lunes, 26 de abril de 2010

La torre de Tokyo




La impactante Tokyo muestra su torre monumental, construída en 1958, casi a imagen y semejanza de la Torre Eiffel, pero (ya que estamos) con 8,6 metros más de altura. Es una de las atracciones turísticas más visitadas de la ciudad, y sirve como punto de conexión argumental a la película. A diferencia de lo que sucede en París y las películas que se filman en la capital francesa, donde la estructura metálica es casi omnipresente, son pocos los filmes japoneses que muestran la torre, tal vez por lo apretada de la arquitectura nipona, cuyo apretuje hace algunas veces difícil divisar el horizonte.

Se trata de dos amigos compañeros de estudio que también comparten su afición por las mujeres casadas. Ambos tienen relaciones con maduras esposas, con quienes tienen sus furtivos y secretos encuentros. Uno de los muchachos, Koji, tiene un carácter mucho más aventurero: sale con varias mujeres al mismo tiempo y le cuesta formalizar con alguna de ellas. El otro, Toru, es tal vez más romántico, y tiende a caer más fácilmente en las redes que una mujer con experiencia puede tejer en base a encantos, seducción y posición dominante. Ella es Shifumi, y su marido, poderoso y adinerado. Perverso detalle del destino, Toru conoció a y Shifumi en la fiesta de cumpleaños que ella dió en su casa, y en la que invitó a sus amigas, entre las cuales se encontraba la madre de Toru…





Koji conoció a Kimiko en una situación más accidentada, cuándo él trabajaba de guarda en un garage y tuvo que ayudarla a estacionar su auto. Kimiko es más insegura, una mujer de clase media y más atada a la rígida cultura japonesa, que reduce los espacios de las hembras a los quehaceres de la casa. Mujeres que están solas gran parte del día, ya que sus maridos salen tarde de sus trabajos y muchas veces la siguen de copas en algún tugurio. Aburridas y las más de las veces frustadas, estas situaciones nutren el caldo en el que, como condimento, aparece el férreo código de conducta de la moral japonesa. Y allí parece encontrarse una buena lente para entender la mirada de la a veces retorcida cultura sexual oriental y sus interesantes variantes: tal vez tras generaciones de hervor, estas constituyan un escape de vapor que permita mantener la presión de la olla estable.

La película contiene los vaivenes propios de este tipo de historias, y es muy agradable a la vista, a medio camino de la propuesta contemplativa clásica de oriente y el vertiginoso ritmo de Hollywood. Se destaca quien encarna el papel de Kimiko, Shinobu Terajima, quien dio brillo a las excelentes Vibrador y Sólo son habladurías, ver aquí, y la belleza de Hitomi Kuroki, quien le puso el cuerpo de la desolada madre en Agua Turbia (Hideo Nakata, 2002)

Glosario, para todas aquellas personas que, cuando uno nombra a una película por su título en español, rápidamente lo corrigen y dicen su título original en inglés, sintiéndose así más importantes.

Vibrador = Vibrator
Sólo son habladurías = It’s only talk
Agua turbia = Dark Water.

Imdb: http://www.imdb.com/title/tt0475760/

domingo, 18 de abril de 2010

Ley de Medios Audiovisuales de Argentina



El 15 de abril de 2010 la Coalición por una Radiodifusión Democrática organizó una movilización desde el Congreso Nacional hasta el Palacio de Tribunales, en apoyo a la Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual. El acto contó con la adhesión de organizaciones políticas y sociales, centrales obreras, diputados del oficialismo y la oposición y grupos independientes convocados a través de redes sociales.

La ley que fue aprobada por el Congreso de la Nación en octubre de 2009 con amplia mayoría parlamentaria -147 votos a favor, 4 en contra, 1 abstención en Dipuados, 44 votos a favor y 24 en contra en Senadores- derogó la ley vigente de la dictadura, que desde entónces posibilitó la formación de conglomerados monopólicos de medios de comunicación en la Argentina.

Actualmente, la ley se encuentra suspendida en virtud del amparo solicitado por el diputado del peronismo disidente de la provincia de Mendoza Enrique Thomas. La jueza mendocina Olga Pura de Arrabal dio lugar a dicho amparo, que fue posteriormente ratificado por Cámara Federal de Apelaciones de la misma provincia. La objeción presentada se refirió a cuestiones de procedimiento durante el tratamiento de la ley en el recinto legislativo, aunque no se expresa en cuestiones de contenido. La jueza ya había fallado anteriormente a favor de la empresa de medios Grupo UNO -de esa misma provincia- cuando logró sacar de servicio a la repetidora de la televisión pública de San Rafael, alegando que su señal interfería con los canales privados.





Los jueces que integran la Cámara Federal de Apelaciones de Mendoza son Otilio Romano, Julio Petra y Alfredo López Cuitiño. Otilio Romano está acusado de complicidad con torturas, violaciones y saqueos de bienes durante la Triple A y la dictadura militar. Alfredo López Cuitiño estuvo a cargo del Registro Nacional de las Personas durante la gestión de Carlos Menem, y desde allí firmó los documentos que otorgó la ciudadanía argentina al traficante de armas Monzer Al Kassar. Su jefe era el por entónces Ministro de Interior, José Luis Manzano, socio de Daniel Vila en el grupo UNO. Julio Petra fue uno de los camaristas que en 2008 otorgó la libertad a todos los acusados de los asesinatos del estudiante Amadeo Sanchez Andia y de Víctor Romano Rivamar. También puso la firma para liberar al sargento del Ejército Argentino Osvaldo Benito Martel acusado por los delitos de tormentos agravados en concurso ideal con lesiones leves en perjuicio de Margarita Rosa Camus, nieta del entonces gobernador de San Juan, Eloy Camus (que también fue detenido) y actual jueza de garantías de la Justicia sanjuanina.

