonistas. La madre deja a su hija en el terremoto, porque la cree muerta. Ella debe optar por la vida de uno de sus dos hijos, ambos atrapados bajo una pesada losa de cemento. Salvar uno significará sacrificar el otro. La elección de su hijo varón le costará una culpa que cargará durante toda su vida.

La pequeña adoptó un trágico tic tras el desastre: mira las lámparas colgando del techo, para verificar que la tierra esté quieta. Casi no habla, pero sigue escuchando a la distancia. Sus nuevos padres debaten acerca de su comportamiento y la adaptación a la nueva vida. El hombre es más comprensivo, la mujer es algo más exigente. Juntos harán de ella una nueva persona.

Hay una pintura de la vida diaria, aquello directamente vinculado con la cotidianeidad. China no se muestra opulenta y fastuosa, pero tampoco se la ve miserable o precaria. Es una imagen muy común en las superproducciones de acción de Hollywood las persecuciones en la vía pública en países asiáticos. Y el entorno que se vislumbra es el de una gigantesca feria callejera, como si no existieran calles o avenidas. Siempre hay vendedores ambulantes, puestos de paso, y los pistoleros se balean en ese escenario, en el que la vida parece valer muy poco. Nada de eso aparece en la China de Aftershock.

La película ha sido preseleccionada para el premio Oscar al mejor filme de lengua extranjera. El director Feng Xiaogang, sin embargo, no está de acuerdo con que su trabajo participe en los premios estadounidenses, ya que considera que está pensada para el pueblo chino, y no forma parte de la idiosincrasia occidental. Se sabe que ese no sería demasiado problema: el mercadeo todo puede lograrlo. Si aquí en el sur de América se sincronizó el lanzamiento de la película Enterrado, que trata de un hombre encerrado vivo en un ataúd, con el rescate de 33 mineros atrapados en una mina en Chile. El músculo nunca descansa.

De aquí a un tiempo seguramente vamos a recibir más películas del gigante asiático. Su cine vale, tiene elementos en los cuales encontrarnos, y con los cuales competir limpiamente. Aftershock allana el camino, acorta distancias con occidente, pero no redondeando los ojos al máximo como en los dibujitos animados japoneses, sino mostrando personas de lugares sumamente lejanos próximas a nosotros.

Imdb: http://www.imdb.es/title/tt1393746/

domingo, 7 de noviembre de 2010

El origen



Al director inglés Christopher Nolan le gusta el entrevero, se sabe. Y hay que tener capacidad de discurso para eso. Quiero decir, llevar la confusión al límite máximo soportable a la vez que evita que uno mande la película al diablo antes de la primera media hora de proyección. Tenernos enganchados con un relato que dice algo pero nunca está del todo claro, dejando despejado el concepto central al que apunta la película y difumando los detalles que lo llevan a cabo. Y termina nomás la historia, y uno se mira con quien tiene al lado, con algo de asombro, un gesto como incompleto, inconcluso, y con el sabor que deja la satisfacción de un buen rato movidito, pero con un montón de cosas para charlar con amigos luego, a ver que entendió cada uno.

Es una forma de hacer cine también, algo mezclada con mercadeo publicitario. Ese lograr que la gente hable de lo que uno hizo. Había que ver que es lo que se habla de lo que uno hizo. Recuerdo una fiesta de fin de año de esas que se organizan en la oficina. Yo no reservo la mejor ropa para ir al trabajo; en general busco cumplir con cierta formalidad sin ariesgar mis mejores prendas. Esta fiesta era un buen momento para mostrar que uno no era un miserable, así que preparé mi mejor atuendo para buscar resaltar, o sea, lograr ser el motivo de conversación, al menos por un rato. Me acuerdo que preparé mi mejor camisa negra, de seda, con un brillo particular que surgía cuando se la miraba de costado. Marché con un perfil oscuro, algo gótico, porque “el negro señala profundidad”, decía Daria. Ni bien entro al salón lleno de compañeros, una mujer mayor del área comercial me señala a los gritos: “¡Hay, que linda camisa, parecés Enrique Iglesias!”. En parte lo había logrado, por un rato el comentario general era el “¡Grande Quique!”

A Nolan le sale mejor, él logra una direccionalidad más optimizada en el comentario. Nos tiene atrapados, y consigue que la proyección dure un par de horas y la discusión dias enteros. No sé si va a ser el caso puntual de El origen. La película entretiene, confunde lo justo, y lo mantiene a uno atado al sillón durante más de dos horas. Pero tiene un pecado que paga caro en la audiencia: es ajena.

Un amigo me la recomendó y me dijo que a esta película le jugaba en contra la comparación inevitable que se hace con Matrix. Como si el cine no se construyera con ladrillos de celuloide uno sobre otro, esto parecería ineludible. Sin embargo el valor de Matrix no es que apareció primero, sino que fue realmente buena. Revolucionaria, en muchos aspectos. El origen cuenta con varios elementos argumentales y técnicos interesantes, más allá de todo lo antedicho. Pero con relación a Matrix, vendría a ser una versión de las corporaciones.