El Grupo UNO es el segundo multimedio más grande del país, está radicado en la provincia de Mendoza y es controlado por el empresario Daniel Vila y el ex diputado y Ministro de Interior de la Nación José Luis Manzano. En algunos de sus medios más importantes, comparte el paquete accionaro con el empresario y diputado nacional Francisco de Narváez. El grupo controla 6 diarios, 12 canales de televisión, 26 radios, además de negocios inmobiliarios y el servicio de agua. Se estima que estos medios tienen una audiencia potencial de un millón y medio de personas. Vila es además dueño del exclusivo barrio Dalvian en la ciudad capital de la misma provincia, y fue denunciado por la colocación de un caño de agua en terrenos de la Universidad Nacional de Cuyo, linderos al barrio Dalvian. En la causa, la misma jueza Pura de Arrabal (que vive en barrio Dalvian) falló a favor del empresario.





Esta es sóla una arista del complejo escenario que compone la situación actual de los medios de comunicación en la Argentina. La ley sancionada en el congreso en octubre del 2009 es el fruto de 26 años de lucha por parte de los organismos que componen los medios independientes nucleados en la Coalición por una Radiodifusión Democrática. El anteproyecto de la misma ley fue sometido a foros abiertos a lo largo y ancho del país durante meses, y el resultado obtenido sirvió para enriquecer y democratizar aún más su contenido, y reemplazar de una vez por todas la ley vigente sancionada durante la últma dictadura militar, carente de mecanismos de participación popular.

Bretel hizo una lista de quienes están a favor y quienes estan en contra de esta ley y en gran medida de las acciones del gobierno. Allí aparecieron entre otros:

actores
músicos
cineastas
escritores
politicos
intelectuales
distintas personalidades de la cultura
periodistas
representantes sindicales

Repasando nombre y trayectorias, y decidido a anotarse en alguna de las dos columnas, Bretel se puso del lado de los buenos.

domingo, 4 de abril de 2010

La carretera



La carretera es la nueva película de John Hillcoat, un director australiano que cuenta con cinco trabajos en su haber, entre los cuales se encuentran The Proposition (2005), To Have & to Hold (1996) y Ghosts... of the Civil Dead (1988). También realizó el corto Nick Cave and the Bad Seeds: Babe, I'm on Fire, un extenso vídeo clip del tema de la legendaria banda. El libro en el que se basó el film es de Cormac McCarthy, autor de la también llevada al cine No es país para viejos, esta vez por los hermanos Coen.

El film cuenta una historia con numerosos flashbacks que ayudan a comprender una situación que inicialmente no se aclara. Se trata de un mundo post-apocalíptico, en el cual gran parte de la vida que conocemos hoy ha desaparecido. El cielo siempre se ve gris, el clima parece destemplado y casi siempre frío, y frecuentes sismos derriban los pocos árboles secos que van quedando en pie. Escasea la comida, los humanos se mueven en grupos reducidos, y algunos de ellos están armados y a la caza del poco alimento que se pueda conseguir. En esos extremos de cuasi salvajismo, también se menciona la aparición del canibalismo como último método de subsistencia.

Viggo Mortensen es el protagonista, junto con el pequeño Kodi Smit-McPhee, quien es su hijo. En algunos de los retrocesos en la historia, se puede ver a quién fue su pareja y madre del pequeño, interpretada por Charlize Theron. Pero en el tiempo presente de la historia, sólo están el padre y su hijo, despojados de toda materialidad, y hasta de nombres propios a los cuales aferrarse, como sucede con gran parte de los actores. Juntos van recorriendo un país indefinido, transitando un camino en una tierra arrasada, con restos de civilidad por doquier. No aparecen señales de estar en lo que alguna vez fue un gran centro urbano, por el contrario el escenario es más bien el de pequeñas ciudades o pueblos. La única certeza es el rumbo: hay que ir hacia el sur, y en lo posible, hacia el mar. El padre cuenta con un ajado mapa en cual le muestra a su hijo el mar, azul en el pepel y en su recuerdo, y es para el niño una imagen asombrosa de tan azul en un paisaje casi monocromo, monopolizado por el gris de la ceniza.





Y es que este pequeño no sólo jamás vio el mar, sino que no conoce otro mundo que este que se presenta ante sus ojos. Nació apenas ocurrido el desastre, vivió encerrado con sus padres en su hogar, sin servicios elementales y básicos, creció en un ámbito en el que no existieron desde la escuela hasta la televisión, algo así como los dos extremos de la sociedad; apenas conoce un puñado de personas más allá de su propia familia. Cuando la falta de comida y las condiciones de vida hicieron imposible la subsistencia dentro de su casa, debieron hacerse al camino para intentar sobrevivir.

Road movie sin vehículos, a lo largo de su andar irán encontrando personajes que develarán el nuevo modelo de sociedad imperante. El miedo al otro, la desconfianza hacia el extraño y lo primitivo del trato, permiten ver el brusco descenso experimentado por la civilización. Sólo permanece intacto el amor del padre por su hijo, que hará lo imposible por protegerlo, cómo si fuera la última semilla capaz de dar brote a un nuevo mundo. El niño reflexiona con las pocas armas que posee, que son los ejemplos que recibe de un padre que lo cuida desesperadadamente, peleando consigo mismo por no abandonarse en la desesperanza. Y su padre no puede evitar mostrarle a su hijo enormes contradicciones entre el amor que le profesa y su comportamiento a veces tan salvaje como el de los otros.





La mejor escena del film sea tal vez la conversación que tiene el padre con un anciano que se encuentran en el camino, interpretado por Robert Duvall, grandiosamente caracterizado. Allí se dan algunas pistas de lo sucedido y se induce el rol que podría tener el niño en el futuro, si es que existe un futuro imaginable.

El final de la película, podría catalogarse como complaciente, a la altura de hacerla más asequible para el mercado de Hollywood. Pero una lectura más delicada de los últimos diálogos puede entenderse como un mensaje hacia un porvenir que tal vez no sea ni mejor ni peor, pero es el único que queda.

Viggo Mortensen se posiciona como un actor capaz de encarar papeles duros, tortuosos, siempre encerrado en complicados espacios sin salida. Aquí se sabe que no podrá hacer de superhéroe, es sólo un padre en sus últimas, y compone el papel de manera sumamente creíble. El niño Kodi Smit-McPhee actúa con la madurez de un actor con varios años en el ambiente: ha participado en numerosos trabajos en televisión y algunos en cine, y (¡Hay...!) actualmente está rodando la remake norteamericana de la excelente película sueca Déjame entrar (2008) (http://www.imdb.com/title/tt1139797/)

La música del film está compuesta por Nick Cave y Warren Ellis, compinches de banda en los Bad Sees y proyectos varios.

Imdb: http://www.imdb.com/title/tt0898367/

domingo, 28 de marzo de 2010

Preciosa




Se puede hablar de miserabilismo en Preciosa. Pero bien manejado, pues una obra que se hace difícil de digerir termina atentando contra la llegada del mensaje. La protagonista Claireece vive y sueña, los dos movimientos esenciales de su corazón maltrecho que la hacen seguir adelante. Condimenta su dura realidad con imágenes de fantasía que como un escudo invisible la protege de sucumbir y la alienta a continuar en un sendero que parece predestinado a la tragedia casi antes de empezar. Pero uno puede seguir mirando la película, no siente la necesidad de alejar la vista; parece que esas defensas de Claireece también alcanzan a cubrirnos, un evolucionado sistema de protección que abarca a protagonista y espectador. Nada que ver con los blindajes de fantasía que Lars Von Trier construyó en Bailarina en la oscuridad (2000), a sabiendas que su alcance era de la pantalla para adentro; ni hablar de las cómplices miradas a cámara del violento Arno Frisch en Funny Games (1997), de Michael Haneke.

En algún momento, el cúmulo de calamidades y desdichas que caen sobre la protagonista es tan grande, que parecen dispararse en el espectador ciertos bloqueadores emocionales que buscan proteger su integridad psíquica, mostrando la ficción pero más cercana al grotesco que al drama. Quizás este límite esté técnicamente mesurado, con el objeto de que conocer los delicados límites que hagan soportable la proyección, y así los guionistas puedan administrar con precisión lo valores adecuados de tragedia sin que el film sea imposible de sobrellevar. Otro elemento presente son las escenas de fantasía creadas por la imaginación de la protagonista en su intento por crear un mundo dónde vivir mejor que el que le ha tocado; y esto es expresado con total literalidad por el relato, cuando la misma Claireece admite caminar por las calles mirando hacia el cielo esperando que un piano caiga sobre ella, esto es, la representación de la desventura predilecta de los dibujos animados.





La clase en la escuela especial constituye un cuadro ya clásico en la sala de exposiciones de la marginalidad en el cine. El grupo de alumnos, verdadero show de talentos del subdesarollo, transita el ya conocido camino “primero nos llevamos todos mal, al final terminamos amigos”. Su maestra, que sufre en carne propia el desprecio de su madre por sus elecciones sexuales, tratará de estrechar con Claireece el lazo de clases que la sociedad le debe, y en gran parte será la responsable de su progreso, como lo vienen siendo las maestras con todos nosotros desde hace siglos.

Lo más cruento de la película no pasa por el relato explícito, sino por un andarivel lateral: el actual sistema de salud estadounidense que está intentando modificar el presidente Obama por estos días. Un sistema que se jacta de ser el más caro e ineficiente del mundo, con un 16% de inversión por parte del estado en comparación con el 9% del resto del primer mundo, pero que aún así no cubre las necesidades de los contribuyentes más humildes. Quienes acusaron a Moore de que su Sicko (2007) era tendenciosa e imprecisa, omiten señalar una faceta del drama que no siempre aparece en las pantallas: que el 62% de las quiebras personales en los Estados Unidos son por gastos de salud, algo que está presente en Preciosa desde el comienzo mismo de la proyección.

Imdb: http://www.imdb.com/title/tt0929632/

sábado, 6 de marzo de 2010

Up in the Air




Los Estados Unidos son dueños de (y deben su éxito a) una formidable maquinaria capaz de digerir y asimilar absolutamente todo. Cualquier unidad que sobrevuele, nade o patalee, puede tarde o temprano convertirse en un elemento puesto a producir al servicio de un dueño. Esto mismo es, tal vez, la definición misma del capitalismo, y de esto se trata la reflexión en curso: como aprovechar los recursos afines y fagocitar cualquier paradigma que cuestione el orden establecido. Así vimos, a lo largo de las décadas, cómo el Che Guevara pasó de ícono rebelde a remera, cómo la música alternativa de principios de los 90 que intentó una construcción por fuera del sistema dio origen a la mega corporación MTV; presenciamos como la música de los pueblos latinos mutó en ese gorgojeo meloso cantado en español llamado música latina, y siguen las firmas. Alguien en algún momento se dio cuenta que la estrategia no era combatir el gérmen, sino adoptarlo, lavarle la cara (y la ideología) y volverlo a sacar al ruedo reprogramado con la nueva función. Y Hollywood no sólo no escapa a esta premisa, sino que es una de sus naves insignas.