En la película de los hermanos Wachowski se debate poco menos que el destino de la raza humana. En la de Nolan, el problema es entre particulares, un conflicto entre empresas. Leonardo DiCaprio es contratado para hacer ese trabajo. El Neo que interpreta Keanu Reeves es un sujeto que resulta ser el elegido para salvar a la raza humana. No es poca la diferencia. En alguna forma, hay una mayor creación de empatía con la saga de Matrix de fin de siglo. El origen puede mostrarnos que la humanidad aún no ha sido derrotada, pero que sus soldados más rebeldes ahora ponen sus armas al servicio de otros fines.

Apreciaciones al márgen, se pasa un buen rato con El origen. Decididamente, las actuaciones me resultan bien malas. DiCaprio tiene siempre la misma cara, el rostro arrugado, el mismo gesto de sufrimiento. La promesa canadiense Ellen Page sigue sin levantar; el japonés Ken Watanabe con poco foco protagónico deja más que el resto. Y Michael Caine debe haber filmado sus breves partes entre refrigerios.

Haga la prueba: recuerde cuanto tiempo estuvo hablando de Matrix, y mida cuando le va a ocupar El origen, en sobremesas, cafes de oficina y salidas con amigos. Alguna va a perder por goleada.

Imdb: http://www.imdb.es/title/tt1375666/

jueves, 28 de octubre de 2010

Sostenes



La muerte suele ser caprichosa con sus elecciones. Injusta, como menos. A la corrección temprana de que cualquier muerte es injusta, permítaseme mantener reservas. Nada más alejado de mí que la fe cristiana o el sentimiento evangélico, aunque me confieso sumamente sensible a la pasión de las multitudes por su devoción o creencia, sea cual fuera, y más aún cuando es expresada desde los motores más íntimos de la conciencia.

Cuando sucede la llamada vuelta de la democracia, el fin del oscuro período de dictadura militar, allá con la presidencia de Raúl Alfonsín, yo contaba con 18 años. Atravesaba el renacer del dialogo político en la más efervescente adolescencia, el colegio secundario era un ámbito de charla constante, por fin se podían hablar de un montón de cosas que yo no comprendía bien porqué estaban censuradas. Había buenas charlas con algunos profesores, Desde su adultez, muchos nos miraban con un dejo de ternura. Inclinaban la cabeza y amagaban una tibia sonrisa mientras les explicábamos los procedimientos necesarios para cambiar el mundo. Por una cuestión de meses no pude votar en aquella elección, sí en la próxima. Mi grupo de amigos estaba dividido. El boca-river futbolístico se había trasladado al campo político, y las dos grandes parcialidades se enfrentaban en cuanto lugar había. Centenares de frases hechas y discursos ajenos poblaban esas conversaciones. Yo, (como casi siempre) fastidié a las estadísticas con mi habitual tercera posición. La izquierda me sedujo desde el comienzo, la figura de El Che, el poder del pueblo, y toda esa intelectualidad fascinante. Un señor bastante amargo recuerdo que me dijo para ese entonces: “Y si, hay que tener el corazón muy duro a los veinte para no ser de izquierda, y la cabeza muy dura para seguir siéndolo a los cuarenta” ¡Los cuarenta, que sabía yo a los cuarenta! Yo seguí como pude con la mía, empecé a votar, participé activamente en marchas y charlas, fui a encuentros, milité como sentía que debía hacerlo.

Y a medida que pasaban los años y votaba, recordaba la mueca de sonrisa y el menear de la cabeza de mis profesores, allá en el secundario. Esa postura enternecida por la inocencia del planteo al principio, y ese esfuerzo por hacerme tomar conciencia que todas esos postulados que yo intentaba sostener no eran posibles. Se empezó a hablar de utopía, y decía que era imposible alcanzarla, pero después aparecío Serrat (un gran referente) y dijo que no importaba, que había que perseguirla igual, que en ese esfuerzo por alcanzarla era que se mejoraba la vida.

A pesar de contar con muchos amigos en el peronismo, no dejaba de resultarme ajena la idea. Algo de preconceptos paternos debía cargar, esa tendencia a la antítesis que sería claramente identificada por mí más tarde. Pero la idea resistía porque ese líder ya no estaba en este mundo. Me costaba distinguir cuánto del discurso le correspondía al retrato que pendía del fondo del escenario y cuánto al orador; cuanto de todo eso era sustentado por un líder ausente. Yo quería el sostén de un líder presente.