Up in the air (no me gustan los títulos en inglés, pero en Argentina le pusieron Amor sin escalas, que es vergonzoso) sería algo así como la primera película no documental que trata el colapso del sistema financiero norteamericano del 2008. La llamada "burbuja inmobiliaria" dio origen a una de las crisis más terribles de las que se tiene memoria desde la gran depresión del 30, y provocó que el estado norteamericano, en contra de los principios más rígidos y basamentales del capitalismo, rescatara con dinero de los contribuyentes el andamiaje privado de bancos y compañías financieras quebradas por la voracidad del mercado. Cientos de miles de norteamericanos fueron arrojados al desempleo y la pobreza, y el impacto en el sistema globalizado sacudió a gran parte del mundo, sobre todo a aquellos países que seguían a rajatabla las indicaciones de los organismos internacionales de crédito, en su gran parte manejados por intereses norteamericanos. Mientras tanto, las consultoras especializadas que desde el norte decidían con un índice de actualización el cumplimiento o no de los logros de una nación del tercer mundo, no tuvieron el más mínimo reflejo para advertir que el agua comenzaba a subir demasiado rápido en la propia casa.

Up in the air, decía, trata sobre un ejecutivo de una empresa focalizada en despedir empleados, una tarea que de tan poco grata para los propios empleadores, resultó buen negocio ser tercerizada. George Clooney, el protagonista, viaja tanto en avión de estado en estado, que ni siquiera tiene casa fija. Llega a la empresa en cuestión, y entrevista (despide) en nombre de otros a quien corresponde. Luego se marcha rápidamente a su próximo destino. La película cuenta con todos los elementos clásicos del cine norteamericano de los últimos tiempos: voces en off, diálogos con ocurrencias simultáneas y veloces entre los participantes, escenas cortas, gesticulaciones a mansalva, música estimulante, etc. El personaje de Clooney (Ryan Bingham) provoca desde el vamos una reacción contraria en el espectador, del mismo modo que Aaron Eckhart lo hacía en Gracias por fumar (2005): se supone que a nadie le puede caer bien este individuo, y es por eso que lo muestra preparado para enfrentar todas las reacciones propias del cesanteado, con una batería de respuestas y propuestas tendientes a buscar la calma ajena y mitigar la culpa propia. Tras un encuentro con una una mujer (Vera Farmiga) en uno de sus viajes, el film volantea rápidamente hacia la comedia romántica. Es entónces cuando entran en escena los más poderosos jugos gástricos del aparato digestivo de la industria cinematográfica norteamericana.

Haciendo un paréntesis en la valoración puntual de la película, como se acostumbra en este sitio, lo que se busca analizar es justamente como una vez más se busca crear subjetividad de lo que fue un hecho dramático, y moldearlo hacia lo que aparenta ser un estatus ineludible. De modo similar a No Country for Old Men (2007), se baja una línea que ya cae como incuestionable: las cosas son así, y no queda mucho para cambiarlas, así que mejor hagamos una peli.

Ryan Bingham es parte de esa maquinaria, y le gusta serlo. Cómo la lógica de este tipo de comedias indica, será su propio puesto el que pueda estar peligro en algún momento de la historia. El dueño de la empresa echa-personas, sin embargo, está exhultante: "Los minoristas han bajado un 20%, la industria automotriz está en la basura, el mercado inmobiliario no tiene latidos, es una de las peores épocas en la historia de EE.UU. Éste es nuestro momento." Si uno observara los rostros en el cine ante esta afirmación, seguramente coincidirían las muecas socarronas, y alguno que otro hasta reiría festejando la ocurrencia: misión cumplida, otro pecado lavado con el increíble jabón del sistema. Cómo la cadena de noticas TN, que aún cuando transmitía las terribles imágenes del sismo en Chile, no podía dejar de mostrar los números de la lotería en el cuadro lateral de la pantalla, todo parece rápidamente convertible en un hecho casual y constitutivo de la vida misma.





Hasta la infaltable moraleja final de todas las películas de este signo está licuada. Cómo es de esperar, al insensible de Bingham le llega su turno. Pero su castigo, a diferencia del que él se ha encargado de repartir a diestra y siestra por todo el país, no es social, sino humano, o "del corazón", cómo diría mi abuela. Habiendo servido al aparato que hizo posible el desastre, se lo termina mostrando como un desdichado porque no le fue bien con la chica, aunque en ningún momento peligre su cuenta bancaria. En el tramo final se intenta hacer creer al espectador que todas las personas que él entrevistó para despedir, son más felices que él porque tienen familia, y él no, elevando la cuota de cinismo a un extremo pocas veces visto. El personaje intenta redimirse por todos los medios, pero no lo logra: regala (parte de) sus millas acumuladas, envía carta de recomendaciones a empleadores, pero en ningún momento pone en tela de juicio que lo perverso no es el accionar del individuo, sino del sistema, con lo cual, las soluciones siempre pasan por las personas como unidades aisladas, nunca jamás como un grupo capaz de modificar las realidades.

De la película, como obra cinematográfica, queda poco por decir; es tan fuerte su contramensaje que hablar de actuaciones o dirección es poco menos que intrascendente (defiendo a capa y espada el cine subitulado en idioma original, pero ¿tiene sentido leer tanto cuando el 40% de los díalogos son banales?) La escena que relata el casamiento de su hermana está filmada mediante el recurso de la cámara en mano, como para darle algún toque humano a tanto discurso elaborado de antemano, pero es tan premeditado que no es convincente.

Cómo todo buen plato, se merece un buen postre. Cayendo los títulos, cuando ya casi todos se han ido del cine, se escucha la voz de un reciente desocupado de 55 años que le habla al director Jason Reitman, ofreciéndole una canción que escribió "como una especie de comunicado acerca de la incertidumbre y de tener cierta preocupación sobre el futuro" y que tal vez pueda servir para su película. En la letra, el compositor completa la idea del film; sería inocente hablar de autoayuda, es más bien, el mejor antídoto para una conciencia colectiva sublevada.

Imdb: http://www.imdb.com/title/tt1193138/

Frecuencia de masas


La frecuencia con que un objeto vibra determina un movimiento del aire, cuyo cambio de presión es detectado por nuestro sentido del oído y decodificado en sonido. La frecuencia se mide en ciclos por segundo, o Hertz (Hz), en honor al físico alemán Heinrich Hertz. Un ciclo se describe como la unidad de este movimiento periódico en la unidad de tiempo, en el caso del sonido, el segundo.

Imaginemos la siguiente situación como si pudiéramos verla en cámara lenta: la cuerda de una guitarra, que se encuentra en perfecto reposo, es pulsada con el dedo. El efecto de pulsar la cuerda es en realidad el de estirarla: al soltarla, liberamos la energía acumulada, y vemos que intenta volver a su posición inicial, pero por efecto de la inercia se estira hacia el lado contrario. El ciclo se repite ahora en sentido contrario, y luego vuelve a empezar, pero perdiendo energía en cada ir y venir. Finalmente, la energía se acaba y la cuerda vuelve al reposo. Cada ir y venir de la cuerda de un extremo al otro es un ciclo. La cantidad de ciclos por segundo que describe la cuerda es la frecuencia. Todo el aire que rodea la cuerda (la mayoría del cual está en la caja de resonancia de la guitarra) llegó a nuestros oídos de manera perceptible. El cerebro y nuestro entrenamiento cultural hizo el resto: todos detectamos un sonido, muchos distinguimos que se trata de una guitarra, algunos la nota precisa.

Cabe mencionar que en esta experiencia intervienen otros elementos, como la amplitud, que sería la lejanía que alcanza la cuerda en cada ciclo, es decir, cuánto se aleja en cada ondular en relación a su centro de reposo. La amplitud se traduce directamente en el nivel sonoro percibido, aunque no altera la altura tonal: una cuerda pulsada con más energía, suena más fuerte, pero la nota musical percibida sigue siendo la misma.

Dejando aislado el concepto de amplitud, ya que no ha de intervenir en lo que se quiere analizar, tenemos que un cuerpo debe vibrar una determinada cantidad de ciclos por segundo con una amplitud suficiente para que el aire circundante excite mínimamente nuestro sentido del oído. Este número es, en los humanos, de 20 ciclos. Del mismo modo, nuestros oídos limitan por encima de los 20.000 ciclos las altas frecuencias. Los sonidos, yendo desde las frecuencias bajas a las altas, se representan en la vida cotidiana como graves y agudos. Los sonidos graves se propagan mejor en la distancia, los agudos se perciben sólo si nos apuntan de manea directa, y se extinguen más rápidamente; es por eso que en los recitales al aire libre, quienes viven a algunas calles de distancia sólo reciben los sonidos graves que a veces hasta hacen vibrar los vidrios de las casas.

Por encima o debajo de estos límites, la nada. Algunos animales captan sonidos más allá de estos límites. El oído del tigre percibe infrasonidos de hasta 6 Hz, y gracias a ello puede orientarse para captar movimientos muy débiles y mejorar su capacidad de cacería. El silbato que se utiliza llamar a para los perros de caza es de una frecuencia muy superior a los 20.000 ciclos, y gracias a esto no espanta a las aves, que como nosotros no pueden detectarlos, pero el can si, gracias a su altísima capacidad para percibir ultra frecuencias.

Lo que no existe en la naturaleza son los sonidos puros, sino que en realidad cada efecto sonoro está compuesto por un determinado conjunto de frecuencias. Una nota musical corresponde a una frecuencia determinada, pero de acuerdo a la naturaleza del instrumento que la ejecuta, una serie de frecuencias aledañas resuenan junto con la frecuencia principal. Estas frecuencias que la acompañan se llaman armónicos, y son los que definen lo que técnicamente se conoce como el timbre de un sonido. El timbre es lo que nos permite diferenciar un sonido de otro, aunque la frecuencia principal sea la misma. Cualquier persona con un nulo entrenamiento musical es capaz de diferenciar con los ojos cerrados el sonido de un violín del de una trompeta, aunque ejecuten la misma nota musical, y eso es gracias al timbre. La nota principal es idéntica, pero existe un complejo arsenal de armónicos que en cada caso se integran con ésta: en el caso del violín, el frotar del arco sobre la cuerda, la naturaleza de la madera del instrumento, la calidad del componente de la cuerda. En la trompeta interviene el soplo de aire del ejecutante, la cualidad de la aleación metálica del cuerpo, los elementos metálicos de los pistones, la temperatura del cuerpo, etcétera. El timbre, como vemos es fundamental en la detección del sonido, y está fuertemente atravesado por nuestro bagaje cultural: nuestro oído compara el sonido con nuestro archivo sonoro contenido en la memoria, y es capaz de identificar el instrumento, si es que alguna vez lo ha escuchado. De tratarse de un sonido nuevo, seremos como mínimo capaces de identificarlo dentro de una familia de instrumentos. En el peor de los casos, lo terminaremos asociándo a lo más parecido que alguna vez hayamos escuchado.