Cuando asumió Nestor Kirchner en 2003, recuerdo no haber sentido demasiada emoción, si algo de tranquilidad por las otras opciones que se barajaban. Recuerdo estar escuchando el discurso en el Congreso el día de la toma de mando. Estaban presente muchos presidentes, y entre ellos Fidel Castro. Esa era la única emoción reservara para ese día: verlo a Fidel confundido entre otros mandatarios, de traje civil, respondiendo sobriamente a los saludos que todos los presentes le hacían. Recuerdo que todos querían estar a su lado, no importaba ya la ideología, se trataba de estar cerca de ese pedazo de historia, el último hombre del siglo XX. Al otro día habló más de cuatro horas en el centro de la ciudad, convocando a multitudes. Yo seguía votando a la izquierda, ganaba un extraño patrocinado por el aparato de un partido que nos había llevado al desastre, y en Buenos Aires hablaba Fidel Castro. Una auténtica escena argentina

Pocos meses después, en setiembre de 2003, Kirchner habló en las Naciones Unidas, y también vi el discurso por televisión. Hubo una frase que me hizo levantar la mirada, una párrafo que no tenía cabida aparente en ese espacio: “Somos hijos de las Madres y Abuelas de Plaza de Mayo”. Pareció fuerte. Recuerdo a varios presidentes haber recibido a las Madres y a las Abuelas, casi como con gesto necesario, ineludible; ninguno las había incluido en un discurso oficial en tamaño organismo y las había mostrado como parte de su herencia.

Cada uno fue construyendo su camino con los años. Algunos nos hemos hecho más conscientes de las factibilidades. Ahora, llegados y pasados los cuarenta, el corazón y la cabeza siguen tan duros como a los veinte, pero tal vez se han matizado algunos conceptos. Pero hubo hitos de la historia que no tomaron tanto tiempo como parece. Desde el primer al último disco de los Beatles hay menos de diez años. Desde el ascenso hasta el derrocamiento de Peron hay nueve años. Entre el ascenso político hasta la muerte de Eva Peron hay algo más de seis años. El proceso de cambio de paradigma que supuso la caída del muro llevó algo menos de un año. Y si un extranjero ajeno emocional y culturalmente hojea cualquier diario de la Argentina del 2001, y lo compara con cualquiera del 2010, no tardará en entender algunas cosas. Como que la preocupación de entonces era ver como recuperar el dinero capturado por los bancos a los ahorristas, y la preocupación de hoy, es ver cuánto será la participación a los trabajadores de las ganancias de las empresas.

Con matices y diferencias según quien lo vea, la Argentina cambió hacia un rumbo marcado por el signo de la región que la alberga, Suramérica, más parecida en sus colores y olores a lo que es en sus componentes. Se cuestionaron intereses que parecían intocables. Se repararon deudas sociales. Se construyó una mística, pero no una a la que somos tan afectos los argentinos. No una mística de tribuna que nos ha hecho chocar una y otra vez contra la pared, la mística pava de creernos el pueblo superado del cosmos. Porque el cimiento de esa mística es un ladrillo palpable, visible, delicioso y alcanzable por cada uno de nosotros: es la reparación de la dignidad. Es ese indignarse cada vez que algo no es como debería, en vez de entender que forma parte del funcionamiento lógico del recambio necesario.

Es juntarse con un par de amigos para ir a una fiesta patria y terminar siendo millones. Y ver esa croma genuina, tan diferente a las que aparecen en las publicidades de dentífricos y yogures, o a las que temen por lo que pueda depararles salir a la calle pasadas las siete. Es darse cuenta que se podían hacer algunas cosas, que no era tan difíciles como nos decían. La sonrisa tierna de mi profesor ya puede ir tornando en asombro, las cejas arriba, las comisuras hacia abajo, “mirá vós”, me estaría diciendo si hoy le contara las cosas que se pudieron hacer en seis años. Es para todos aquellos que piensan que los políticos son todos iguales, pero se someten respetuosos ante la imagen las madres y las abuelas de plaza de mayo: hubo alguien que las abrazó, que les devolvió alguito de lo que le quitaron, que nos hizo verlas sonreír.

Se muere Nestor Kirchner el día del censo nacional que toca hacerse cada diez años. El día de sumar. El día que, según algunos, hay que temer hasta del censista. Yo por suerte no tuve espacio del corazón libre para el miedo, hice pasar a la señorita que le tocó mi casa. Morochita, bonita, típico rostro del norte argentino, ahí al borde con Bolivia. No le tuvo miedo a mi perra ruidosa, como muchos otros, hasta le hizo un juego. Agredeció el vasito de agua. Hizo las hábiles preguntas diseñadas por sociólogos que se supone mesurarán el país. Frías preguntas, pensadas para la estadística, claro. “Bien, ya está”, dijo al final. Repasando la ficha con el lápiz, preguntó en voz alta “¿Falta poner algo más?”

“Poné que estoy triste”, le dije.