Las frecuencias que junto con la principal constituyen el timbre también deben estar dentro del rango audible para que podamos percibirlas, de lo contrario sólo escucharemos una parte del sonido global. Tendremos una idea recortada del sonido, que tal vez nos alcance para identificarlo, pero no estaremos recibiendo la información completa, ya que algunos bordes han sido cercenados. Si estos bordes que faltan son determinantes, no seremos capaces de identificar el sonido; si son accesorios, si. Es por eso que nuestro perro no siempre reacciona cuando otro de su especie ladra en un programa de televisión, pero cuando lo hace el del vecino, si. El diseño sonoro del aparato de tv está diseñado por y para humanos, y por lo tanto filtra las frecuencias que no percibimos, y dependiendo el caso, estas tal vez sean determinantes para que nuestra mascota se inmute o no por lo que pase en el receptor de tv.

Del mismo modo, cuando cantamos, articulamos con nuestra voz frecuencias principales y armónicos, y gracias a ellos (y a los cielos) somos capaces de diferenciar a un cantante de otro, por ejemplo. En particular, cuando pronunciamos una palabra, ya sea hablando o cantando, estamos combinando vocales y consonantes. Las vocales (y algunas pocas consonantes) tienden a ser sonidos que podemos ejecutar con cierta afinación. Las mayoría de las consonantes, en cambio, constituyen sonidos guturales, silbidos, implosivos o nasales, que sólo tienen sentido en términos lingüísticos cuando se los combinan con vocales, salvo que de una interjección o cualquier otra verbalización gestual se trate. Todos estos sonidos también impactan en un rango de frecuencias, y en el caso particular de las consonantes, son los responsables de la definición de la palabra.

En la palabra oída existen componentes de definición y potencia, más en el caso de una palabra o frase cantada, esto es, pronunciada con cierta articulación musical. Las vocales albergan la potencia, el volumen del vocablo; las consonantes son las responsables de la definición, la percepción precisa, la justeza. Nuestro lenguaje español, como muchos otros, carga con vicios de pronunciación, producto de localismos, inmigraciones, fusiones, modas y demás elementos. Con el correr de los años nos alejamos del ideal planteado por el idioma, y damos paso a nuestra particular construcción del lenguaje hablado, en muchos casos edificando una identidad propia o bien sirviendo a quienes nos han hecho creer que lo estamos haciendo por motus propio. Con el correr del tiempo nos adaptamos a la escucha, e incorporamos el formato sonoro como habitual, al punto tal que a veces no recordamos cómo era el sonido original. Prueba de ello dan quienes deciden trabajar en locución de medios de comunicación, y deben sortear distintos tipos de exámenes al respecto. Sin embargo, lo más difícil es comprender; el reconocimiento de voz a cargo de los sistemas informáticos llegó por fin, pero con varios años de demora en relación al alcance tecnológico alcanzado en otras áreas, y es que el tema del lenguaje es sumamente complejo de reducir a algoritmos comprensibles por las computadoras: no todos lo nacidos en un mismo país pronuncian la misma palabra de la misma manera.

Como sea, el lenguaje en términos de mensaje, funciona. El emisor y el receptor logran comunicarse, y eso es posible porque (en el caso que nos compete) aunque se suprimieron algunos sonidos, estos no resultaron fundamentales o determinantes para el lenguaje. Si en cambio la pronunciación excluye sonidos claves para el mensaje, seguramente estaremos ante el caso del perro y la tele, y precisaremos mejoras en algunos de los extremos del vínculo.

Un grupo de gente que canta junta funciona de manera particular; motivaciones aparte (artísticas, religiosas o deportivas), estas personas se expresan de manera técnicamente diferente. Un grupo coral que interpreta obras clásicas, divide las voces de sus integrantes de acuerdo a su registro, y del mismo modo que los distintos instrumentos de una orquesta, estas intervienen de acuerdo a una partitura determinada o a un criterio fijado por el director.

Distinta es la situación cuando las voces se unen con otro objetivo, como por ejemplo, cuando la maestra intenta que sus alumnos articulen coordinadamente cada una de las sílabas de un himno en un acto escolar. Allí predomina otra pulsión, que tal vez no contenga los elementos esenciales como para garantizar una pronunciación "perfecta" en términos técnicos, pero el gesto impuesto en la forma de expresar la frase los suple. Un emocionado plantel olímpico que canta el himno de su país frente a su bandera, posiblemente en un país extranjero y recordando a su gente allá a lo lejos, seguramente no pronuncie cada sílaba como sea debido. Un grupo de estudiantes que entona la marcha de su escuela, aquella de la que egresa luego de habitar por años, tampoco. Un canto de cumpleaños hecho por amigos o familiares, una ovación desde abajo de algún escenario; todos ellos son momentos en los que el mensaje enviado en un sentido porta componentes extra-clasificados, que están más allá de las frecuencias, la amplitud o el timbre.

Pero volviendo al componente técnico de la palabra, retomemos lo vinculado al espectro sonoro. La diferencia entre sonido y ruido radica en que los movimientos vibratorios del primero son regulares y periódicos, mientras que los del ruido no. Las vocales se producen como sonidos, mientras que las consonantes son clasificadas como ruidos, algunas con sonidos en los que intervienen las propias cuerdas vocales, y otras en las que se utilizan otros componentes del tracto vocal.

En términos de extensión, la voz humana se encuentra entre los 90 Hz de un bajo masculino y los 1050 Hz de una soprano femenina, aproximadamente. Estas frecuencias hacen referencia a las fundamentales, y son notas que podemos expresar con cualquier instrumento que abarque dicha extensión. Los elementos mas bien "ruidosos" que componen las consonantes, en cambio, se ubican en un rango diferente, fundamentalmente por sus armónicos, que se encuentra entre los 500 y 3500 Hz, y es allí dónde reside la inteligibilidad de la palabra. Cuando hablamos de cantar, de articular o modular la voz intentando crear una melodía, resulta ser en las vocales en dónde nos detenemos para sostener el sonido. Hacerlo sobre una consonantes sería difícil, o como menos vanguardista en términos musicales. Las vocales, por otra parte, conllevan la mayor cantidad de energía necesaria de la voz, y su componente principal se encuentra en las bajas frecuencias: atenuar dicho espectro a una voz implicaría restarle potencia, grosor, presencia. Por otra parte, y yendo más a la coloratura, la voz grave y gruesa se identifica con lo masculino, lo sensual, lo viril; también lo maligno o lo desconocido. La voz aguda representa lo virtuoso, el fenómeno que roza el límite, pero también se lo vincula culturalmente con lo molesto, lo punzante, tal vez más cercano al grito, en comparación con el susurro de una voz bien grave. Tal vez por eso el locutor del programa radial de la madrugada habla con voz suave y gruesa, y las voces más agudas y filosas están reservadas para la mañana y el mediodía.

Una tribuna de fútbol que alienta a su equipo hace algo más que cantar. Está desafiando a la parcialidad de enfrente, mostrando que puede llegar más lejos, que su canto tiene la potencia suficiente como para impulsar a su equipo a la victoria. Allí, las voces de las personas cantan con todas sus fuerzas, a costa muchas veces de quedar disfónicas una vez terminado el espectáculo. Y como la energía de nuestra voz es limitada, debemos dividir nuestras fuerzas de tan escaso recurso entre las poderosas vocales que harán tronar el firmamento y las sutiles consonantes que nos vestirán de gala en la cena de los dioses. Como de ganar se trata, pero que los del otro lado escuchen nuestra temeraria proclama, la decisión es claramente privilegiar la potencia en detrimento de definición: vamos, nadie va a notar la ausencia de algunas eses en un campo sonoro de batalla. Quien a la distancia escucha el cántico, o desde nuestras casas por la televisión, adivina, contextualiza, comprende la frase, en la que pegan fuertes cinco gladiadores, apoyados por un débil grupo de veinti tantos servidores logísticos. El mensaje llega, y viaja por el aire con la frecuencia de las masas.

Las canciones que se entonan en las canchas de fútbol constituyen en sí algún formato de plagio consentido. La música proviene de alguna melodía popular, conocida por el espectro social mayoritario que asiste, y la letra o bien se compone en el momento o forma parte del himnario del club. El sonido de las canchas se asemeja en parte al dial de la radio: algunas hinchadas sostienen hits que son verdaderos clásicos de clásicos, mientras que otras buscan promover cortes más periódicamente, haciendo gala de su creatividad y capacidad de canalización cultural. Pero en todos los casos es éxito, la pegada popular, se logra utilizando una melodía cuya autoría pertenece a algún músico o agrupación musical. Y se dice que para un músico que aspira ser acogido por el clamor de la gente, no hay mejor premio que una composición suya sea llevada a las gradas. Es la mejor difusión que existe, gratuita y masiva, verdadera carta de presentación de muchos artistas que muchas veces son desconocidos por los mismos intérpretes de la tribuna, y que en los propios recitales reciben el aliento prestado a la gesta deportiva.

Aunque este fenómeno se viene produciendo desde hace décadas, en algún momento el estudio del mercadeo musical llegó al extremo de generar producciones desde lo musical pensadas en el impacto posterior en las tribunas, es decir, se buscó el camino inverso del supuesto éxito. La gente coreaba en los recitales de rock canciones que bien podrían usarse en las tribunas, y los músicos desde el escenario alentaban a eso, acompañando la puesta en escena con banderas, camisetas y demás elementos del folklore futbolístico.

Un paso importante en el tendido de este puente entre el artista y la hinchada, haciendo pie intermedio en la gente, fue lograr el efecto vocal sonoro propio del conjunto. El cantante, solista o de una banda, que por definición maneja elementos inherentes al lenguaje musical, busca intencionadamente modificar su foniatría a los efectos de sonar como lo haría una multitud. En términos de lo que se ha expuesto anteriormente, realiza recortes puntuales sobre consonantes y exacerba la presión sobre las vocales de modo de imitar con la voz de uno lo que sería la voz de muchos; esto es poco menos que el sueño de cualquier conductor que se precie de tal.

En armonía musical se habla de consonancia y disonancia, un concepto que es sumamente subjetivo, sujeto fuertemente a pautas culturales. Cuando dos sonidos se suceden en simultáneo, dependiendo de la coincidencia de frecuencias de ambos, se puede establecer si son consonantes o disonantes aplicando las reglas de armonía tradicional; este concepto, repito, es sujeto de debate en términos culturales, y es lo que hace que las músicas que pertenecen a otras regiones del globo, distantes a la nuestra, nos suenen a veces tan ajenas. Pero en el caso de nuestra cultura occidental, cristiana y tonal, las consonancias se pueden lograr cuando un grupo coral articula correctamente una pieza musical, a fuerza de un entrenamiento disciplinado. Una hinchada, como es de suponer, deja de lado estos parámetros, y es por eso que en ese ámbito (como en muchos otros en los que intervienen más de una persona en pro de un objetivo aparentemente común) la consonancia es francamente difícil de lograr.

Sin embargo, un sujeto que canta solo no puede lograr disonancia. La voz es un instrumento monofónico, es decir, puede emitir un sólo sonido a la vez, con lo cual la disonancia es imposible. La única forma de acercar el sonido de una sola voz al sonido de muchas voces, es generar un artefacto sonoro que reproduzca aquel sonido que percibimos cuando escuchamos a la distancia a la multitud coreando a su equipo. Esto logra penetrar mejor en quienes ofician de verdaderos compositores de tablón, dando música en vez de letra al hit que ha de estrenarse el próximo fin de semana. Algunas bandas hasta introducen coros estratégicamente diseñados que hacen de sostén al cantante solista, con el objeto de identificar al escucha con el ámbito enfocado, casi a modo de maqueta. Los asistentes al concierto, por otra parte, comienzan a adoptar el movimiento típico de los asistentes a las canchas, moviendo la mano con el brazo en alto, y vocalizando en solitario con la boca bien abierta, forzando las vocales al extremo y mutilando de consonantes cada palabra. El efecto individual multiplicado por el conjunto es sumamente poderoso, y es posible que un grupo relativamente pequeño de gente suene como si fueran muchos más gracias a este decorativo artilugio.

jueves, 7 de enero de 2010

Venganza




¿Qué se le exige a un buen cocinero? En términos de un certamen, ese perverso evento en el que se supone se ha de premiar al mejor, se focaliza en la inventiva, la creatividad, la búsqueda. Los ajenos al mundo gastronómico quedarían azorados de presenciar las exóticas combinaciones de sabores y colores que allí aparecen; los iniciados en el tema asentirían en algunos casos y gesticularían grotescos en otros, como no dando crédito o como cuestionando al extremo el fino límite entre el virtuoso y el embustero. Los conocedores y sabihondos del tema, estarían maravillados o escandalizados, casi sin matices.

Sin embargo, cuando se nos antoja la idea de salir a comer fuera, solos, en pareja o con amigos, la más de las veces, la enorme mayoría de nosotros seguramente querrá ir por una buena pizza, un buen asado, o un digno plato de pastas. Jamás osaríamos llevarnos a la boca un plato de los que aparecen en las revistas gourmet, porque no justificaríamos su costo, o por no poner en riesgo la velada. En este caso, a un buen cocinero se le exige sencillamente un plato de comida bien hecho, nada más, sencilla, directa, sin fiorituras, nada de agridulces subversivos ni colores flúo.

La producción de Johnnie To, una vez más, no defrauda. Y porque filma bien, muy bien, no necesita impresionar a ningún jurado con excentricidades, con nombres complejos o con argumentos graves. El hongkonés ya encontró la receta, y sabe que sólo debe alterar mínimamente los ingredientes entre plato y plato, alguna que otra especie distinta, o cambiar ligeramente la presentación, para mantener a su público saciado y al mismo tiempo hambriento cada vez. El acento está puesto en el cómo, más que en el qué. La sustancia, el ingrediente principal, es siempre el mismo y noble componente que hace que el bocado sea perfecto desde el principio al final.

Venganza es del 2009, posteriormente produjo Asesinos, otro buen film, aunque con más suspenso e intriga que acción. En el film que nos trata, aparece como protagonista Johnny Hallyday, el Elvis francés, algo desconocido fuera de su país por la trayectoria que posee, con 70 discos grabados y más de 400 giras y una buena cantidad de películas. Personifica a Costello, (el otro Elvis, muy buen guiño) un cheff, vocablo francés que significa jefe, pero que en el mundo entero se aplica al jefe de la cocina, el cocinero. Un cocinero que también maneja muy bien las armas de calibre, por algún pasado que vaya a saber uno ha tenido. Y es que asesinaron a toda la familia de su hija; ella ha quedado milagrosamente viva pero malherida en un atentado llevado a cabo en su domicilio en Macao, la antigua colonia portuguesa del sur de China, aparentemente sin motivo alguno. Costello, de ahora en más, sólo verá su vida movilizada por el más profundo sentimiento de venganza. El problema es que apenas sabe como llamar un taxi en el tan extraño y lejano país.

Accidentalmente se encontrará con un grupo de personas que le ayudarán a llevar adelante su cometido. Y con esto es suficiente lo que hay que saber de la película, el resto es ver a Johnnie To haciendo de las suyas en la cocina.




Está la banda de siempre: Anthony Wong, el prolífico actor que dió desde Hong Kong al mundo tanto cine como el mismo director, y que juntos estuvieron en La Misión, Casino Raiders y Exiliados; Lam Suet, el rollizo simpático, algo torpe pero fiel y querendón de El detective loco, Breaking News, Election, Con los días contados, y muchas más, y por último Lam Ka Tung, también en las dos Election y Sparrow.

Y está lo mejor que sabe poner en la mesa el cineasta oriental, a saber:

  • La coreografía visual, presente a lo largo de todo el film. Ninguna toma quieta es lanzada al azar, todas parecen compuestas minuciosamente y son un cuadro perfectamente balanceado. Los momentos más violentos y vibrantes, transcurren como un torbellino de imágenes en movimiento más cercano al ballet, con cálidos ralentis que no saturan ni incomodan. Allí donde Hollywood preanuncia con la música en las películas de miedo cuándo hay que asustarse, To lo insinúa con la disposición de los actores en el cuadro.

  • La aceitada pandilla de siempre, con sus códigos de amistad y de honor que parecerían no tener lugar en sujetos de esa calaña.

  • La música como partenaire de lujo, que jamás roba protagonismo al bailarín principal, que es la imagen que relata.

To se consolida en los circuitos internacionales de cine, al estar Venganza nominada a la Palma de Oro en el festival de Cannes.

Vean Venganza, y saldrán satisfechos y felices, entrada, plato principal y postre, todo un menú delicioso y para nada indigesto. Ciento ocho minutos de acción y belleza en los que, a diferencia del cine menos alternativo, no se incendia ningún auto, y los niños no siempre se salvan.

Imdb: http://www.imdb.com/title/tt1329454/